Góngora

1580/1625

Poesía

Édition de Antonio Carreira
2016
Université Paris-Sorbonne, LABEX OBVIL, 2016, license cc.
Ont participé à cette édition électronique : Jaime Galbarro (Stylage), Sara Pezzini (Édition TEI et stylage), Hector Ruiz (Édition TEI et stylage), Aude Plagnard (Édition TEI et stylage), François-Xavier Guerry (Édition TEI et stylage) et Frédéric Glorieux (Informatique éditoriale).

Introducción de Antonio Carreira §

 

Alguna vez se ha dicho que España no tuvo, o apenas, época positivista. Otros países que sí la tuvieron realizaron una gran labor, de la que todos somos deudores. Los clásicos griegos y latinos que han sobrevivido están ahí, al alcance de la mano, como si se tratara del último premio Planeta. Para establecer el texto fidedigno de cada obra o fragmento, así como su equivalencia en lenguas modernas, fueron necesarias generaciones de filólogos dispuestas a desojarse sobre los papiros, los pergaminos y los escolios, a fin de llegar a una conclusión segura. Aquí, por lo sucedido con algún poeta importante, cuyos poemas auténticos andan revueltos con borradores, atribuidos y apócrifos, podríamos exclamar con José F. Montesinos: «Un poco más de positivismo, por caridad».

El positivismo, en lo que ahora nos interesa, significa lucha contra el error, y eso no debería estar sujeto a la moda, ya que los errores nos amenazan por todas partes. En buena medida son los responsables del purgatorio sufrido por Góngora desde el siglo xviii al xx. Sabemos, por testimonios fiables, que Góngora pasaba días en remirar un verso. Lo sabríamos aun sin ellos, porque su obra, no muy amplia, es de una perfección sin igual en la literatura española, por lo que requiere máximo cuidado en su organización, puntuación y prosodia. Alguna vez hemos pensado que la obra de Góngora fue objeto de veneración temprana, ya que sus primeros lectores creían en él por fe, a partir de destellos fragmentarios, más que por haber alcanzado a comprender sus textos; tan estragados aparecen, ya desde las primeras copias, manuscritas o impresas. Dicho de otro modo: los amigos y lectores de Góngora lo entendieron con frecuencia solo a medias, y eso les bastó para percatarse de que allí había un fenómeno inusitado, mejor, inaudito, porque aquella música sonaba como ninguna lo había hecho antes. Y hemos conjeturado, asimismo, que la desaparición de los autógrafos de autor tan arropado por admiradores cabe explicarla porque si ponía mucho celo en pulir cada poema, una vez copiado en limpio ponía otro tanto en eliminar el borrador.

Tales copias han dado lugar a dos tipos de manuscritos: los que cayeron en manos de amanuenses poco duchos, y se degradaron en un proceso imparable, y los atesorados por amigos del poeta, que siguieron el camino inverso, y fueron estimadísimos, muy por encima de los impresos. Los mss. Estrada y Rennert, por ejemplo, son superiores en calidad al antígrafo que usó el poeta para corregirlo cuando revisaba su obra con don Antonio Chacón. Lo mismo podemos decir del ms. Llaguno, del que el propio poeta regaló al duque de Alba, del que parece haber pertenecido al duque de Medina Sidonia, y de otro que conserva la Hispanic Society. Pero la devoción que suscitó la obra de Góngora, desgraciadamente, quedó en el ámbito privado y no pasó a los impresos. La calidad de estos es muy escasa, y fue descendiendo, porque los editores carecían de un dechado al que referirse, y también por razones comerciales. La segunda tirada de la edición hecha por Hozes en 1633 es un espanto, pues casi no tiene verso sano. Debió de componerse a toda prisa, visto el éxito de la anterior. Y lo malo es que sirvió de base a ediciones posteriores, cada vez más deleznables, que solo en parte fueron capaces de subsanar sus errores más gruesos, o ni siquiera lo intentaron, como la lujosa de Foppens. Una vez más estamos ante la oposición entre el trabajo bien hecho, sin escatimar tiempo ni esfuerzo, con todo tipo de escrúpulo, por incondicionales que se afanaban en depurar la obra del poeta, frente al criterio de un editor que solo aspira a ganar dinero. El Escrutinio antepuesto a algún manuscrito termina rogando al lector que dé a la estampa el texto subsiguiente y que es, en efecto, uno de los más sanos. El ruego no tuvo eco, por razones que ignoramos; de haberse cumplido, quizá la suerte póstuma de Góngora hubiera sido muy otra, a pesar de la estética dieciochesca y su resaca creadora. Todavía a comienzos del siglo xx Unamuno justifica su negativa a colaborar en un homenaje a Góngora diciendo que la edición a su alcance, la de la bae, tiene machacados los tipos, está mal puntuada, llena de erratas, y le produce mareo.

Afortunadamente, las cosas cambiaron pronto, gracias sobre todo a la labor de extranjeros. Edward Churton, Lucien-Paul Thomas, Zdislas Milner, Alfonso Reyes, Walter Pabst, Leo Spitzer, Eunice J. Gates llamaron la atención sobre Góngora con sus trabajos. Foulché-Delbosc, con su edición del ms. Chacón en 1921, dejó en la sombra a todas las anteriores. Importa, pues, destacar esto: la recuperación de Góngora no fue obra de la generación del 27, como se dice a la ligera, sino de los estudiosos antes citados, y en especial de Foulché-Delbosc, editor de un buen manuscrito, aprovechado pronto por Reyes y Alonso. Los poetas del 27 contaron con esos antecedentes, y con la biografía de Góngora publicada por Artigas en 1925, como piedra angular en su labor difusora; de no ser así, les hubiera ocurrido lo mismo que a Unamuno.

A partir de 1921, la obra de Góngora fue objeto de ediciones parciales: el Polifemo, publicado por Alfonso Reyes en 1923, los romances, por Cossío, en 1927, las Soledades, por Dámaso Alonso, en 1927 y 1936; también la muy notable edición de Obras completas por los hermanos Millé en 1932. La posguerra no resultó favorable a Góngora, y menos aún la época de la poesía social. Pasado ese segundo purgatorio, comenzaron las ediciones críticas: las letrillas, por Robert Jammes, en 1963; los sonetos, por Biruté Ciplijauskaité en 1981; el teatro, a cargo de Laura Dolfi (1984 y 1993), y las canciones, al fin, por un español, José María Micó (1990). Quedaban el Panegírico, que José Manuel Martos preparó y no publicó, las décimas, ahora dispuestas por Sara Pezzini. El Polifemo, tras la magna investigación de Antonio Vilanova sobre sus fuentes y temas (1957) fue objeto de varias ediciones cuidadas entre las que destacan la de Dámaso Alonso (1960) y la de Jesús Ponce Cárdenas (2010). Las Soledades las editó espléndidamente Robert Jammes (1994) junto con la versión primitiva descubierta por Rodríguez-Moñino. Uno y otro poema esperan, no obstante, su edición crítica en sentido estricto.

A quien esto escribe le tocó editar los romances, en 1998. Cossío se había limitado a reproducir, sin notas y con algún percance inesperado, los de la edición Foulché-Delbosc. Y circulaban unas vagas listas de atribuidos y apócrifos que ni siquiera eran siempre romances. Había que comenzar por el principio, es decir, por inventariar los testimonios donde se contenían y atribuían. Poco antes Rodríguez-Moñino había realizado una labor inmensa, poniendo en orden gran parte de la bibliografía poética de los siglos de oro relativa a impresos, publicando el Catálogo de manuscritos de la Hispanic Society, y coleccionando él mismo no pocos cancioneros valiosos. Más tarde se han descrito fondos de varias bibliotecas, públicas y privadas, que antes era forzoso explorar códice por códice. Así lo hizo Robert Jammes en los años sesenta, y nosotros lo continuamos en los ochenta, recorriendo las de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Córdoba, Santander, Sevilla, Lisboa, Oporto y otros lugares, siguiendo pistas a manuscritos de los que había referencias vagas, o que valían poco, por ser copia de impresos o por hacer al desgaire las atribuciones. Si bien es cierto que gran parte de los aparatos críticos apenas tiene utilidad directa, pues son un precipitado compuesto por los detritus, descuidos y malentendidos de la transmisión, nunca se sabe a dónde puede haber ido a parar la adiáfora esclarecedora.

El resultado es que los 94 romances de Góngora por primera vez contienen al pie todas las variantes conocidas a fines del siglo xx. Eso en cuanto al aparato, la parte más trabajosa y sostén del texto mismo, que solo sirve, paradójicamente, cuando el editor no lo utiliza bien, porque entonces el lector encuentra al pie de página la variante preferible que a lo mejor el especialista ha desdeñado. Claro es que el método filológico no consiste en entresacar las variantes que a uno más le gustan. Eso sería inaceptable porque lleva a la construcción de un texto fantasmal, que no ha existido nunca, fruto de una estimativa anacrónica. Parece preferible elegir, entre las distintas tradiciones, la que proporcione un texto más correcto, de acuerdo con los usos del autor que edita y con la interpretación que de él hace. De esa forma se ofrece un texto real, que circuló en época próxima al autor, que puede ser incluso idéntico al original salido de sus manos, objeto y justificación de la actividad filológica. Pero como nuestro conocimiento del texto y usos del autor es siempre insuficiente, queda ahí el aparato crítico, que suministra al lector los materiales disponibles para juzgar. Una edición crítica se convierte, así, en una prueba de honradez intelectual. El positivismo es implacable: lo que se hace hay que hacerlo bien y hasta el final. Otra cosa es que se esperen novedades sorprendentes en un trabajo de este tipo. Por lo general, no aparecen; en su lugar queda la confianza en que se ha hecho lo posible por no escamotear ni falsear dato alguno. El lector, ante la coherencia del texto y con la apoyatura del aparato crítico, se siente seguro, más cuanto más inseguro se confiesa el editor.

En la edición de los romances se ha procurado colacionar cuantos testimonios han llegado a nuestra noticia. Una edición crítica es algo serio, que no perdona esfuerzo ni deja cabo suelto, pero a veces lucha con dificultades insuperables. Para ilustrar esto último pondremos algún ejemplo: un ms. visto por Gallardo en la biblioteca episcopal de Córdoba a comienzos del s. xix, que contenía poemas de Góngora y varios a él atribuidos, solo se pudo colacionar a través del extracto que da el propio Gallardo en su Ensayo, porque había desaparecido. Pues bien, impresa nuestra edición, en una oferta hecha a la Biblioteca Nacional, pudimos identificarlo como el descrito por Gallardo. El ms., siglo y medio después de su extravío, para ya en nuestro primer depósito bibliográfico, y en un trabajo hemos estudiado sus poemas, entre los cuales figuran varios auténticos y atribuidos que solo habíamos aprovechado fragmentariamente. Tampoco fue posible localizar dos mss. gongorinos de Foulché-Delbosc que llegó a consultar Millé; perdido su rastro durante decenios, aparecieron por fin en Buenos Aires. Esto mismo es de esperar que ocurra con otros, como el M-132 o el M-163 de la BNE mencionados por Gallardo, pues el ideal de una edición es que envejezca pronto, gracias a nuevos hallazgos.

La fama del poeta fue, según se sabe, enorme, y empezó pronto. Ante el obispo de Córdoba hubo de disculparse, ya en 1589, diciendo que muchas coplas que se le achacaban no eran suyas. Es la primera noticia de un proceso que llega a nuestros días. Quevedo, en el prólogo a La cuna y la sepultura (1634), escribe estas palabras, que, por cierto, quitan hierro a las exageraciones que se han esgrimido acerca de su rivalidad con don Luis:

Viendo quán impíamente han perseverado en esta maldad los invidiosos de las obras de D. Luis de Góngora, sin hartarse de vengança en la primera impresión, añadiendo en esta postrera cosas que no hizo, he determinado de imprimir lo que e escrito todo.

Góngora no tomó más precaución que elaborar, a ruego de Chacón, una pequeña lista de poemas que rechazaba, y en la cual acaso figura alguno que sí le pertenece. Aparte los romances, abundan las letrillas, las canciones y los sonetos que se le han atribuido. Las Obras completas de la Fundación Castro (2000) reúnen todas las poesías que se pueden dar por suyas, unas 60, a las que ahora hemos añadido una espinela que nos parece auténtica y quedó excluida de la edición precedente por exceso de rigor.

En 1994 había salido nuestro libro Nuevos poemas atribuidos a Góngora, que aportaba 137 piezas desconocidas no romancísticas. La mayoría de ellas no serán de Góngora; y cuando hay algún resquicio que permita aceptar su autoría, se dice expresamente, aunque con las naturales reservas. En el caso de los romances la cosa es peliaguda por el número, desmesurado, de atribuciones, por la insistencia de varias de ellas en distintos testimonios fiables, y por el estado fragmentario de algunas, que apenas permite siquiera opinar sobre el texto mismo. En buena objetividad filológica, al editor no le corresponde dirimir esa cuestión. Un poema está atribuido en tal sitio. Eso es un hecho que no cabe discutir. Sí estudiar el origen del testimonio, la fecha del cuadernillo, la letra de la atribución, que coincidirá o no con la del texto mismo, y puede haber sido tachada, o luego revalidada, por otro lector. A veces las cosas no son tan claras, como cuando un poema se adscribe a Góngora, y varios que le siguen llevan la indicación habitual: «del mismo». En medio, a lo mejor, queda uno que carece de ella. Hay que decidir si pertenece a la serie, si falta algún folio, o adivinar a qué «mismo» se refiere el epígrafe. Tenemos, pues, varios grados de certidumbre en la atribución, que siempre es problemática.

Uno de estos romances habla de la batalla de Lepanto. ¿Qué sentido tiene que Góngora componga un romance sobre una batalla librada cuando él era niño? ¿Hubo conmemoraciones de ella en Córdoba o Madrid mucho más tarde? No lo sabemos. Los textos dudosos, si presentan versos o estilemas privativos de los auténticos, lo más probable es que sean meras imitaciones. Así ocurre con el romance «Al corral salió Lucía», atribuido en veintiún testimonios, y sin embargo rechazado por el propio poeta. Caso contrario es otro del que solo se conoce el íncipit y la atribución, hecha en un ms. histórico sobre el reinado de Felipe II. También constituye rareza un atribuido que se coló en la parte canónica de Chacón: por un lado es extraño que solo reaparezca en un códice de la Vaticana derivado del mismo antígrafo, y por otro, que se le haya asignado una fecha en el manuscrito donde luego se advierte su carácter espurio. Góngora, con buena memoria, podía datar mejor o peor sus poemas, pero uno ajeno es imposible.

Como se ve, la casuística es amplia, y los criterios para clasificar tanto poema, variados. En el caso de los romances, la edición divide esos 221 atribuidos en cuatro grupos de autenticidad decreciente. Los primeros catorce, de los que algunos solo contienen unos pocos versos, son los únicos que se adscriben con algún fundamento, nunca demasiado. Ni siquiera el que tiene más posibilidades de pertenecer a Góngora, por haberse dedicado a los votos de una sobrina, está libre de sospechas. El más trabajoso de descartar fue el romance con octavas «En buen hora, oh gran Filipe», fechable en 1619, atribuido en once mss., tres de ellos buenos, y que suma 460 versos llenos de alusiones históricas al monasterio de Guadalupe. Recuérdese lo que antes se dijo del positivismo: el nivel de rigor con que se acomete un trabajo hay que mantenerlo hasta el final, porque una edición es como un edificio, cuyas partes son solidarias unas de otras. Ahora bien, los romances atribuidos tienen un interés innegable por la recepción de Góngora en su tiempo. La fascinación que su soberanía poética pudo ejercer sobre tantos ingenios, empeñados en seguir e imitar sus temas y estilo, no conoce igual en la época áurea. Quizá el romance más próximo a los de Góngora lo compuso un amigo suyo, el doctor Vaca de Alfaro, para un certamen dedicado a la Concepción. Lo hemos incluido en Gongoremas (1998) a fin de hacer asequible el texto impreso en un raro opúsculo sevillano de 1617; quien tenga curiosidad de leerlo comprobará la habilidad que podía alcanzar la devoción hacia don Luis, tanta que se llega a sospechar si no habrá metido baza el propio modelo, como se dijo que había hecho en La gloria de Niquea de su amigo Villamediana. Ese romance, de haber circulado por los manuscritos, se habría atribuido a Góngora sin dudarlo, y estaría ahora engrosando la lista de apócrifos. Eso ocurrió con otros que pertenecen al Dr. Salinas, Liñán, Lasso de la Vega, Quevedo, Hurtado de Mendoza, Paravicino, Pérez de Ribas o Salas Barbadillo, pero se asignan a Góngora en distintos lugares. Su fama era una fuerza gravitatoria que atraía los poemas huérfanos o de autoría dudosa, siempre que alcanzaran un nivel de calidad comparable al de los genuinos, o que tocaran alguno de los temas en ellos reconocibles. En cambio, casi nunca sus poemas se atribuyen a otros. Téngase en cuenta una cosa elemental: hoy creemos saber con certeza cuál es la obra nuclear de este o aquel autor, si bien con dudas en parcelas periféricas, gracias a corpora respaldados por testimonios fidedignos. En vida de aquellos poetas, la mayoría de los cuales murieron sin ver impresa su obra, no había forma de averiguar a quién pertenecía un texto. Por ello es de justicia reconocer el tino de un público que supo apreciar en seguida la poesía de Góngora, aunque a la vez siguiera aficionado a la del divino Ledesma.

La anotación de obras que distan cuatrocientos años de nosotros, compuestas con criterio artístico exigente por un poeta de cultura amplia y dispar de la nuestra, supone un desafío, como lo supuso ya para los primeros comentaristas, que solían irse por las ramas de la intertextualidad. Lo primero que ha de aprender un anotador de clásicos es a desconfiar de los diccionarios. Ni siquiera los más sesudos, como el de Covarrubias o el de Correas, son siempre dignos de fe. Correas da como refranes comunes versos de Góngora que nunca fueron tal cosa, o que solo llegaron a serlo por la misma fama del poeta. Covarrubias es muy irregular, a partir de cierta letra le entra la prisa, unas voces las trata mal en un sitio, mejor en otro, y practica cierto grado de autocensura. Un diccionario como el de Autoridades, tan precioso, está dañado en ciertas entradas por estarlo las ediciones usadas para el despojo. Y de vez en cuando define palabras sacándolas de Góngora, por el sentido que parecen tener en uno de sus poemas, con lo cual se forma el círculo vicioso en que cayó más tarde Alemany. Los diccionarios de la Academia derivan, para las voces clásicas, del de Autoridades, y son peligrosos porque no fechan las acepciones, a lo que ahora ayuda el corde. El del marginalismo se ha hecho con criterio flojo y sobre ediciones deleznables. Esto último invalida también el de construcción emprendido por Cuervo. Afortunadamente, hoy contamos con la versión ampliada del Tesoro lexicográfico a cargo de Lidio Nieto y colaboradores, y con el Diccionario Histórico, cuando esté terminado.

Pero no solo se habla con las palabras de los diccionarios, sino con frases que las combinan según unas reglas concretas, y con frecuencia formando clichés fijos. En ese campo estamos peor servidos. Dejando a un lado el viejo intento de Cejador, reimpreso por Abraham Madroñal, no hay fraseologías aceptables, fuera de la segunda parte del Correas y de las recogidas por otros paremiólogos posteriores, como Galindo, que sigue inédito. Es indispensable controlar al máximo las ediciones manejadas al alegar loci similes, única forma de averiguar, en muchos casos, si un determinado uso era común o pertenece al idiolecto del autor. Tampoco existe una buena Morfología histórica de la lengua, que aclare cuáles usos eran tenidos por vulgares o por refinados. Los autógrafos epistolares de Góngora demuestran que el poeta no era leísta, como sí son buenos manuscritos, aunque se dejó arrastrar algo por la tendencia en su etapa madrileña, o que prefería la forma arcaica estonces a entonces; también sus versos muestran discrepancias respecto a usos actuales, como la palabra aun, siempre monosílaba, o los términos idïoma y cadahalso, tetrasílabos. Por varios indicios sabemos que se decía greguescos, y no gregüescos, Etiópia y no Etiopía, Eufrates y no Éufrates, lacéria y no lacería, que oscilaba la acentuación de cultismos como ambrosía, océano, médula, cíclope, caracteres y otros por el estilo, lo que afecta de lleno al núcleo de la obra poética, es decir, a su prosodia.

En resumen, anotar todos los poemas de Góngora es empresa descomunal, por el tiempo y el espacio que requiere, y sobre todo porque la tarea ha de partir de un texto seguro, establecido en ediciones críticas hechas mediante colación exhaustiva de testimonios casi nunca fechables y a menudo contaminados. Y no cabe aquí actuar sine interpretatione, sino que el editor, responsable de ella, debe ocuparse de todos los aspectos: el texto genuino, justificado en el aparato crítico; el sentido, aclarado en las notas. No menos habrá de atender a la difusión, en el caso de Góngora, de unos poemas que llegaron a ser tan consabidos como los del romancero viejo. Eso significa abarcar gran parte de la literatura del siglo xvii, en español y portugués, ya que la lengua de don Luis es una pleamar que lo inunda todo, en España y América. Góngora fue, con mucha diferencia, el poeta más leído, citado, glosado e imitado de nuestra lengua, incluso por sus enemigos. Los autores de historias literarias se creyeron aquello de que era un poeta de minorías, pero los hechos demuestran todo lo contrario, no ya en la poesía sino en la novela, como ha estudiado Rafael Bonilla. Hoy por hoy esa empresa ha de esperar que la acometan equipos de jóvenes investigadores. Una muestra de ella podrá verse en el volumen de Góngora que prepara Amelia de Paz para la Biblioteca Clásica.

En alguna ocasión hubimos de recordar que una edición con texto limpio y sin notas como la presente supone ya una mediación considerable. Parece que el lector está desvalido ante un texto virgen, casi recién salido de manos del autor, pero son muchas las dificultades que encuentra ya resueltas sin apenas advertirlo. La primera es el orden en que se ofrecen los poemas, y que es cronológico aun a sabiendas de que las fechas de Chacón pueden tener pequeños errores, varios de los cuales están corregidos hace tiempo; dentro de ese orden, se guarda otro relativo a la métrica, que va de los sonetos, canciones y otras formas de arte mayor a las décimas, letrillas y romances. Luego viene la puntuación, cuyo criterio es muy similar al que rige la lírica de sor Juana editada por Antonio Alatorre. No hace falta decir que una puntuación adecuada allana considerablemente la comprensión de un texto difícil, lo cual no supone indicar pausas obligatorias en la lectura; los signos de puntuación no son marcas de prosodia sino de sintaxis, que orientan sobre la distribución y jerarquización de los sintagmas, frases y oraciones del poema. En algunos trabajos hemos señalado casos de una simple coma mal puesta que hacía a unos versos decir lo contrario de lo pretendido por el poeta. De ello hemos hablado en el prólogo a la edición conjunta de las Soledades, con el Primero Sueño de sor Juana a cargo de Alatorre (2009), y no vamos a repetirnos. Allí también insistíamos en el aspecto prosódico que es preciso tener en cuenta para no desafinar en la interpretación de la música gongorina: Chacón da buenos consejos, pero a veces se equivoca. El uso certero de las diéresis o de las sístoles (o que hoy nos lo parecen) procura ajustar el lenguaje gongorino a su tiempo, no al que vino tras las normas de la Real Academia. Por ejemplo, para Góngora dos diptongos, uno de origen latino y otro románico, no son iguales; la diéresis es mucho más tolerable en el primero. La sinalefa se hace con naturalidad, pero suele omitirse ante vocal tónica. También los hiatos pueden volverse sinéresis cuando el ritmo del verso lo requiere, y lo mismo la aspiración de hache procedente de f- latina, que no es preceptiva sino ocasional. Los versos de Góngora hay que escucharlos antes de leerlos, porque la fonética de las palabras no es un elemento fijo, sino más bien fluctuante, como pueden serlo también el acento y el género; las exigencias del verso prevalecen siempre sobre las leyes de la gramática. También la disposición gráfica, los sangrados, las mayúsculas, las cursivas, las comillas —a veces difíciles de situar—, las rayas, las didascalias y los epígrafes, todo ello ha sido pasado por filtro de tal manera que, aunque parezca excesivo en ocasiones, al menos deja claro cuál es la postura del editor. Sabido es que hay términos cuya bisemia exigiría un tercer tipo de letra, que fuese mayúscula y minúscula a la vez. En tales casos solo una nota podría resolver el conflicto, pero aun sin su ayuda, haremos bien en escuchar el verso de Góngora, porque en los sonidos no existen mayúsculas ni minúsculas, y es nuestra propia discreción la que ha de decidir si estamos o no ante una dilogía. Las notas del ms. Chacón, que se han conservado por proceder del poeta, intentan dar un mínimo de elementos referenciales para orientar al lector, quien con ellas y lo antes expuesto encuentra hecha casi la mitad de su tarea.

Por último, queremos dejar constancia de que esta edición de la poesía gongorina, hecha en el marco del Observatoire de la vie littéraire (obvil), es una revisión y puesta al día de la precedente.

 

Antonio Carreira

Índice §

Poemas de autoría segura
Año Incipit
1 1580 Suene la trompa bélica
2 1580 La más bella niña
3 1580 Los rayos le cuenta al sol
4 1580 Ciego que apuntas y atinas
5 1580 Hermana Marica
6 1581 Que pida a un galán Minguilla
7 1581 Ándeme yo caliente
8 1581 Da bienes Fortuna
9 1581 Las redes sobre el arena
10 1581 En el caudaloso río
11 1581 Érase una vieja
12 1582 Sobre dos urnas de cristal labradas
13 1582 De pura honestidad templo sagrado
14 1582 Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
15 1582 Al tramontar del sol la ninfa mía
16 1582 Oh claro honor del líquido elemento
17 1582 Raya, dorado Sol, orna y colora
18 1582 Cual parece al romper de la mañana
19 1582 Suspiros tristes, lágrimas cansadas
20 1582 Ya besando unas manos cristalinas
21 1582 Oh piadosa pared, merecedora
22 1582 Rey de los otros, río caudaloso
23 1582 ¡Oh niebla del estado más sereno
24 1582 Mientras por competir con tu cabello
25 1582 Corcilla temerosa
26 1582 Que se nos va la pascua, mozas
27 1582 En la pedregosa orilla
28 1582 Diez años vivió Belerma
29 1583 Fragoso monte, en cuyo vasto seno
30 1583 Ya que con más regalo el campo mira
31 1583 Verdes hermanas del audaz mozuelo
32 1583 Ni en este monte, este aire, ni este río
33 1583 Cuál del Ganges marfil, o cuál de Paro
34 1583 Culto jurado, si mi bella dama
35 1583 Ilustre y hermosísima María
36 1583 Manda Amor en su fatiga
37 1583 Amarrado al duro banco
38 1583 La desgracia del forzado
39 1584 Cantastes, Rufo, tan heroicamente
40 1584 Con diferencia tal, con gracia tanta
41 1584 La dulce boca que a gustar convida
42 1584 No destrozada nave en roca dura
43 1584 Varia imaginación, que en mil intentos
44 1584 No enfrene tu gallardo pensamiento
45 1584 Gallardas plantas, que con voz doliente
46 1584 Del color noble que a la piel vellosa
47 1584 Aquí entre la verde juncia
48 1584 Noble desengaño
49 1584 Aquel rayo de la guerra
50 1585 ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
51 1585 Tres veces de Aquilón el soplo airado
52 1585 Sacra planta de Alcides, cuya rama
53 1585 Aunque a rocas de fe ligada vea
54 1585 Si las damas de la corte
55 1585 Si en todo lo qu’hago
56 1585 Entre los sueltos caballos
57 1585 Crïábase el Albanés
58 1585 Ensíllenme el asno rucio
59 1585 Escuchadme un rato atentos
60 1586 Deste más que la nieve blanco toro
61 1586 Levantando blanca espuma
62 1586 Ilustre ciudad famosa
63 1586 Triste pisa, y afligido
64 1587 Servía en Orán al rey
65 1587 Hanme dicho, hermanas
66 1588 No bronces, que caducan, mortal mano
67 1588 Tú, cuyo ilustre entre una y otra almena
68 1588 Por niñear, un picarillo tierno
69 1588 Grandes, más que elefantes y que abadas
70 1588 Téngoos, señora Tela, gran mancilla.
71 1588 Duélete de esa puente, Manzanares
72 1588 Levanta, España, tu famosa diestra
73 1588 Ahora que estoy de espacio
74 1588 Desde Sansueña a París
75 1588 Pensó rendir la mozuela
76 1589 Sacros, altos, dorados capiteles
77 1589 Arrojóse el mancebito
78 1590 Hoy es el sacro y venturoso día
79 1590 Lloraba la niña
80 1590 Famosos son, en las armas
81 1590 Frescos airecillos
82 1590 Dejad los libros ahora
83 1590 Qué necio que era yo antaño
84 1590 Si sus mercedes me escuchan
85 1591 Ya, señoras de mi vida
86 1591 Clavellina se llama la perra
87 1591 Buena orina y buen color
88 1591 A vos digo, señor Tajo
89 1591 Castillo de San Cervantes
90 1591 Tendiendo sus blancos paños
91 1592 Ya no más, ceguezuelo hermano
92 1592 Vuela, pensamiento, y diles
93 1593 Árbol de cuyos ramos fortunados
94 1593 Un buhonero ha empleado
95 1593 Mandadero es el arquero
96 1593 A toda ley, madre mía
97 1593 No me bastaba el peligro
98 1593 Murmuraban los rocines
99 1594 Si ya la vista, de llorar cansada
100 1594 Descaminado, enfermo, peregrino
101 1594 Muerto me lloró el Tormes en su orilla
102 1594 Cada uno estornuda
103 1594 Moriste, ninfa bella
104 1595 Herido el blanco pie del hierro breve
105 1595 Ya de mi dulce instrumento
106 1595 Sin Leda y sin esperanza
107 1596 Cosas, Celalba mía, he visto extrañas
108 1596 Cuantas al Duero le he negado ausente
109 1596 Despuntado he mil agujas
110 1596 Temo tanto los serenos
111 1597 Quién es aquel caballero
112 1598 Este monte de cruces coronado
113 1598 Sea bien matizada la librea
114 1598 Donde las altas ruedas
115 1599 Las aguas de Carrïón
116 1600 Pender de un leño, traspasado el pecho
117 1600 Las tablas del bajel despedazadas
118 1600 Yacen aquí los huesos sepultados
119 1600 Qué de invidiosos montes levantados
120 1600 No os diremos, como al Cid
121 1600 Los dineros del sacristán
122 1600 Allá darás, rayo
123 1600 ¿Por qué llora la Isabelitica?
124 1600 Sobre unas altas rocas
125 1601 Dineros son calidad
126 1601 En tanto que mis vacas
127 1602 Verdes juncos del Duero a mi pastora
128 1602 Vuelas, oh tortolilla
129 1602 Cura que en la vecindad
130 1602 Oh cuán bien que acusa Alcino
131 1602 Según vuelan por el agua
132 1602 En un pastoral albergue
133 1603 De ríos, soy el Duero, acompañado
134 1603 Ayer deidad humana, hoy poca tierra
135 1603 Lilio siempre real nací en Medina
136 1603 Clavar victorïoso y fatigado
137 1603 Hermosas damas, si la pasión ciega
138 1603 Si Amor entre las plumas de su nido
139 1603 Llegué a Valladolid, registré luego
140 1603 Jura Pisuerga, a fe de caballero
141 1603 Oh qué malquisto con Esgueva quedo
142 1603 ¿Vos sois Valladolid? ¿Vos sois el valle
143 1603 Valladolid, de lágrimas sois valle
144 1603 La plaza, un jardín fresco; los tablados
145 1603 Sobre trastes de guijas
146 1603 Abra dorada llave
147 1603 De un monte en los senos, donde
148 1603 Una moza de Alcobendas
149 1603 ¿Qué lleva el señor Esgueva?
150 1603 En dos lucientes estrellas
151 1603 En los pinares de Júcar
152 1603 Cuando la rosada Aurora
153 1603 Trepan los gitanos
154 1604 Del león, que en la Silva apenas cabe
155 1604 Montaña inaccesible, opuesta en vano
156 1604 De puños de hierro ayer
157 1604 De Tisbe y Píramo quiero
158 1605 Pensé, señor, que un rejón
159 1605 Qué cantaremos ahora
160 1605 A un tiempo dejaba el sol
161 1605 Vencidas de los montes Marianos
162 1605 Clarísimo marqués, dos veces claro
163 1605 Velero bosque, de árboles poblado
164 1605 Volvió al mar Alcïón, volvió a las redes
165 1605 Verde el cabello undoso
166 1605 Musas, si la pluma mía
167 1605 Con la estafeta pasada
168 1607 Oh tú, cualquiera que entras, peregrino
169 1607 Alta esperanza, gloria del estado
170 1607 Cisnes de Guadïana, a sus riberas
171 1607 Deja el monte, garzón bello, no fíes
172 1607 Corona de Ayamonte, honor del día
173 1607 A los campos de Lepe, a las arenas
174 1607 Al sol peinaba Clori sus cabellos
175 1607 Esa palma es, niña bella
176 1607 Pintado he visto al Amor
177 1607 Flechando vi, con rigor
178 1607 Donde esclarecidamente
179 1608 Sacro pastor de pueblos, que, en florida
180 1608 Mientras Corinto, en lágrimas deshecho
181 1608 Gracias os quiero dar sin cumplimiento
182 1608 De dónde bueno, Juan, con pedorreras
183 1608 De la florida falda
184 1608 Del mar (y no de Huelva)
185 1608 En trescientas santas Claras
186 1608 Truena el cielo, y al momento
187 1608 Con mucha llaneza trata
188 1608 El lienzo que me habéis dado
189 1608 Presentado es el menudo
190 1608 Marco de plata excelente
191 1608 Pastor que en la vega llana
192 1608 Las flores del romero
193 1609 Este, a Pomona cuando ya no sea
194 1609 Llegué a este Monte fuerte, coronado
195 1609 Oh marinero, tú que, cortesano
196 1609 En el cristal de tu divina mano
197 1609 Los blancos lilios que de ciento en ciento
198 1609 Señora doña puente Segoviana
199 1609 De chinches y de mulas voy comido
200 1609 ¿Son de Tolú, o son de Puerto Rico?
201 1609 Música le pidió ayer su albedrío
202 1609 Mal haya el que en señores idolatra
203 1609 Oh montañas de Galicia
204 1609 Serrana que en el alcor
205 1609 Virgen: a quien hoy fïel
206 1609 Mañana sa Corpus Christa
207 1609 ¿A qué nos convidas, Bras
208 1609 El pan que veis, soberano
209 1609 A la dina dana dina, la dina dana
210 1609 ¿Qué comes, hombre? —¿Qué como?
211 1609 Oveja perdida, ven
212 1609 Alma niña, ¿quieres, di
213 1609 No son todos ruiseñores
214 1609 Los montes que el pie se lavan
215 1609 Esperando están la rosa
216 1609 En el baile del ejido
217 1610 Ardiendo en aguas muertas llamas vivas
218 1610 El cuarto Enrico yace mal herido
219 1610 Pálida restituye a su elemento
220 1610 Nilo no sufre márgenes, ni muros
221 1610 Señores corteggiantes, ¿quién sus días
222 1610 La fuerza que infestando las ajenas
223 1610 En roscas de cristal serpiente breve
224 1610 Larache, aquel africano
225 1610 Esta bayeta forrada
226 1610 Recibid ambas a dos
227 1610 Dos conejos, prima mía
228 1610 Sin duda os valdrá opinión
229 1610 Apeóse el caballero
230 1610 Aunque entiendo poco griego
231 1610 Saliéndome estotro día
232 1611 Consagróse el seráfico Mendoza
233 1611 Este, que Babia al mundo hoy ha ofrecido
234 1611 El conde mi señor se fue a Napóles
235 1611 Si ya el griego orador la edad presente
236 1611 A la que España toda humilde estrado
237 1611 No de fino diamante, o rubí ardiente
238 1611 Máquina funeral, que desta vida
239 1611 Ícaro de bayeta, si de pino
240 1611 Oh bien haya Jaén, que en lienzo prieto
241 1611 En esta, que admiráis, de piedras graves
242 1611 La perla que esplendor fue
243 1611 Ociosa toda virtud
244 1611 Por más daños que presumas
245 1611 No me pidáis más, hermanas
246 1611 La que ya fue de las aves
247 1611 Murió Frontalete, y hallo
248 1611 Tenemos un doctorando
249 1611 Cloris, el más bello grano
250 1612 Urnas plebeyas, túmulos reales
251 1612 Oh de alto valor, de virtud rara
252 1612 Este, que en traje lo admiráis togado
253 1612 Poco después que su cristal dilata
254 1612 Despidióse el francés con grasa buena
255 1612 Estas, que me dictó, rimas sonoras [Fábula de Polifemo y Galatea]
256 1612 Por este culto bien nacido prado
257 1612 Cuán venerables que son
258 1612 No vengo a pedir silencio
259 1613 Ceñida, si asombrada no, la frente
260 1613 En hábito de ladrón
261 1613 Don Juan soy, del Castillejo
262 1613 En vez de acero bruñido
263 1613 Cuántos silbos, cuántas voces
264a 1613 Pasos de un peregrino son, errante [Dedicatoria Soledades]
264b 1613 Era del año la estación florida [Soledad Primera]
264c 1614 Éntrase el mar por un arroyo breve [Soledad Segunda]
265 1613 Si ociosa no, asistió naturaleza
266 1613 Vive en este volumen el, que yace
267 1613 Segundas plumas son, oh lector, cuantas
268 1613 Salí, señor don Pedro, esta mañana
269 1613 Esta en forma elegante, oh peregrino
270 1613 A la Mamora, militares cruces
271 1614 Llegué, señora tía, a la Mamora,
272 1614 Escribís, oh Cabrera, del segundo
273 1614 Moriste en plumas no, en prudencia cano,
274 1614 A la pendiente cuna
275 1614 Royendo sí, mas no tanto,
276 1614 Sotés, así os guarde Dios,
277 1614 Yace Bonamí; mejor
278 1614 La vaga esperanza mía
279 1614 Al campo salió, el estío,
280 1614 Contando estaban sus rayos
281 1614 Cuatro o seis desnudos hombros
282 1614 De la semilla, caída
283 1614 Al pie de un álamo negro,
284 1615 Hojas de inciertos chopos el nevado
285 1615 Un culto Risco en venas hoy süaves
286 1615 Entre las hojas cinco generosa,
287 1615 No entre las flores, no, señor don Diego,
288 1615 Pisó las calles de Madrid el fiero
289 1615 En villa humilde sí, no en vida ociosa,
290 1615 Restituye a tu mudo horror divino,
291 1615 La vidrïera mejor
292 1615 Tres vïolas del cielo,
293 1615 Perdona al remo, Lícidas, perdona
294 1615 Ya que al de Béjar le agrada
295 1615 Cuando toquen a los maitines,
296 1615 No solo el campo nevado
297 1615 Ven al portal, Mingo, ven;
298 1615 ¿A que tangem em Castella?
299 1615 ¿Cuál podréis, Judea, decir
300 1615 Al gualete, hejo
301 1615 Niño, si por lo que tienes
302 1615 Esta noche un Amor nace,
303 1615 ¡Oh, qué vimo, Mangalena!
304 1615 ¿Qué gente, Pascual, qué gente?
305 1615 ¡Oh, qué verás, Carillejo,
306 1616 Generoso esplendor, si no luciente,
307 1616 Esta, que admiras, fábrica, esta prima
308 1616 Piadoso hoy celo, culto
309 1616 Tenía Mari Nuño una gallina
310 1616 Era la noche, en vez del manto obscuro
311 1617 En vez de las Helíades, ahora
312 1617 Florido en años, en prudencia cano,
313 1617 Si arrebatado merecí algún día
314 1617 Cristales el Po desata
315 1617 Caballo que despediste,
316 1618 El racimo que ofreció
317 1618 La ciudad de Babilonia,
318 1619 En vez, Señora, del cristal luciente,
319 1619 Esta de flores, cuando no divina,
320 1619 La Aurora, de azahares coronada,
321 1619 ¿En año quieres que plural cometa
322 1619 Tonante monseñor, ¿de cuándo acá
323 1619 Vamos, Filis, al vergel,
324 1619 Guerra me hacen dos cuidados
325 1619 Ya que indignada caída
326 1619 Ojos eran, fugitivos,
327 1619 ¿Callaré la pena mía,
328 1619 ¿Quién oyó?
329 1619 Manzanares, Manzanares,
330 1620 Purpúreo creced, rayo luciente
331 1620 Al que de la conciencia es del tercero
332 1620 A este que admiramos en luciente
333 1620 Ave real de plumas tan desnuda,
334 1620 Dulce arroyuelo de la nieve fría
335 1620 Peinaba al sol Belisa sus cabellos
336 1620 Prisión del nácar era, articulado,
337 1620 Mis albarcoques sean de Toledo,
338 1620 Hurtas mi vulto, y cuanto más le debe
339 1620 La bella Lira muda yace ahora
340 1620 Mátanme los celos de aquel andaluz:
341 1620 Dulce niña, el barro bello
342 1620 No hay que agradeceros nada
343 1620 ¿Para qué me dais tormento,
344 1620 Ánsares de Menga
345 1620 No vayas, Gil, al Sotillo,
346 1620 ¡Cuántos silbos, cuántas voces
347 1620 Las esmeraldas en hierba,
348 1620 Al tronco de un verde mirto,
349 1620 Hiedra vividora,
350 1620 Por las faldas del Atlante,
351 1620 En la fuerza de Almería
352 1620 Con su querida Amarilis
353 1620 Minguilla la siempre bella,
354 1621 Este funeral trono, que luciente,
355 1621 Las que a otros negó piedras oriente,
356 1621 Los rayos que a tu padre son cabello,
357 1621 Teatro espacïoso su ribera
358 1621 Sella el tronco sangriento, no lo oprime,
359 1621 Ser pudiera tu pira levantada,
360 1621 Aljófares risueños de Albïela:
361 1621 Al tronco Filis de un laurel sagrado
362 1621 El conde mi señor se fue a Cherela,
363 1621 Suspenda, y no sin lágrimas, tu paso,
364 1621 Cuanto el acero fatal
365 1621 Mil veces vuestro favor,
366 1621 Este de mimbres vestido
367 1621 Latraui ad fures: tacui cum venit amator;
368 1621 Hoy el Josef es, segundo,
369 1621 Caído se le ha un clavel
370 1621 Aprended, Flores, en mí
371 1621 En lágrimas salgan mudos
372 1621 Guarda corderos, zagala,
373 1621 Las tres auroras que el Tajo,
374 1622 El conde mi señor se va a Napóles
375 1622 Al tronco descansaba de una encina
376 1622 Mataron al señor Villamediana:
377 1622 Siempre le pedí al Amor,
378 1622 Esta hermosa prisión,
379 1622 Al hermoso dueño mío,
380 1622 Señor, pues sois mi remedio,
381 1622 Yace aquí Flor, un perrillo
382 1622 Tropezó un día Dantea,
383 1622 «Ave del plumaje negro,
384 1622 La cítara que pendiente
385 1622 Quién pudiera dar un vuelo
386 1623 Con razón, gloria excelsa de Velada,
387 1623 Mariposa, no solo no cobarde,
388 1623 En este occidental, en este, oh Licio,
389 1623 Menos solicitó veloz saeta
390 1623 Oro no rayó así flamante grana
391 1623 En la capilla estoy y condenado
392 1623 Camina mi pensión con pie de plomo,
393 1623 De la Merced, señores, despedido,
394 1623 Sople rabiosamente conjurado
395 1623 Cuantos forjare más hierros el hado
396 1623 Ni a rayo el sol perdonó,
397 1624 Los días de Noé bien recelara
398 1624 Undosa tumba da al farol del día
399 1624 Ciudad gloriosa, cuyo excelso muro
400 1624 Doctor barbado, crüel
401 1624 Con Marfisa en la estacada
402 1624 Casado el otro se halla
403 1624 Oh tú de los bachilleres,
404 1624 ¡Oh jurisprudencia! ¡Cuál
405 1624 Un conde prometedor
406 1624 Quisiera, roma infeliz,
407 1624 Tejió de piernas de araña
408 1624 Pondérenos la experiencia,
409 1624 Nace el niño y, velo a velo,
410 1625 Las duras cerdas que vistió celoso
411 1625 Tu beldad, Clori, adoré,
412 1625 Al cardenal mi señor
413 1625 Absolvamos el sufrir,
414 1625 A la fuente va, del Olmo,
415 1625 El líquido cristal que hoy desta fuente
416 1625 Generoso mancebo,
417 1625 Todo se murmura
418 1625 Doña Menga, ¿de qué te ríes?
Poemas de autenticidad probable
Año Incipit
419 ¿Ca. 1580? Por el nombre me da pena
420 ¿1582? Cisne gentil (después que crespo el vado
421 ¿1582? Generoso don Juan, sobre quien llueve
422 ¿1587-1588? ¿Qué es, hombre o mujer, lo que han colgado?
423 ¿1590? Ya que rompí las cadenas
424 1593 Huésped, sacro señor, no: peregrino
425 ant. a 1594 Señora doña Luisa de Cardona,
426 Post. a 1597 Señor marqués trinitario,
427 1598 Señor, aquel Dragón de inglés veneno,
428 ¿1598? Por tu vida, Lopillo, que me borres
429 ¿1598? Hecha la entrada, y sueltos los leones,
430
431 ¿1603? Cantemos a la jineta,
432 Post. a 1603 Musa que sopla y no inspira,
433 ant. a 1604 Yace debajo de esta piedra fría
434 1604 Entre el chantre y el deán,
435 1606 En una fortaleza preso queda
436 1606 Senteme a las riberas de un bufete
437 1607 Detente, buen mensajero,
438 ¿1609? Erase en Cuenca lo que nunca fuera,
439 ¿1609? Pálido sol en cielo encapotado,
440 1609 Vimo, señora Lopa, su epopeia,
441 ¿1609? Lugar te da sublime el vulgo ciego,
442 ¿1609? Anacreonte español, no hay quien os tope,
443 ¿1609? ¿Yo en justa injusta expuesto a la sentencia
444 1610 Aquí yace un capellán
445 1610 Que pretenda el mercader
446 ant. a 1611 Tenga yo salud,
447 ¿1612? Arroyo, ¿en qué ha de parar
448 ¿1612? No más moralidades de corrientes,
449 ¿1613? Con poca luz y menos disciplina,
450 Post. a 1613 Pare en este mármol frío,
451 1614 Murió Simón, en efeto,
452 1614 Del que ya ilustró el Carmelo
453 1615 Por la estafeta he sabido
453a 1594-1604 Los edictos con imperio
454 ant. a 1616 Alma mil veces dichosa
455 Post. a 1616 Dicho me han por una carta
456 ¿ant. a 1617? Antes que alguna caja luterana
457 1617 Cierto opositor, si no
458 ¿Post. a 1617? No sois, aunque en edad de cuatro sietes,
459 Post. a 1617 En vuestras manos ya creo
460 ¿1618? Cierto poeta, en forma peregrina
461 1618 Vences, en talento cano,
462 ¿1621? Doce sermones estampó Florencia,
463 ant. a 1622 Patos de la aguachirle castellana,
464 ant. a 1622 «¡Aquí del conde Claros!», dijo, y luego
465 1622 ¿Quién pudo a tanto tormento
466 ¿1623? Quedando con tal peso en la cabeza,
466bis ¿? De las ya fiestas reales
467 ant. a 1624 Si de consuelo está necesitado
468 1624 Es el Orfeo del señor don Juan
469 1624 El más insigne varón
470 ¿? No de la sangre de la diosa bella
471 ¿? Donde con labio alterno el Eritreo
472 ¿? Tan ciruelo a san Fulano
473 ¿? Hágasme tantas mercedes,
474 ¿? Valeroso el de las quinas,
475 ¿? Señora la siempre niña,
476a ¿? Oh, tú, que pendiente al hombro,
476b ¿? Oh, tú, que pendiente al hombro,
477 ¿? Si orator nostro meruisset tempore Graius,

Poemas de autoría segura §

1580 §

1

De Las Lusiadas de Luis de Camões, que tradujo Luis de Tapia, natural de Sevilla §

    Suene la trompa bélica
    del castellano cálamo,
dándoles lustre y ser a las Lusíadas,
    y con su rima angélica
5     en el celeste tálamo
encumbre su valor sobre las Híadas,
    Napeas y Hamadríadas:
    con amoroso cántico
    y espíritu poético
10     celebren nuestro Bético
del Mauritano mar al mar Atlántico,
    pues vuela su Calíope
desde el blanco francés al negro etíope.
    Aquí la fuerza indómita
15     del Pacheco diestrísimo
descubre de su rey el pecho y ánimo,
    la India deja atónita
    con su valor rarísimo,
y al Samorín soberbio, pusilánimo.
20     Muéstrase aquí magnánimo
    Alburquerque, y solícito
    capitán integérrimo,
    que al amador misérrimo
crudamente castiga el hecho ilícito,
25     y a Goa y su potencia
dos veces la sujeta a su obediencia.
    Almeida, que a los árabes
    con la venganza hórrida
sus muros y edificios va talándoles,
30     y a los rumes y alárabes,
    debajo de la tórrida,
con valerosa espada domeñándoles,
    y mayor pena dándoles
    con el hijo belígero,
35     que en el seno Cambaico
    contra el moro y hebraico
muere mostrando su furor armígero,
    sirviéndole de túmulo
de mamelucos el sangriento cúmulo.
40     Cuanto pechos heroicos
    te dan fama clarífica,
oh Lusitania, por la tierra cálida,
    tanto versos estoicos
    te dan gloria mirífica,
45 celebrando tu nombre y fuerza válida:
    dígalo la Castálida,
    que al soberano Tapia
    hizo que (más que en árboles,
    en bronces, piedras, mármoles)
50 en su verso eternice su prosapia,
    dándole el odorífero
lauro, por premio del gran dios lucífero.

2 §

    La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy vïuda y sola,
y ayer por casar,
5     viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice,
que escucha su mal:
    «Dejadme llorar
10     orillas del mar.
    »Pues me distes, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer,
tan largo el pesar,
15     y me cautivastes
de quien hoy se va
y lleva las llaves
de mi libertad,
    dejadme llorar
20     orillas del mar.
    »En llorar conviertan,
mis ojos, de hoy más,
el sabroso oficio
del dulce mirar,
25     pues que no se pueden
mejor ocupar,
yéndose a la guerra
quien era mi paz.
    Dejadme llorar
30     orillas del mar.
    »No me pongáis freno
ni queráis culpar,
que lo uno es justo,
lo otro, por demás;
35     si me queréis bien,
no me hagáis mal:
harto peor fuera
morir y callar.
    Dejadme llorar
40     orillas del mar.
    »Dulce madre mía,
¿quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
45     y no dará voces,
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?
    Dejadme llorar
50     orillas del mar.
»Váyanse las noches,
pues ido se han
los ojos que hacían
los míos velar;
55     váyanse, y no vean
tanta soledad,
después que en mi lecho
sobra la mitad.
    Dejadme llorar
60     orillas del mar».

3 1 §

    Los rayos le cuenta al sol
con un peine de marfil
la bella Jacinta, un día
que por mi dicha la vi
5     en la verde orilla
    de Guadalquivir.

4 §

    Ciego que apuntas y atinas,
caduco dios, y rapaz,
vendado que me has vendido
y niño mayor de edad:
5     por el alma de tu madre,
que murió, siendo inmortal,
de invidia de mi señora,
que no me persigas más.
Déjame en paz, Amor tirano,
10     déjame en paz.
    Baste el tiempo mal gastado
que he seguido, a mi pesar,
tus inquïetas banderas,
forajido capitán;
15     perdóname, Amor, aquí,
pues yo te perdono allá,
cuatro escudos de paciencia,
diez de ventaja en amar.
Déjame en paz, Amor tirano,
20     déjame en paz.
    Amadores desdichados,
que seguís milicia tal,
decidme, ¿qué buena guía
podéis de un ciego sacar?
25     De un pájaro, ¿qué firmeza?
¿Qué esperanza, de un rapaz?
¿Qué galardón, de un desnudo?
De un tirano, ¿qué piedad?
Déjame en paz, Amor tirano,
30     déjame en paz.
    Diez años desperdicié,
los mejores de mi edad,
en ser labrador de Amor
a costa de mi caudal;
35     como aré y sembré, cogí:
aré un alterado mar,
sembré una estéril arena,
cogí vergüenza y afán.
Déjame en paz, Amor tirano,
40     déjame en paz.
    Una torre fabriqué,
del viento en la raridad,
mayor que la de Nembrot
y de confusión igual;
45     gloria llamaba a la pena,
a la cárcel, libertad,
miel dulce al amargo acíbar,
principio al fin, bien al mal.
Déjame en paz, Amor tirano,
50     déjame en paz.

5 §

    Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga,
ni yo iré a la escuela.
5     Pondráste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega;
    y a mí me pondrán
10 mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
media de estameña,
    y si hace bueno
trairé la montera
15 que me dio, la Pascua,
mi señora abuela,
    y el estadal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
20 cuando fue a la feria.
    Iremos a misa,
veremos la iglesia,
daranos un cuarto
mi tía la ollera;
25     compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda.
    y en la tardecica,
30 en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro,
y tú, a las muñecas
    con las dos hermanas,
Juana y Madalena,
35 y las dos primillas,
Marica y la tuerta.
    Y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto dello
40 bailar en la puerta;
    y al son del adufe
cantará Andrehuela:
No me aprovecharon,
madre, las hierbas.
45     Y yo, de papel,
haré una librea,
teñida con moras
por que bien parezca,
    y una caperuza
50 con muchas almenas;
pondré por penacho
las dos plumas negras
    del rabo del gallo
que acullá en la huerta
55 anaranjeamos
las carnestolendas;
    y en la caña larga
pondré una bandera
con dos borlas blancas
60 en sus tranzaderas;
    y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos por riendas,
65     y entraré en la calle
haciendo corvetas;
yo y otros del barrio,
que son más de treinta,
    jugaremos cañas
70 junto a la plazuela
por que Barbolilla
salga acá y nos vea:
    Bárbola, la hija
de la panadera,
75 la que suele darme
tortas con manteca,
    porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
80 detrás de la puerta.

1581 §

6 §

Que pida a un galán Minguilla
cinco puntos de jervilla,
    bien puede ser;
mas que calzando diez Menga,
5 quiera que al justo le venga,
    no puede ser.
Que se case un don Pelote
con una dama sin dote,
    bien puede ser;
10 mas que no dé algunos días
por un pan las damerías,
    no puede ser.
Que la viuda en el sermón
dé mil suspiros sin son,
15     bien puede ser;
mas que no los dé, a mi cuenta,
por que sepan dó se sienta,
    no puede ser.
Que esté la bella casada,
20 bien vestida y mal celada,
    bien puede ser;
mas que el bueno del marido
no sepa quién dio el vestido,
    no puede ser.
25 Que anochezca cano el viejo,
y que amanezca bermejo,
    bien puede ser;
mas que a creer nos estreche
que es milagro, y no escabeche,
30     no puede ser.
Que se precie un don Pelón
que se comió un perdigón,
    bien puede ser;
mas que la bisnaga honrada
35 no diga que fue ensalada,
    no puede ser.
Que olvide a la hija el padre
de buscalle quién le cuadre,
    bien puede ser;
40 mas que se pase el invierno
sin que ella le busque yerno,
    no puede ser.
Que la del color quebrado
culpe al barro colorado,
45     bien puede ser;
mas que no entendamos todos
que aquestos barros son lodos,
    no puede ser.
Que, por parir, mil loquillas
50 enciendan mil candelillas,
    bien puede ser;
mas que público o secreto
no haga algún cirio efeto,
    no puede ser.
55 Que sea el otro letrado
por Salamanca aprobado,
    bien puede ser;
mas que traiga buenos guantes
sin que acudan pleiteantes,
60     no puede ser.
Que sea médico más grave
quien más aforismos sabe,
    bien puede ser;
mas que no sea más experto
65 el que más hubiere muerto,
    no puede ser.
Que acuda a tiempo un galán
con un dicho y un refrán,
    bien puede ser;
70 mas que entendamos por eso
que en Floresta no está impreso,
    no puede ser.
Que oiga Menga una canción
con piedad y atención,
75     bien puede ser;
mas que no sea más piadosa
a dos escudos en prosa,
    no puede ser.
Que sea el padre Presentado
80 predicador afamado,
    bien puede ser;
mas que muchos puntos buenos
no sean estudios ajenos,
    no puede ser.
85 Que una guitarrilla pueda
mucho después de la queda,
    bien puede ser;
mas que no sea necedad
despertar la vecindad,
90     no puede ser.
Que el mochilero o soldado
deje su tercio embarcado,
    bien puede ser;
mas que lo crean de la guerra
95 porque entró roto en su tierra,
    no puede ser.
Que se emplee el que es discreto
en hacer un buen soneto,
    bien puede ser;
100 mas que un menguado no sea
el que en hacer dos se emplea,
    no puede ser.
Que quiera una dama esquiva
lengua muerta y bolsa viva,
105 bien puede ser;
mas que halle, sin dar puerta,
bolsa viva y lengua muerta,
no puede ser.
Que el confeso al caballero
110 socorra con su dinero,
    bien puede ser;
mas que le dé, porque presta,
lado el día de la fiesta,
    no puede ser.
115 Que junte un rico avariento
los doblones ciento a ciento,
    bien puede ser;
mas que el sucesor gentil
no los gaste mil a mil,
120     no puede ser.
Que se pasee Narciso
con un cuello en paraíso,
    bien puede ser;
mas que no sea notorio
125 que anda el cuerpo en pulgatorio,
    no puede ser.

7 §

Ándeme yo caliente
y ríase la gente.
    Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
5 mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
    y ríase la gente.
10     Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados,
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
15 que en el asador reviente,
    y ríase la gente.
    Cuando cubra las montañas
de blanca nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
20 de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
    y ríase la gente.
    Busque muy en hora buena
25 el mercader nuevos soles;
yo, conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
30     y ríase la gente.
    Pase a media noche el mar,
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama,
que yo más quiero pasar
35 del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
    y ríase la gente.
    Pues Amor es tan crüel,
que de Píramo y su amada
40 hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
    y ríase la gente.

8 §

    Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.
5     ¡Cuán diversas sendas
se suelen seguir
en el repartir
honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
10 a otros, sambenitos.
Cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.
    A veces despoja
de choza y apero
15 al mayor cabrero;
y a quien se le antoja,
la cabra más coja
parió dos cabritos.
Cuando pitos, flautas,
20 cuando flautas, pitos.
    Porque en una aldea
un pobre mancebo
hurtó solo un huevo,
al sol bambolea,
25 y otro se pasea
con cien mil delitos.
Cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.

9 §

Las redes sobre el arena,
y la barquilla, ligada
a una roca que las ondas
convierten de piedra en agua,
5     el pobre Alcïón se queja
por ver a la hermosa Glauca,
fuego de los pescadores
y gloria de aquella playa2.

10 §

En el caudaloso río
donde el muro de mi patria
se mira la gran corona
y el antiguo pie se lava,
5     desde su barca Alcïón
suspiros y redes lanza,
los suspiros, por el cielo,
y las redes, por el agua;
    y, sin tener mancilla,
10 mirábalo su amor desde la orilla.
    En un mismo tiempo salen
de las manos y del alma
los suspiros y las redes
hacia el fuego y hacia el agua.
15     Ambos se van a su centro,
do su natural los llama,
desde el corazón, los unos,
las otras, desde la barca;
    y, sin tener mancilla,
20 mirábalo su amor desde la orilla.
    El pescador, entretanto,
viendo tan cerca la causa,
y que tan lejos está
de su libertad pasada,
25     hacia la orilla se llega,
adonde con igual pausa
hieren el agua los remos,
y los ojos della, el alma;
    y, sin tener mancilla,
30 mirábalo su amor desde la orilla.
    Y, aunque el deseo de verla
para apresurarlo arma
de otros remos la barquilla,
y el corazón, de otras alas,
35     por que la ninfa no huya
no llega más que a distancia
de donde tan solamente
escuche aquesto que canta:
    «Dejadme, triste, a solas
40 dar viento al viento y olas a las olas.
    »Volad al viento, suspiros,
y mirad quién os levanta
de un pecho que es tan humilde
a partes que son tan altas.
45     Y vosotras, redes mías,
calaos en las ondas claras,
adonde os visitaré
con mis lágrimas cansadas.
    Dejadme, triste, a solas
50 dar viento al viento y olas a las olas.
    »Dejadme vengar de aquella
que tomó de mí venganza
de más leales servicios
que arenas tiene esta playa;
55     dejadme, nudosas redes,
pues que veis que es cosa clara
que, más que vosotras nudos,
tengo, para llorar, causas.
    Dejadme, triste, a solas
60 dar viento al viento y olas a las olas».

11 §

    Érase una vieja
de gloriosa fama,
amiga de niñas,
de niñas que labran;
5     para su contento
alquiló una casa
donde sus vecinas
hagan sus coladas.
    Con la sed de amor
10 corren a la balsa
cien mil sabandijas
de natura varia,
    a que con sus manos,
pues tiene tal gracia,
15 como el unicornio,
bendiga las aguas;
    también acudía
la viuda honrada,
del muerto marido
20 sintiendo la falta
    con tan grande extremo,
que allí se juntaba
a llorar por él
lágrimas cansadas ...3

1582 §

12

En la muerte de dos señoras mozas hermanas, naturales de Córdoba §

    Sobre dos urnas de cristal labradas,
de vidrio en pedestales sostenidas,
llorando está dos ninfas ya sin vidas
el Betis en sus húmidas moradas,
5     tanto por su hermosura de él amadas,
que, aunque las demás ninfas doloridas
se muestran, de su tierno fin sentidas,
él, derramando lágrimas cansadas,
    «Almas —les dice—, vuestro vuelo santo
10 seguir pienso hasta aquesos sacros nidos,
do el bien se goza sin temer contrario,
    que, vista esa belleza y mi gran llanto,
por el cielo seremos convertidos,
en Géminis vosotras, yo en Acuario».

13 §

    De pura honestidad templo sagrado,
cuyo bello cimiento y gentil muro,
de blanco nácar y alabastro duro
fue por divina mano fabricado;
5     pequeña puerta de coral preciado,
claras lumbreras de mirar seguro,
que a la esmeralda fina el verde puro
habéis para viriles usurpado;
    soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
10 al claro sol, en cuanto en torno gira,
ornan de luz, coronan de belleza;
    ídolo bello, a quien humilde adoro,
oye piadoso al que por ti suspira,
tus himnos canta, y tus virtudes reza.

14 §

    Tras la bermeja Aurora el Sol dorado
por las puertas salía, del oriente,
ella de flores la rosada frente,
él de encendidos rayos coronado;
5     sembraban su contento o su cuidado,
cuál con voz dulce, cuál con voz doliente,
las tiernas aves con la luz presente,
en el fresco aire y en el verde prado,
    cuando salió, bastante a dar, Leonora,
10 cuerpo a los vientos y a las piedras alma,
cantando de su rico albergue, y luego,
    ni oí las aves más, ni vi la Aurora,
porque al salir, o todo quedó en calma,
o yo, que es lo más cierto, sordo y ciego.

15 §

    Al tramontar del sol la ninfa mía,
de flores despojando el verde llano,
cuantas troncaba la hermosa mano,
tantas el blanco pie crecer hacía.
5     Ondeábale, el viento que corría,
el oro fino con error galano,
cual verde hoja de álamo lozano
se mueve al rojo despuntar del día;
    mas luego que ciñó sus sienes bellas
10 de los varios despojos de su falda
(término puesto al oro y a la nieve),
    juraré que lució más su guirnalda,
con ser de flores, la otra ser de estrellas,
que la que ilustra el cielo en luces nueve.

16 §

    Oh claro honor del líquido elemento,
dulce arroyuelo de corriente plata
cuya agua entre la hierba se dilata
con regalado son, con paso lento:
5     pues la por quien helar y arder me siento
(mientras en ti se mira) Amor retrata
de su rostro la nieve y la escarlata
en tu tranquilo y blando movimiento,
    vete como te vas, no dejes floja
10 la undosa rienda al cristalino freno
con que gobiernas tu veloz corriente,
    que no es bien que confusamente acoja
tanta belleza en su profundo seno
el gran señor del húmido tridente.

17 §

    Raya, dorado Sol, orna y colora
del alto monte la lozana cumbre,
sigue con agradable mansedumbre
el rojo paso de la blanca Aurora;
5     suelta las riendas a Favonio y Flora,
y usando al esparcir tu nueva lumbre
tu generoso oficio y real costumbre,
el mar argenta, las campañas dora,
    para que de esta vega el campo raso
10 borde, saliendo Flérida, de flores;
mas si no hubiere de salir acaso,
    ni el monte rayes, ornes ni colores,
ni sigas de la Aurora el rojo paso,
ni el mar argentes ni los campos dores.

18 §

    Cual parece al romper de la mañana
aljófar blanco sobre frescas rosas,
o cual por manos hecha artificiosas
bordadura de perlas sobre grana,
5     tales de mi pastora soberana
parecían las lágrimas hermosas
sobre las dos mejillas milagrosas,
de quien mezcladas leche y sangre mana,
    lanzando a vueltas de su tierno llanto
10 un ardiente suspiro de su pecho,
tal que el más duro canto enterneciera:
    si enternecer bastara un duro canto,
mirad qué habrá con un corazón hecho,
que al llanto y al suspiro fue de cera.

19 §

    Suspiros tristes, lágrimas cansadas,
que lanza el corazón, los ojos llueven,
los troncos bañan y las ramas mueven
de estas plantas a Alcides consagradas;
5     mas del viento las fuerzas conjuradas
los suspiros desatan y remueven,
y los troncos las lágrimas se beben,
mal ellos y peor ellas derramadas.
    Hasta en mi tierno rostro aquel tributo
10 que dan mis ojos, invisible mano
de sombra o de aire me lo deja enjuto,
    por que aquel ángel fieramente humano
no crea mi dolor, y así es mi fruto
llorar sin premio y suspirar en vano.

20 §

    Ya besando unas manos cristalinas,
ya anudándome a un blanco y liso cuello,
ya esparciendo por él aquel cabello
que Amor sacó entre el oro de sus minas,
5     ya quebrando en aquellas perlas finas
palabras dulces mil sin merecello,
ya cogiendo de cada labio bello
purpúreas rosas sin temor de espinas,
    estaba, oh claro Sol invidïoso,
10 cuando tu luz, hiriéndome los ojos,
mató mi gloria, y acabó mi suerte.
    Si el cielo ya no es menos poderoso,
por que no den los tuyos más enojos,
rayos, como a tu hijo, te den muerte.

21 §

    Oh piadosa pared, merecedora
de que el tiempo os reserve de sus daños,
pues sois tela do justan mis engaños
con el fiero desdén de mi señora,
5     cubra esas nobles faltas desde ahora,
no estofa humilde de flamencos paños,
do el tiempo puede más, sino, en mil años,
verde tapiz de hiedra vividora;
    y vos, aunque pequeño, fiel resquicio,
10 por que del carro del crüel destino
no pendan mis amores por trofeos,
    ya que secreto, sedme más propicio
que aquel que fue en la gran ciudad de Nino
barco de vistas, puente de deseos.

22 §

    Rey de los otros, río caudaloso,
que en fama claro, en ondas cristalino,
tosca guirnalda de robusto pino
ciñe tu frente, tu cabello undoso:
5     pues dejando tu nido cavernoso
de Segura en el monte más vecino
por el suelo andaluz tu real camino
tuerces soberbio, raudo y espumoso,
    a mí, que de tus fértiles orillas
10 piso, aunque ilustremente enamorado,
tu noble arena con humilde planta,
    dime si entre las rubias pastorcillas
has visto, que en tus aguas se han mirado,
beldad cual la de Clori, o gracia tanta.

23

A la pasión de los celos §

    ¡Oh niebla del estado más sereno,
furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
de verde prado en oloroso seno!
5     ¡Oh entre el néctar de Amor mortal veneno,
que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh espada sobre mí de un pelo asida,
de la amorosa espuela duro freno!
    Oh celo, del favor verdugo eterno,
10 vuélvete al lugar triste donde estabas,
o al reino, si allá cabes, del espanto;
    mas no cabrás allá, que pues ha tanto
que comes de ti mesmo y no te acabas,
mayor debes de ser que el mismo infierno.

24 §

    Mientras por competir con tu cabello
oro bruñido al sol relumbra en vano;
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
5     mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;
    goza cuello, cabello, labio, y frente,
10 antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lilio, clavel, cristal luciente,
    no solo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

25 §

    Corcilla temerosa,
    cuando sacudir siente
al soberbio aquilón con fuerza fiera
    la verde selva umbrosa,
5     o murmurar corriente
entre la hierba, corre tan ligera
    que al viento desafía
    su voladora planta:
    con ligereza tanta,
10 huyendo va de mí la ninfa mía,
    encomendando al viento
sus rubias trenzas, mi cansado acento.
    El viento delicado
    hace de sus cabellos
15 mil crespos nudos por la blanca espalda,
    y habiéndose abrigado
    lascivamente en ellos,
a luchar baja un poco con la falda,
    donde, no sin decoro,
20     por brújula, aunque breve,
    muestra la blanca nieve
entre los lazos del coturno de oro;
    y así, en tantos enojos,
si trabajan los pies, gozan los ojos.
25     Con aquel dulce brío
    que me da el soplo escaso
del viento al descubrir su planta bella,
    sigo, esforzando el mío,
    su fugitivo paso,
30 no más por alcanzalla que por vella;
    ella, mi intento viendo,
    vuelve a mí la serena
    süave luz, y enfrena
mi dulce alcance, el mismo efecto haciendo
35     sus luces soberanas
en mí que en Atalanta las manzanas.
    Yo, pues, ciego y turbado,
    viéndola como mide
con más ligeros pies el verde llano
40     que del arco encorvado
    la saeta despide
del Parto fiero la robusta mano,
    y viendo que en mí mengua
    lo que a ella le sobra,
45     pues nuevas fuerzas cobra,
apelo de los pies para la lengua,
    y en alta voz le digo:
«No huyas, ninfa, pues que no te sigo.
    »Enfrena, oh Clori, el vuelo,
50     pues ves que el rubio Apolo
pone ya fin a su carrera ardiente;
    ten de ti misma duelo,
    deponga un rato solo
el honesto sudor tu blanca frente.
55     Bastante muestra has dado
    de crüel y ligera,
    pues en tan gran carrera
tu bellísimo pie nunca ha dejado
    estampa en el arena,
60 ni en tu pecho crüel mi grave pena.
    »Ejemplos mil al vivo
    de ninfas te pondría
(si ya la antigüedad no nos engaña),
    por cuyo trato esquivo
65     nuevos conoce hoy día
troncos el bosque y piedras la montaña;
    mas sírvate de aviso
    en tu curso el de aquella,
    no tan cruda ni bella,
70 a quien ya sabes que el pastor de Anfriso
    con pie menos ligero
la siguió ninfa, y la alcanzó madero».
Quédate aquí, canción, y pon silencio
    al fugitivo canto,
75 que razón es parar quien corrió tanto.

26 §

Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Mozuelas las de mi barrio,
loquillas y confïadas:
5 mirad no os engañe el tiempo,
la edad y la confianza;
    no os dejéis lisonjear
de la juventud lozana,
porque de caducas flores
10 teje el tiempo sus guirnaldas.
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Vuelan los ligeros años
y con presurosas alas
15 nos roban, como harpías,
nuestras sabrosas vïandas:
    la flor de la maravilla
esta verdad nos declara,
porque le hurta la tarde
20 lo que le dio la mañana.
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Mirad que cuando pensáis
que hacen la señal de la alba
25 las campanas de la vida,
es la queda, y os desarma
    de vuestro color y lustre,
de vuestro donaire y gracia,
y quedáis, todas, perdidas
30 por mayores de la marca.
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Yo sé de una buena vieja
que fue un tiempo rubia y zarca,
35 y que, al presente, le cuesta
harto caro el ver su cara,
    porque su bruñida frente
y sus mejillas se hallan,
más que roquete de obispo,
40 encogidas y arrugadas.
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Y sé de otra buena vieja,
que un diente que le quedaba
45 se lo dejó, estotro día,
sepultado en unas natas,
    y con lágrimas le dice:
«Diente mío de mi alma,
yo sé cuándo fuistes perla,
50 aunque ahora no sois nada».
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.
    Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
55 el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
    quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas,
mirad, bobas, que detrás
60 se pinta la ocasión, calva.
Que se nos va la pascua, mozas,
    que se nos va la pascua.

27 §

    En la pedregosa orilla
del turbio Guadalmellato,
que al claro Guadalquivir
le paga el tributo en barro,
5     guardando unas flacas yeguas,
a la sombra de un peñasco,
con la mano en la muñeca
estaba el pastor Galayo;
    pastor pobre y sin abrigo
10 para los hielos de mayo,
no más de por estar roto
desde el tronco a lo más alto.
    Quejábase reciamente
del Amor, que lo ha matado
15 en la mitad de los lomos
con el arpón de un tejado,
    por la linda Teresona,
ninfa que siempre ha guardado,
orillas de Vecinguerra4,
20 animales vidrïados,
    hija de padres que fueron
pastores de este ganado,
el uno, orilla de Esgueva,
el otro, orilla de Darro.
25     De esta, pues, Galayo andaba
tiesamente enamorado,
lanzando del pecho ardiente
regüeldos amartelados.
    No siente tanto el desdén
30 con que della era tratado,
cuanto la terrible ausencia
le comía medio lado;
    aunque para consolarse
sacaba de rato en rato
35 un cordón de sus cabellos,
y tejido de su mano,
    tan delicado y curioso,
tan curioso y delicado,
que si el cordón es tomiza
40 los cabellos son esparto.
    Con lágrimas lo humedece
el yegüero desdichado,
aunque después con suspiros
quedó enjuto y perfumado,
45     y en un papelón de estraza,
habiéndolo antes besado,
lo envuelve, y saca, del seno,
de su pastora un retrato
    que en un pedazo de anjeo,
50 no sin primor ni trabajo,
con una espátula vieja
se lo pintó un boticario;
    y, clavando en él la vista,
en tono romadizado
55 estos versos cantó, al son
de un mortero y de su mano:
    «Dulce retrato de aquella
enemiga desabrida
que para acabar mi vida
60 no tiene en sus ojos mella:
    la paciencia se me apoca
de ver cuán al vivo tienes
la frente entre las dos sienes
y los dientes en la boca,
65     y que es tal el regalado
mirar de tus ojos bellos,
que el que está más lejos dellos,
ese está más apartado;
    y así, aunque me hagan guerra,
70 mirándolos me estaría,
toda la noche y el día,
comiendo turmas de tierra.
    Retrato, pues, soberano,
que, según es tu primor,
75 tuvo al hacerte, el pintor,
cinco dedos en su mano:
    si no quies verme difunto,
según por ti me derriengo,
mírame, pues ves que tengo
80 la nariz tan en su punto;
    mírame, ninfa gentil,
que ayer me miré en un charco,
y vi que era rubio y zarco,
como Dios hizo un candil».

28 §

    Diez años vivió Belerma
con el corazón difunto
que le dejó en testamento
aquel francés boquirrubio.
5     Contenta vivió con él,
aunque a mí me dijo alguno
que viviera más contenta
con trecientas mil de juro.
    A verla vino doña Alda,
10 viuda del conde RoduIfo,
conde que fue en Normandía
lo que a Jesucristo plugo,
    y, hallándola muy triste
sobre un estrado de luto,
15 con los ojos que ya eran
orinales de Neptuno,
    rïéndose muy de espacio
de su llorar importuno
sobre el muerto corazón
20 envuelto en un paño sucio,
    le dice: «Amiga Belerma,
cese tan necio diluvio,
que anegará vuestros años
y ahogará vuestros gustos.
25     Estese allá Durandarte
donde la suerte le cupo;
buen pozo haya su alma,
y pozo que esté sin cubo.
    Si él os quiso mucho en vida,
30 también lo quisistes mucho,
y si tiene abierto el pecho,
queréllese de su escudo.
    ¿Qué culpa tuvistes vos
de su entierro, siendo justo
35 que el que como bruto muere,
que lo entierren como a bruto?;
    muriera él acá en París,
a do tiene su sepulcro,
que allí le hicieran lugar
40 los antepasados suyos.
    Volved luego a Montesinos
ese corazón que os trujo,
y enviadle a preguntar
si por gavilán os tuvo.
45     Descosed, y desnudad,
las tocas de anjeo crudo,
el monjilón de bayeta
y el manto, basto, peludo;
    que, aun en las viudas más viejas
50 y de años más caducos,
las tocas cubren a enero,
y los monjiles, a julio,
    cuanto más, a una muchacha
que le faltan días algunos
55 para cumplir los treinta años,
que yo desdichada cumplo.
    Seis hace, si bien me acuerdo,
el día de Santiñuflo,
que perdí aquel mal logrado
60 que hoy entre los vivos busco.
    Holguéme de cuatro y ocho,
haciéndoles dos mil hurtos
a las palomas, de besos,
y a las tórtolas, de arrullos.
65     Sentí su fin; pero más
que muriese sin ver fructo,
sin ver flujo de mi vientre,
porque siempre tuve pujo;
    mas no por eso ultrajé
70 mi buena tez con rasguños,
cabal me quedó el cabello,
y los ojos, casi enjutos.
    Aprended de mí, Belerma,
holguémonos de consuno,
75 llévese el mar lo llorado,
y lo suspirado, el humo.
    No hiléis memorias tristes
en este aposento obscuro,
que, cual gusano de seda,
80 moriréis en el capullo.
    Haced lo que en su fin hace
el pájaro sin segundo,
que nos habla en sus cenizas
de pretérito y futuro.
85     Llorad su muerte, mas sea
con lagrimillas al uso;
de lo mal pasado nazca
lo por venir más seguro.
    Pongámonos a la par
90 dos toquitas de repulgo,
ceja en arco, manos blancas,
y dos perritos lanudos.
    Hiedras verdes somos ambas,
a quien dejaron sin muros,
95 de la muerte y del amor
baterías e infortunios:
    busquemos por do trepar,
que, a lo que de ambas presumo,
no nos faltarán en Francia
100 pared gruesa, tronco duro.
    La iglesia de san Dionís
canónigos tiene muchos,
delgados, cariaguileños,
carihartos y espaldudos:
105     escojamos como en peras
dos déligos capatuncios,
de aquestos que andan en mulas
y tienen algo de mulos;
    de estos Alejandros Magnos
110 que no tienen por disgusto,
por dar en nuestros broqueles,
que demos en sus escudos.
    De todos los doce pares
y sus nones, abrenuncio,
115 que calzan bragas de malla
y, de acero, los pantuflos;
    ¿de qué nos sirven, amiga,
petos fuertes, yelmos lucios?:
armados hombres queremos,
120 armados, pero desnudos.
    De vuestra mesa redonda,
francos paladines, huyo,
donde ayunos os sentáis,
y os levantáis más ayunos;
125     la de cuatro esquinas quiero,
que la ventura me puso
en casa de un cuatro picos,
de todos cuatro picudo,
    donde sirven, la cuaresma,
130 sabrosísimos besugos,
y turmas, en el carnal,
con su caldillo y su zumo».
    Más iba a decir doña Alda,
pero a lo demás dio un nudo,
135 porque de don Montesinos
entró un pajecillo zurdo.

1583 §

29

En la muerte de una señora que murió moza en Córdoba §

    Fragoso monte, en cuyo vasto seno
duras cortezas de robustas plantas
contienen aquel nombre en partes tantas
de quien pagó a la tierra lo terreno:
5     así cubra de hoy más cielo sereno
la siempre verde cumbre que levantas,
que me escondas aquellas letras santas
de que a pesar del tiempo has de estar lleno.
    La corteza do están desnuda, o viste
10 su villano troncón de hierba verde,
de suerte que mis ojos no las vean.
    Quédense en tu arboleda, ella se acuerde
de fin tan tierno, y su memoria triste,
pues en troncos está, troncos la lean.

30

Habla con don Luis Gaytán de Ayala, señor de Villafranca de Gaytán, quien estaba entonces en Córdoba, siendo allí su padre corregidor §

    Ya que con más regalo el campo mira,
pues del hórrido manto se desnuda,
purpúreo el sol, y aunque con lengua muda
süave Filomena ya suspira,
5     templa, noble garzón, la noble lira,
honren tu dulce plectro y mano aguda
lo que al son torpe de mi avena ruda
me dicta Amor, Calíope me inspira.
    Ayúdame a cantar los dos extremos
10 de mi pastora y, cual parleras aves
que a saludar al sol a otros convidan,
    yo ronco, tú sonoro, despertemos
cuantos en nuestra orilla cisnes graves
sus blancas plumas bañan y se anidan.

31

A unos álamos blancos §

    Verdes hermanas del audaz mozuelo
por quien orilla el Po dejastes presos
en verdes ramas ya y en troncos gruesos
el delicado pie, el dorado pelo:
5     pues entre las rüinas de su vuelo
sus cenizas bajar en vez de huesos,
y sus errores largamente impresos
de ardientes llamas vistes en el cielo,
    acabad con mi loco pensamiento
10 que gobernar tal carro no presuma,
antes que lo desate por el viento
    con rayos de desdén la beldad suma,
y las reliquias de su atrevimiento
esconda el desengaño en poca espuma.

32 §

    Ni en este monte, este aire, ni este río
corre fiera, vuela ave, pece nada,
de quien con atención no sea escuchada
la triste voz del triste llanto mío;
5     y aunque en la fuerza sea, del estío,
al viento mi querella encomendada,
cuando a cada cual dellos más le agrada
fresca cueva, árbol verde, arroyo frío,
    a compasión movidos de mi llanto,
10 dejan la sombra, el ramo, y la hondura,
cual ya por escuchar el dulce canto
    de aquel que, de Estrimón en la espesura,
los suspendía cien mil veces. ¡Tanto
puede mi mal, y pudo su dulzura!

33 §

    ¿Cuál del Ganges marfil, o cuál de Paro
blanco mármol, cuál ébano luciente,
cuál ámbar rubio o cuál oro excelente,
cuál fina plata o cuál cristal tan claro,
5     cuál tan menudo aljófar, cuál tan caro
orïental safir, cuál rubí ardiente,
o cuál, en la dichosa edad presente,
mano tan docta de escultor tan raro
    vulto dellos formara, aunque hiciera
10 ultraje milagroso a la hermosura
su labor bella, su gentil fatiga,
    que no fuera figura, al sol, de cera,
delante de tus ojos, su figura,
oh bella Clori, oh dulce mi enemiga?

34

A Juan Rufo, jurado de Córdoba §

    Culto jurado, si mi bella dama,
en cuyo generoso mortal manto
arde, como en cristal de templo santo,
de un limpio amor la más ilustre llama,
5     tu musa inspira, vivirá tu fama
sin invidiar tu noble patria a Manto,
y ornarte ha, en premio de tu dulce canto,
no de verde laurel caduca rama,
    sino de estrellas inmortal corona.
10 Haga, pues, tu dulcísimo instrumento
bellos efectos, pues la causa es bella,
    que no habrá piedra, planta, ni persona,
que suspensa no siga el tierno acento,
siendo tuya la voz, y el canto della.

35 §

    Ilustre y hermosísima María,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada Aurora,
Febo en tus ojos, y en tu frente el día,
5     y mientras con gentil descortesía
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;
    antes que de la edad Febo eclipsado,
10 y el claro día vuelto en noche obscura,
huya la Aurora del mortal nublado;
    antes que lo que hoy es rubio tesoro
venza a la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.

36 §

    Manda Amor en su fatiga
que se sienta y no se diga,
pero a mí más me contenta
que se diga y no se sienta.
5     En la ley vieja de Amor
a tantas fojas se halla
que el que más sufre y más calla,
ese librará mejor;
mas triste del amador
10 que, muerto a enemigas manos,
le hallaron los gusanos
secretos en la barriga.
Manda Amor en su fatiga
que se sienta y no se diga,
15 pero a mí más me contenta
que se diga y no se sienta.
    Muy bien hará quien culpare
por necio a cualquier que fuere
que como leño sufriere
20 y como piedra callare;
mande Amor lo que mandare,
que yo pienso muy sin mengua
dar libertad a mi lengua,
y a sus leyes una higa.
25 Manda Amor en su fatiga
que se sienta y no se diga,
pero a mí más me contenta
que se diga y no se sienta.
    Bien sé que me han de sacar
30 en el auto con mordaza,
cuando Amor sacare a plaza
delincuentes por hablar;
mas yo me pienso quejar,
en sintiéndome agraviado,
35 pues el mar brama alterado
cuando el viento lo fatiga.
Manda Amor en su fatiga
que se sienta y no se diga,
pero a mí más me contenta
40 que se diga y no se sienta.
    Yo sé de algún joveneto
que tiene muy entendido
que guarda más bien Cupido
al que guarda su secreto;
45 y si muere el indiscreto
de amoroso torozón,
morirá sin confesión
por no culpar su enemiga.
Manda Amor en su fatiga
50 que se sienta y no se diga,
pero a mi más me contenta
que se diga y no se sienta.

37 §

    Amarrado al duro banco
de una galera turquesca,
ambas manos en el remo
y ambos ojos en la tierra,
5     un forzado de Dragut
en la playa de Marbella
se quejaba, al ronco son
del remo y de la cadena:
    «¡Oh sagrado mar de España,
10 famosa playa serena,
teatro donde se han hecho
cien mil navales tragedias!:
    pues eres tú el mismo mar
que con tus crecientes besas
15 las murallas de mi patria,
coronadas y soberbias,
    tráeme nuevas de mi esposa,
y dime si han sido ciertas
las lágrimas y suspiros
20 que me dice por sus letras;
    porque si es verdad que llora
mi captiverio en tu arena,
bien puedes al mar del Sur
vencer en lucientes perlas.
25     Dame ya, sagrado mar,
a mis demandas respuesta,
que bien puedes, si es verdad
que las aguas tienen lengua;
    pero, pues no me respondes,
30 sin duda alguna que es muerta,
aunque no lo debe ser,
pues que vivo yo en su ausencia.
    Pues he vivido diez años
sin libertad y sin ella,
35 siempre al remo condenado,
a nadie matarán penas».
    En esto, se descubrieron
de la Religión seis velas,
y el cómitre mandó usar,
40 al forzado, de su fuerza.

38 §

    La desgracia del forzado,
y del cosario la industria,
la distancia del lugar
y el favor de la Fortuna,
5     que por las bocas del viento
les daba a soplos ayuda
contra las cristianas cruces
a las otomanas lunas,
    hicieron que, de los ojos
10 del forzado, a un tiempo huyan
dulce patria, amigas velas,
esperanzas y ventura.
    Vuelve, pues, los ojos, tristes,
a ver cómo el mar le hurta
15 las torres, y le da nubes,
las velas, y le da espumas;
    y viendo más aplacada
en el cómitre la furia,
vertiendo lágrimas, dice,
20 tan amargas como muchas:
«¿De quién me quejo con tan grande extremo,
si ayudo yo a mi daño con mi remo?
    »Ya no esperen ver, mis ojos,
pues ahora no lo vieron,
25 sin este remo las manos,
y los pies sin estos hierros;
    que, en esta desgracia mía,
Fortuna me ha descubierto
que cuantos fueren mis años
30 tantos serán mis tormentos.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
si ayudo yo a mi daño con mi remo?
    »Velas de la Religión,
enfrenad vuestro denuedo,
35 que mal podréis alcanzarnos,
pues tratáis de mi remedio;
    el enemigo se os va,
y favorécelo el tiempo
por su libertad no tanto,
40 cuanto por mi captiverio.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
si ayudo yo a mi daño con mi remo?
    »Quedaos en aquesa playa,
de mis pensamientos puerto,
45 quejaos de mi desventura
y no echéis la culpa al viento.
    Y tú, mi dulce suspiro,
rompe los aires, ardiendo,
visita a mi esposa bella,
50 y en el mar de Argel te espero.
¿De quién me quejo con tan grande extremo,
si ayudo yo a mi daño con mi remo?»

1584 §

39

A Juan Rufo, de su Austriada §

    Cantastes, Rufo, tan heroicamente
de aquel César novel la augusta historia,
que está dudosa entre los dos la gloria,
y a cuál se deba dar ninguno siente;
5     Y así la Fama, que hoy de gente en gente
quiere que de los dos la igual memoria
del tiempo y del olvido haya victoria,
ciñe de lauro a cada cual la frente.
    Debéis con gran razón ser igualados,
10 pues fuistes cada cual único en su arte:
él solo en armas, vos en letras solo,
    y al fin ambos igualmente ayudados:
él, de la espada del sangriento Marte;
vos, de la lira del sagrado Apolo.

40 §

    Con diferencia tal, con gracia tanta
aquel ruiseñor llora, que sospecho
que tiene otros cien mil dentro del pecho,
que alternan su dolor por su garganta;
5     y aun creo que el espíritu levanta,
como en información de su derecho,
a escribir del cuñado el atroz hecho
en las hojas de aquella verde planta.
    Ponga, pues, fin a las querellas que usa,
10 pues ni quejarse ni mudar estanza
por pico ni por pluma se le veda;
    y llore solo aquel que su Medusa
en piedra convirtió, por que no pueda
ni publicar su mal ni hacer mudanza.

41 §

    La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas distilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
5     amantes, no toquéis, si queréis vida,
porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
    No os engañen las rosas, que a la Aurora
10 diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno:
    manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora,
y solo del Amor queda el veneno.

42 §

    No destrozada nave en roca dura
tocó la playa más arrepentida,
ni pajarillo de la red tendida
voló más temeroso a la espesura;
5     bella ninfa, la planta mal segura,
no tan alborotada ni afligida,
hurtó de verde prado, que escondida
víbora regalaba en su verdura,
    como yo, Amor, la condición airada,
10 las rubias trenzas y la vista bella
huyendo voy, con pie ya desatado,
    de mi enemiga en vano celebrada.
Adiós, ninfa crüel; quedaos con ella,
dura roca, red de oro, alegre prado.

43 §

    Varia imaginación, que en mil intentos,
a pesar, gastas, de tu triste dueño,
la dulce munición del blando sueño,
alimentando vanos pensamientos,
5     pues traes los espíritus atentos
solo a representarme el grave ceño
del rostro dulcemente zahareño,
gloriosa suspensión de mis tormentos:
    el sueño, autor de representaciones,
10 en su teatro, sobre el viento armado,
sombras suele vestir de vulto bello.
    Síguelo; mostrarate el rostro amado
y engañarán un rato tus pasiones
dos bienes, que serán dormir y vello.

44

A don Luis Gaytán de Ayala, señor de Villafranca de Gaytán §

    No enfrene tu gallardo pensamiento
del animoso joven mal logrado
el loco fin, de cuyo vuelo osado
fue ilustre tumba el húmido elemento.
5     Las dulces alas tiende al blando viento
y, sin que el torpe mar del miedo helado
tus plumas moje, toca levantado
la encendida región del ardimiento.
    Corona en puntas la dorada esfera
10 do el pájaro real su vista afina,
y al noble ardor desátese la cera,
    que al mar, do tu sepulcro se destina,
gran honra le será, y a su ribera,
que le hurte su nombre tu rüina.

45 §

    Gallardas plantas, que con voz doliente
al osado Faetón llorastes vivas,
y ya, sin invidiar palmas ni olivas,
muertas podéis ceñir cualquiera frente:
5     así del sol estivo al rayo ardiente
blanco coro de náyades lascivas
precie más vuestras sombras fugitivas
que verde margen de escondida fuente,
    y así bese, a pesar del seco estío,
10 vuestros troncos, ya un tiempo pies humanos,
el raudo curso de este undoso río,
    que lloréis (pues llorar solo a vos toca
locas empresas, ardimientos vanos)
mi ardimiento en amar, mi empresa loca.

46 §

    Del color noble que a la piel vellosa
de aquel animal dio, Naturaleza,
que de corona ciñe su cabeza,
rey de las otras, fiera generosa,
5     vestida vi a la bella desdeñosa,
tal, que juzgué, no viendo su belleza,
según decía el color con su fiereza,
que la engendró la Libia ponzoñosa.
    Mas viéndola, que Alcides muy ufano
10 por ella en tales paños bien podía
mentir su natural, seguir su antojo,
    cual ya en Lidia torció con torpe mano
el huso, y presumir que se vestía
del nemeo león el gran despojo.

47 §

    Aquí entre la verde juncia
quiero, como el blanco cisne
que envuelta en dulce armonía
la dulce vida despide,
5     despedir mi vida amarga
envuelta en endechas tristes,
y querellarme de aquella
tan hermosa como libre.
    Descanse entretanto, el arco,
10 de la cuerda que lo aflige,
y pendiente de sus ramos
orne esta planta de Alcides,
    mientras yo a la tortolilla
que sobre aquel olmo gime
15 le hurto todo el silencio
que para sus quejas pide.
    Bellísima cazadora,
más fiera que las que sigues
por los bosques, cruel verdugo
20 de mis años infelices:
    tan grandes son tus extremos
de hermosa y de terrible,
que están los montes en duda
si eres diosa o si eres tigre.
25     Préciaste de tan soberbia
contra quien es tan humilde,
que, considerados bien,
todos los monteros dicen
    que los dos nos parecemos
30 al robre que más resiste
los soplos del viento airado,
tú en ser dura, yo en ser firme;
    en esto solo eres robre,
y en lo demás, flaca mimbre,
35 no solo a los recios vientos,
mas a los aires subtiles.
    Ya no persigues crüel,
después que a mí me persigues,
a los ciervos voladores
40 ni a los fieros jabalíes;
    ni de tu dichoso albergue
las nobles paredes visten,
los despojos de las fieras
que, como a mí, muerte diste,
45     no porque no gustes dello,
sino por que no te obligue
el encontrarme en la caza
a que siquiera me mires.
    Los monteros te suspiran
50 por todos estos confines,
y el mismo monte se agravia
de que tus pies no lo pisen,
    por el rastro que dejaban
de rosas y de jazmines,
55 tanto, que eran a sus campos,
tus dos plantas, dos abriles.
    Haz tu gusto, que yo quiero
dejar (pues dello te sirves)
el espíritu cansado
60 que mis flacos miembros rige;
    conseguiremos en esto
ambos a dos nuestros fines:
tú, el de crüel en dejarme,
yo, el de leal en morirme.
65     Tú, rey de los otros ríos,
que de las sierras sublimes
de Segura al oceano
el fértil terreno mides,
    pues en tu dichoso seno
70 tantas lágrimas recibes
de mis ojos que en el mar
entran dos Guadalquivires,
    ruégote que su crueldad
y mi firmeza publiques
75 por todo el húmedo reino
de la gran madre de Aquiles,
    por que no solo en las selvas,
mas los que en las aguas viven,
conozcan quién es Daliso
80 y quién es la ingrata Nise.

48 §

    Noble desengaño,
gracias doy al cielo,
que rompiste el lazo
que me tenía preso;
5     por tan gran milagro
colgaré en tu templo
las graves cadenas
de mis graves yerros,
    las fuertes coyundas
10 del yugo de acero
que con tu favor
sacudí del cuello.
    Las húmidas velas
y los rotos remos
15 que escapé del mar
y ofrecí en el puerto
    ya de tus paredes
serán ornamento,
gloria de tu nombre,
20 y de Amor descuento.
    Y así, pues que triunfas
del rapaz arquero,
tiren de tu carro
y sean tu trofeo
25     locas esperanzas,
vanos pensamientos,
pasos esparcidos,
livianos deseos,
    rabiosos cuidados,
30 ponzoñosos celos,
infernales glorias,
gloriosos infiernos.
    Compóngante himnos,
y digan, sus versos,
35 que libras captivos
y das vista a ciegos;
    ante tu deidad
hónrense mil fuegos
del sudor precioso
40 del árbol sabeo.
    Pero ¿quién me mete
en cosas de seso
y en hablar de veras,
en aquestos tiempos
45     donde el que más trata
de burlas y juegos,
ese es quien se viste
más a lo moderno?
    Ingrata señora,
50 de tus aposentos
(más dulce y sabrosa
que nabo en adviento)
    aplícame un rato
el oído atento,
55 que quiero hacer auto
de mis devaneos:
    qué de noches frías
que me tuvo el hielo
tal, que por esquina
60 me juzgó tu perro,
    y alzando la pierna
con gentil denuedo
me argentó de plata
los zapatos negros.
65     Qué de noches de estas,
señora, me acuerdo
que, andando a buscar
chinas por el suelo
    para hacer la seña
70 por el agujero,
al tomar la china
me ensucié los dedos.
    Qué de días anduve
cargado de acero,
75 con harto trabajo
porque estaba enfermo;
    como estaba flaco,
parecía cencerro:
hierro por de fuera,
80 por de dentro hueso.
    Qué de meses y años
que viví muriendo
en la Peña pobre,
sin ser Beltenebros,
85     donde me acaeció
mil días enteros
no comer sino uñas
haciendo sonetos.
    Qué de necedades
90 escribí en mil pliegos,
que las ríes tú ahora
y yo las confieso,
    aunque las tuvimos
ambos en un tiempo,
95 yo, por discreciones,
y tú, por requiebros.
    Qué de medias noches
canté en mi instrumento:
Socorred, señora,
100 con agua a mi fuego,
    donde, aunque tú no
socorriste luego,
socorrió el vecino
con un gran caldero.
105     Adiós, mi señora,
porque me es tu gesto
chimenea en verano
y nieve en invierno,
    y el bazo me tienes
110 de guijarros lleno,
porque creo que bastan
seis años de necio.

49 §

    Aquel rayo de la guerra,
alférez mayor del reino,
tan galán como valiente
y tan noble como fiero,
5     de los mozos invidiado,
admirado de los viejos,
y de los niños y el vulgo
señalado con el dedo;
    el querido de las damas
10 por cortesano y discreto,
hijo hasta allí regalado
de la fortuna y del tiempo;
    el que vistió las mezquitas
de victoriosos trofeos,
15 el que pobló las mazmorras
de cristianos caballeros;
    el que dos veces, armado
más de valor que de acero,
a su patria libertó
20 de dos peligrosos cercos:
    el gallardo Abenzulema
sale a cumplir el destierro
a que lo condena el rey,
o el amor, que es lo más cierto.
25     Servía a una mora, el moro,
por quien el rey anda muerto,
en todo extremo hermosa
y discreta en todo extremo.
    Diole unas flores, la dama,
30 que para él flores fueron,
y para el celoso rey,
hierbas de mortal veneno;
    pues, de la hierba tocado,
lo manda desterrar luego,
35 culpando su lealtad
para disculpar sus celos.
    Sale, pues, el fuerte moro,
sobre un caballo overo,
que a Guadalquivir el agua
40 le bebió, y le pació el heno,
    con un hermoso jaez,
rica labor de Marruecos,
las piezas, de filigrana,
la mochila, de oro y negro;
45     tan gallardo iba el caballo,
que en grave y airoso huello
con ambas manos medía
lo que hay de la cincha al suelo.
    Sobre una marlota negra
50 un blanco albornoz se ha puesto,
por vestirse las colores
de su inocencia y su duelo.
    Bordó mil hierros de lanzas
por el capellar, y en medio,
55 en arábigo una letra
que dice: Estos son mis yerros.
    Bonete lleva, turquí,
derribado al lado izquierdo,
y sobre él tres plumas, presas
60 de un precioso camafeo:
    no quiso salir sin plumas,
por que vuelen sus deseos,
si quien le quita la tierra
también no le quita el viento.
65     No lleva más de un alfanje,
que le dio el rey de Toledo,
porque para un enemigo
él le basta, y su derecho.
    De esta suerte sale el moro
70 con animoso denuedo,
en medio de dos alcaides,
de Arjona y del Marmolejo.
    Caballeros lo acompañan
y lo sigue todo el pueblo,
75 y las damas, por do pasan,
se asoman llorando a verlo;
    lágrimas vierten ahora
de sus tristes ojos bellos
las que desde sus balcones
80 aguas de olor le vertieron.
    La bellísima Balaja,
que llorosa en su aposento
las sinrazones del rey
le pagaban sus cabellos,
85     como tanto estruendo oyó,
a un balcón salió corriendo,
y enmudecida le dijo,
dando voces con silencio:
    «Vete en paz, que no vas solo,
90 y en tu ausencia ten consuelo,
que quien te echa de Jaén
no te echará de mi pecho».
    Él con el mirar responde:
«Yo me voy, y no te dejo;
95 de los agravios del rey
para tu firmeza apelo».
    Con esto pasó la calle,
los ojos atrás volviendo
cien mil veces, y de Andújar
100 tomó el camino derecho.

1585 §

50

A Córdoba §

    ¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
de arenas nobles, ya que no doradas!
5     ¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre glorïosa patria mía,
tanto por plumas cuanto por espadas!:
    si entre aquellas rüinas y despojos
10 que enriquece Genil y Dauro baña
tu memoria no fue alimento mío,
    nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tu muro, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España!

51 §

    Tres veces de Aquilón el soplo airado
del verde honor privó las verdes plantas,
y al animal de Colcos otras tantas
ilustró Febo su vellón dorado,
5     después que sigo (el pecho traspasado
de aguda flecha) con humildes plantas,
¡oh bella Clori!, tus pisadas santas
por las floridas señas que da el prado.
    A vista voy (tiñendo los alcores
10 en roja sangre) de tu dulce vuelo,
que el cielo pinta de cien mil colores,
    tanto, que ya nos siguen los pastores
por los extraños rastros que en el suelo
dejamos, yo, de sangre, tú, de flores.

52

Deprecación a Apolo por la salud de una dama §

    Sacra planta de Alcides, cuya rama
fue toldo de la hierba; fértil soto
que al tiempo mil libreas le habéis roto
de frescas hojas, de menuda grama:
5     sed hoy testigos de estas que derrama
lágrimas Licio, y de este humilde voto
que al rubio Febo hace, viendo a Cloto
de su Clori romper la vital trama:
    ardiente morador del sacro coro,
10 si libre a Clori por tus manos deja
de alguna hierba algún secreto jugo,
    tus aras teñirá este blanco toro,
cuya cerviz así desprecia el yugo,
como el de Amor la enferma zagaleja.

53 §

    Aunque a rocas de fe ligada vea
con lazos de oro la hermosa nave
mientras en calma humilde, en paz süave,
sereno el mar la vista lisonjea;
5     y aunque el céfiro esté, por que lo crea,
tasando el viento que en las velas cabe,
y el fin dichoso del camino grave
en el aspecto celestial se lea,
    he visto blanqueando las arenas
10 de tantos nunca sepultados huesos,
que el mar de Amor tuvieron por seguro,
    que de él no fío, si sus flujos gruesos
con el timón, o con la voz, no enfrenas,
¡oh dulce Arión, oh sabio Palinuro!

54 §

    Si las damas de la corte
quieren por dar una mano
dos piezas del toledano,
y del milanés un corte,
5 mientras no dan otro corte,
    busquen otro,
que yo soy nacido en el Potro.
    Si por unos ojos bellos,
que se los dio el cielo dados,
10 quieren ellas más ducados
que tienen pestañas ellos,
alquilen quien quiera vellos,
    y busquen otro,
que yo soy nacido en el Potro.
15     Si un billete cada cual
no hay tomallo ni leello
mientras no le ven por sello
llevar el cuño real,
damas de condición tal,
20     buscad otro,
que yo soy nacido en el Potro,
    Si a mi demanda y porfía,
mostrándose muy honestas,
dan más recias las respuestas
25 que cañones de crujía,
para tanta artillería
    busquen otro,
que yo soy nacido en el Potro.
    Si algunas damas bizarras,
30 no las quiero decir viejas,
gastan el tiempo en pellejas,
y ellas se aforran en garras,
vayan al Perú por barras,
    y busquen otro,
35 que yo soy nacido en el Potro.
    Si la del dulce mirar
ha de ser con presunción
que ha de acudir a razón
de a veinte mil el millar,
40 pues fue el mío de al quitar,
    busquen otro,
que yo soy nacido en el Potro,
    Si se precian por lo menos
de que duques las recuestan,
45 y a marqueses sueño cuestan
y a condes muchos serenos,
a servidores tan llenos
    huélalos otro,
que yo soy nacido en el Potro,

55 §

    Si en todo lo qu’hago
soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?
    Labré a mi despecho
5 una pieza mala,
no pude hacer sala,
y cámara he hecho;
quedará sin techo,
y el cuerpo vacío,
10 que un servidor mío,
cual banco, quebró,
y me recibió
peor que una daga.
Si en todo lo qu’hago
15 soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?
    Camisas corté,
y ante todas cosas,
de mil mariposas
20 las faldas labré;
si mal hecho fue,
la aguja lo ha hecho,
cuyo ojo es estrecho
para seda floja,
25 y dame congoja
que el lienzo se estraga.
Si en todo lo qu’hago
soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?
30     Presentome quien
mis gustos regula,
con higos de Mula,
pasas de Lairén;
de Lisboa también
35 cuanto tiene nombre,
y el asno del hombre
rompió de una coz
barros de Estremoz,
conservas de Braga.
40 Si en todo lo qu’hago
soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?
    Salí con trabajo
de mi casa un día,
45 a hora que corría
grande aire de abajo;
el aire me trajo
un papel con porte,
que a un ciego en la corte
50 fue, salvo su honor,
alcoholador,
si no fue bisnaga.
Si en todo lo qu’hago
soy desgraciada,
55 ¿qué quiere qu‘haga?
    Corriendo inquïeta,
un día caí;
con el ojo di
en parte secreta;
60 olí cual mosqueta,
aunque no tan bien,
regada de quien
mis servicios niega,
y a la flor que riega
65 mil servicios paga.
Si en todo lo qu’hago
soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?
    Aire creo que es
70 con flaqueza extraña
quien me ha hecho caña,
y flauta después;
órgano con pies,
que, sin saber dónde,
75 organista esconde,
fuelle y follador,
del papa al pastor
es bien satisfaga.
Si en lodo lo qu’hago
80 soy desgraciada,
¿qué quiere qu’haga?

56 §

    Entre los sueltos caballos
de los vencidos cenetes,
que por el campo buscaban
entre la sangre lo verde,
5     aquel español de Orán
un suelto caballo prende,
por sus relinchos, lozano,
y por sus cernejas, fuerte,
    para que lo lleve a él
10 y a un moro captivo lleve,
un moro que ha captivado,
capitán de cien jinetes.
    En el ligero caballo
suben ambos, y él parece,
15 de cuatro espuelas herido,
que cuatro alas lo mueven.
    Triste camina el alarbe
y, lo más bajo que puede,
ardientes suspiros lanza
20 y amargas lágrimas vierte.
    Admirado el español
de ver, cada vez que vuelve,
que tan tiernamente llore
quien tan duramente hiere,
25     con razones, le pregunta,
comedidas y corteses,
de sus suspiros la causa,
si la causa lo consiente.
    El captivo, como tal,
30 sin excusas le obedece,
y a su piadosa demanda
satisface desta suerte:
    «Valiente eres, capitán,
y cortés como valiente,
35 por tu espada y por tu trato
me has captivado dos veces.
    Preguntado me has la causa
de mis suspiros ardientes,
y débote la respuesta
40 por quien soy y por quien eres:
    en los Gelves nací, el año
que os perdistes en los Gelves,
de una berberisca noble
y de un turco matasiete;
45     en Tremecén me crié
con mi madre y mis parientes,
después que perdí a mi padre,
cosario de tres bajeles.
    Junto a mi casa vivía,
50 por que más cerca muriese,
una dama del linaje
de los nobles melioneses,
    extremo de las hermosas
cuando no de las crüeles,
55 hija, al fin, de estas arenas
engendradoras de sierpes.
    Cada vez que la miraba
salía un sol por su frente,
de tantos rayos ceñido
60 cuantos cabellos contiene.
    Juntos así nos crïamos,
y Amor, en nuestras niñeces,
hirió nuestros corazones
con arpones diferentes:
65     labró el oro en mis entrañas
dulces lazos, tiernas redes,
mientras el plomo, en las suyas,
libertades y desdenes.
    Apenas vide trocada
70 la dureza desta suerte,
cuando tú me captivaste:
mira si es bien que lamente».

57 §

    Crïábase el Albanés
en la corte de Amurates5,
no como prendas captivas
en rehenes de su padre,
5     sino como se crïara
el mayor de los sultanes,
del Gran Señor, regalado,
querido de los bajaes,
    mancebo de altos principios
10 y de pensamientos graves,
de esperanzas vinculadas
con su generosa sangre,
    gran capitán en las guerras,
gran cortesano en las paces,
15 de los soldados escudo,
espejo de los galanes.
    Recién venido era entonces
de vencer, y de ganalles
al Húngaro dos banderas,
20 y al Sofí cuatro estandartes.
    Mas ¿qué aprovecha domar
invencibles capitanes
y contraponer el pecho
a mil peligros mortales,
25     si un niño ciego lo vence,
no más armado que en carnes,
y en el corazón le deja
dos arpones penetrantes?
    Dos penetrantes arpones,
30 que son los ojos süaves
de las dos más bellas turcas
que tiene todo el Levante;
    que no hay turquesas tan finas
que a sus ojos se comparen,
35 discretas en todo extremo
y de gracias singulares.
    No lo defendió el escudo,
hecho de finos diamantes,
porque el amoroso fuego
40 es al rayo semejante,
    que el duro hierro en sus manos
lo disminuye y deshace:
no para en el hierro Amor,
que, sin errar tiro, sabe
45     poner en el alma el hierro,
y en la cara las señales.
Fue tan desdichado en paz,
cuanto, en la guerra, triunfante,
    rendido, en paz, de mujeres,
50 siendo en guerra un fiero Marte;
bien conoció su valor
Amor, pues para enlazalle
    (por tener sujeto, Amor,
al que sujetó al dios Marte),
55 un lazo vio que era poco,
y quiso con dos vendalle.6

58 §

    «Ensíllenme el asno rucio
del alcalde Antón Llorente,
denme el tapador de corcho
y el gabán de paño verde,
5     el lanzón en cuyo hierro
se han orinado los meses,
el casco de calabaza
y el vizcaíno machete,
    y para mi caperuza
10 las plumas del tordo denme,
que por ser Martín el tordo
servirán de martinetes:
    pondrele el orillo azul
que me dio para ponelle
15 Teresa la del Villar,
hija de Pascual Vicente;
    y aquella patena en cuadro,
donde de latón se ofrecen
la madre del virotero
20 y aquel dios que calza arneses,
    tan en pelota y tan juntos,
que en nudos ciegos los tienen
al uno, redes y brazos,
y al otro, brazos y redes,
25     cuyas figuras en torno
acompañan y guarnecen
ramos de nogal y espigas,
y por letra, pan y nueces».
    Esto decía Galayo
30 antes que al Tajo partiese,
aquel yegüero llorón,
aquel jumental jinete,
    natural de do nació,
de yegüeros descendiente,
35 hombres que se proveen ellos,
sin que los provean los reyes.
    Trajéronle la patena,
y suspirando mil veces,
del dios garañón miraba
40 la dulce Francia y la suerte.
    Piensa que será Teresa
la que descubren y prenden
agudos rayos de invidia,
y de celos nudos fuertes:
45     «Teresa de mis entrañas,
no te gazmies ni ajaqueques,
que no faltarán zarazas
para los perros que muerden;
    aunque es largo mi negocio,
50 mi vuelta será muy breve,
el día de san Ciruelo
o la semana sin viernes.
    No te parezcas a Venus,
ya que en beldad le pareces,
55 en hacer de tantos huevos
tantas frutas de sartenes.
    Cuando sola te imagines,
para que de mí te acuerdes,
ponle a un pantuflo aguileño
60 un reverendo bonete.
    Si creciere la tristeza,
una lonja cortar puedes
de un jamón, que bien sabrá
tornarte de triste alegre;
65     ¡oh cómo sabe una lonja,
más que todos cuantos leen,
y rabos de puercos, más
que lenguas de bachilleres!
    Mira, amiga, tu pantuflo,
70 porque verás, si lo vieres,
que se parece a mi cara
como una leche a otra leche;
    acuérdate de mis ojos,
que están, cuando estoy ausente,
75 encima de la nariz
y debajo de la frente».
    En esto, llegó Bandurrio
diciéndole que se apreste,
que para sesenta leguas
80 le faltan tres veces veinte.
    A dar, pues, se parte el bobo
estocadas y reveses
y tajos orilla el Tajo,
en mil hermosos broqueles.

59 §

    Escuchadme un rato atentos,
cudiciosos noveleros,
pagadme destas verdades
los portes, en el silencio;
5     del nuevo mundo os diré
las cosas que me escribieron,
en las zabras que allegaron,
cuatro amigos chichumecos:
    dicen que es allá la tierra
10 (lo que por acá es el suelo)
muy abundante de minas
porque lo es de conejos;
    que andaban, los naturales,
desnudos por los desiertos,
15 pero que ya andan vestidos,
si no es el que se anda en cueros;
    que comían carne cruda,
pero que ya en este tiempo
la cuecen y asan todos,
20 si no es el mujeriego;
    que no hay zorras, en ayunas,
y que hay monas, en bebiendo,
y que hay micos que preguntan:
«¿Véseme el rabo de lejos?»;
25     que hay unos gamos abades,
y unos bien casados ciervos,
según picos de bonetes,
y garcetas de sombreros;
    que hay unos fieros leones,
30 digo fieros, por sus fieros,
que son leones de piedra
desatados en sus hechos;
    que hay unas hermosas grullas,
que darán por vos el sueño
35 si les ocupáis las manos
con un diamante de precio;
    que hay también unas cigüeñas
que anidan en monasterios,
largas, por eso, de pico,
40 y de honrar torres de viento;
    que hay unas bellas picazas
vestidas de blanco y negro
cuya música es palabras
y cuyo manjar es necios;
45     que hay unas gatas que logran
lo mejor de sus eneros
con gatos de refitorios
y con gatos de dineros;
    que hay unas tigres que dan,
50 con manos de vara, y menos,
tal bofetón a una bolsa,
que escupe las muelas luego;
    que andan unos avestruces
que saben digerir yerros
55 de hijas y de mujeres:
¡oh qué estómagos tan buenos!;
    que hay unas vides que abrazan
unos ricos olmos viejos
por que sustenten sus ramas
60 sus cudiciosos sarmientos;
    que hay en aquellas dehesas
un toro... Mas luego vuelvo,
y quédese mi palabra
empeñada en el silencio.

1586 §

60

En una enfermedad de don Antonio de Pazos, obispo de Córdoba §

    Deste más que la nieve blanco toro,
robusto honor de la vacada mía,
y destas aves dos, que al nuevo día
saludaban ayer con dulce lloro,
5     a ti, el más rubio dios del alto coro,
de sus entrañas hago ofrenda pía,
sobre este fuego, que vencido envía
su humo al ámbar y su llama al oro,
    por que a tanta salud sea reducido
10 el nuestro sacro y docto pastor rico,
que aun los que por nacer están le vean,
    ya que de tres coronas no ceñido,
al menos mayoral del Tajo, y sean
grana el gabán, armiños el pellico.

61 §

    Levantando blanca espuma,
galeras de Barbarroja
ligeras le daban caza
a una pobre galeota
5     en que alegre el mar surcaba
un mallorquín con su esposa,
dulcísima valenciana
bien nacida, si hermosa.
    Del Amor agradecido,
10 se la llevaba a Mallorca,
tanto a celebrar las pascuas
cuanto a festejar las bodas.
    Y cuando a los sordos remos
más se humillaban las olas,
15 más se ajustaba a la vela
el blando viento que sopla,
    espïándola detrás
de una punta insidïosa
estaba el fiero terror
20 de las playas españolas;
    sobresaltola en el punto
que por una parte y otra
sus cuatro enemigos leños
tristemente la coronan.
25     Crece en ellos la cudicia
y en estotros la congoja,
mientras se queja la dama,
derramando tierno aljófar:
    «Favorable, cortés viento,
30 si eres el galán de Flora,
válgasme en este peligro
por el regalo que gozas.
    Tú, que, embravecido, puedes,
los bajeles que te enojan,
35 embestillos en la arena
con más daño que en las rocas;
    tú, que con la misma fuerza
cuando al humilde perdonas
sueles de armadas reales
40 escapar barquillas rotas:
    salga esta vela a lo menos
de estas manos rigurosas,
cual de garras de halcón
blancas alas de paloma».

62

A la ciudad de Granada, estando en ella §

    Ilustre ciudad famosa,
infïel un tiempo, madre
de Cegríes y Gomeles,
de Muzas y Redüanes,
5     a quien dos famosos ríos,
con sus húmidos caudales,
el uno baña los muros
y el otro purga las calles;
    ciudad, a pesar del tiempo,
10 tan populosa y tan grande,
que de tus rüinas solas
se honraran otras ciudades:
    de mi patria me trujiste,
y no a dar memorïales
15 de mi pleito a tus oidores,
de mi culpa a tus alcaldes,
    sino a ver de tus murallas
los soberbios homenajes,
tan altos, que casi quieren
20 hurtalle el oficio a Atlante;
    y a ver de la fuerte Alhambra
los edificios reales,
en dos cuartos, divididos,
de Leones y Comares,
25     do están las salas manchadas
de la mal vertida sangre
de los no menos valientes
que gallardos Bencerrajes,
    y las cuadras espaciosas
30 do las damas y galanes
ocupaban a sus reyes
con sus zambras y sus bailes;
    y a ver sus hermosas fuentes
y sus profundos estanques,
35 que, los veranos, son leche
y, los inviernos, cristales;
    y su Cuarto de las Frutas,
fresco, vistoso y notable,
injuria de los pinceles
40 de Apeles y de Timantes,
    donde tan bien las fingidas
imitan las naturales,
que no hay hombre a quien no burlen
ni pájaro a quien no engañen;
45     y a ver sus secretos baños,
do las aguas se reparten
a las, sostenidas, pilas
de alabastro, en pedestales,
    do con sus damas la reina,
50 bañándose algunas tardes,
competían en blancura
las espumas con sus carnes;
    y de tu Chancillería
a ver los seis tribunales,
55 donde cada dosel cubre
tres o cuatro majestades;
    y a ver su real portada,
labrada de piedras tales,
que fuera menos costosa
60 de rubíes y diamantes,
    para cuyo noble intento,
por que más presto se acabe,
se echan a culpas de cera
condenaciones de jaspe;
65     y a ver tu sagrado templo,
donde es vencida en mil partes,
de la labor, la materia,
Naturaleza, del arte,
    de cuya fábrica ilustre
70 lo que es piedra injuria hace
al fino oro que perfila
sus molduras y follajes
    (de claraboyas ceñido
por do los rayos solares
75 entran a adorar a quien
les da la lumbre que valen;
    cuyo cuerpo aun no formado
nos promete en sus señales
más fama que los que Roma
80 edificó a sus deidades,
    y que aquel, cuyas cenizas
en nuestras memorias arden,
de aquella, a quien por su mal
vio el que mataron sus canes),
85     y al de Salomón, aunque eran
sus piedras rubios metales,
marfil y cedro, sus puertas,
plata fina, sus umbrales;
    y a ver su hermosa torre,
90 cuyas campanas süaves,
del aire, con su armonía,
ocupan las raridades,
    tan perfecta, aun no acabada,
que no solo los que saben
95 más del arte dicen que es
obra de arquitecto grande,
    mas del pórfido lo bello,
lo hermoso del filabre,
aunque con lenguas de piedra,
100 loan al maestro sage;
    y a ver tu real capilla,
en cuyo túmulo yace
con su cristiana Belona
aquel católico Marte,
105     a cuyos gloriosos cuerpos,
aunque muertos, inmortales,
por reliquias de valor
España les debe altares;
    y a ver tu fértil escuela
110 de Bártulos y de Abades,
de Galenos y Avicenas,
de Scotos y de Tomases;
    y a ver tu Colegio insigne
(tanto, que puede igualarse
115 a los que el agua del Tormes
beben, y la de Henares),
    cuyas becas rojas vemos
poblar universidades,
plazas de audiencias, y sillas
120 de iglesias mil catedrales;
    y a ver el templo y la casa
de los jerónimos frailes,
donde está el mármol que sella
al gran Gonzalo Fernández,
125     digo, los heroicos huesos
de aquel sol de capitanes
a quien mi patria le dio
el apellido y los padres,
    cuyas armas siempre fueron,
130 aunque abolladas, triunfantes
de los franceses estoques
y de los turcos alfanjes,
    de que dan gloriosas señas
las banderas y estandartes,
135 los yelmos y los escudos,
tablachines y turbantes
    de los jenízaros fieros
y de los bárbaros traces,
de los segundos Reinaldos
140 y de los nuevos Roldanes,
    que a solo honrar su sepulcro
de trofeos militares,
unos rompieron el mar,
y otros bajaron los Alpes;
145     y a ver tu Albaicín, castigo
de rebeldes voluntades,
cuerpo vivo en otro tiempo,
ya lastimoso cadáver;
    y a ver tu apacible vega,
150 donde combatieron antes
nuestros cristianos maestres
con tus paganos alcaides;
    y a ver tu Generalife,
aquel retrato admirable
155 del terreno deleitoso
de nuestros primeros padres,
    do el ingenio de los hombres,
de murtas y de arrayanes
ha hecho a Naturaleza
160 dos mil vistosos ultrajes,
    donde se ven tan al vivo
de brótano tantas naves,
que dirán, si no se mueven,
que es por faltarles el aire;
165     y a ver los cármenes frescos
que al Darro cenefa hacen
de aguas, plantas y edificios,
formando un lienzo de Flandes
    (do el céfiro al blanco chopo
170 mueve con soplo agradable
las hojas de argentería,
y las de esmeralda al sauce),
    donde hay de árboles tal greña,
que parecen, los frutales,
175 o que se prestan las frutas
o que se dan dulces paces;
    y del verde Dinadámar
a ver los manantïales,
a quien las plantas cobijan
180 por que los troncos les bañen,
    entre cuyos verdes ramos
juntas, las diversas aves
a cuatro y a cinco voces
cantan motetes süaves;
185     y al Jaragüí, donde espiran
dulce olor los frescos valles,
las primaveras, de gloria,
los otoños, de azahares,
    cuyo suelo viste Flora
190 de tapetes de Levante
sobre quien vierte el abril
esmeraldas y balajes;
    y a ver de tus bellas damas
los bellos rostros, iguales
195 a los que en sus hierarquías
las doradas plumas baten,
    por quien, nevado Genil,
es muy justo que te alabes
que excedes al sacro Ibero
200 y al rubio Tajo deshaces,
    pues en tus nobles orillas
milagros de beldad nacen,
invidia de otras riberas,
eclipsi de otras beldades,
205     tan gallardas sobre bellas,
que no han visto, las edades,
ni mantos de mayor brío
ni mirar de más donaire;
    tan discretas de razones
210 y tan dulces de lenguaje,
que dirás que entre sus perlas
distila Amor sus panales.
    Estas son, ciudad famosa,
las que del Duero al Hidaspe
215 te dan el honor y el lustre
que al oro dan los esmaltes.
    En tu seno ya me tienes,
con un deseo insaciable
de que alimenten mis ojos,
220 tus muchas curiosidades,
    dignas de que por gozallas
no solo se desamparen
las comarcanas del Betis,
mas las riberas del Ganges,
225     y que se pasen por verlas
no solo dudosos mares,
mas las nieves de la Escitia,
de Libia los arenales;
    pues eres, Granada ilustre,
230 granada de personajes,
granada de serafines,
granada de antigüedades,
    y al fin, la mayor de cuantas
hoy con el tiempo combaten,
235 y que mira, en cuanto alumbra,
el rubio amador de Dafnes.

63 7 §

    Triste pisa, y afligido,
las arenas de Pisuerga
el ausente de su dama,
el desdichado Zulema,
5     moro alcaide y no vellido,
amador con ajaqueca,
arrocinado de cara
y carigordo de piernas.
    No lleva por la marlota
10 bordada cifra, ni empresa
en el campo de la adarga,
ni, en la banderilla, letra,
    porque es, el moro, idïota,
y no ha tenido poeta
15 de los sastres de este tiempo,
cuyas plumas son tiseras8.
    Los ojos tiene en el río,
cuyas ondas se lo llevan,
y él, envueltas en las ondas,
20 lleva sus lágrimas tiernas.
    Tanto llora el hideputa
que, si el año de la seca
llorara en dos hazas mías,
acudiera a diez hanegas.
25     Los espacios que no llora
de memorias se alimenta,
porque le dan, las memorias,
lo que los ojos le niegan.
    Piensos se da, de memorias,
30 rumiando glorias y penas,
como rábanos mi mula,
y una mona, berenjenas.
    Contempla luego en Balaja,
la cual, mientras la contempla,
35 olas de imaginación
o se la traen o la llevan,
    y ella se está merendando
duraznicos en su huerta,
y tirándole los cuescos
40 al que tal pasa por ella.
    Ojos claros, cejas rubias,
al vivo, se le presentan,
lanzando rayos los ojos,
y flechas de amor, las cejas.
45     El moro, contemplativo,
a los de su dama vuela,
como, a los ojos del búho,
cernícalos de uñas prietas.
    «Ay, mora bella —le dice—,
50 no menos dulce que bella:
no estraguen tu condición
las condiciones de ausencia».
    «—Ay, moro, más gemidor
que el eje de una carreta:
55 pues no soy tu mora yo,
no me quiebres la cabeza».
    «—Recibe allá este suspiro
y este llanto de esta tierra,
donde el rey me ha desterrado,
60 y mis cuidados me entierran».
    «—Llore alto, moro amigo,
suspire recio y con fuerza,
que han de andar, llanto y suspiro,
más de noventa y seis leguas».
65     En esto, ya salteado
de una varonil vergüenza,
a lavar el tierno rostro,
de su caballo se apea;
    también se apea, el galán,
70 porque quiere en el arena
sembrar perejil guisado
para vuestras reverencias.

1587 §

64 §

    Servía en Orán al rey
un español, con dos lanzas,
y, con el alma y la vida,
a una gallarda africana,
5     tan noble como hermosa,
tan amante como amada,
con quien estaba una noche,
cuando tocaron al arma:
    trecientos cenetes eran
10 de este rebato la causa,
que los rayos de la luna
descubrieron sus adargas;
    las adargas avisaron
a las mudas atalayas,
15 las atalayas, los fuegos,
los fuegos, a las campanas,
    y ellas, al enamorado,
que, en los brazos de su dama,
oyó el militar estruendo
20 de las trompas y las cajas.
    Espuelas de honor lo pican
y freno de amor lo para:
no salir es cobardía,
ingratidud es dejalla.
25     Del cuello pendiente ella,
viéndole tomar la espada,
con lágrimas y suspiros
le dice aquestas palabras:
    «Salid al campo, señor,
30 bañen mis ojos la cama,
que ella me será también,
sin vos, campo de batalla;
    vestíos y salid apriesa,
que el general os aguarda:
35 yo os hago a vos mucha sobra,
y vos a él, mucha falta.
    Bien podéis salir desnudo,
pues mi llanto no os ablanda,
que tenéis de acero el pecho,
40 y no habéis menester armas».
    Viendo el español brïoso
cuánto le detiene y habla,
le dice así: «Mi señora,
tan dulce como enojada...»

65 §

    Hanme dicho, hermanas,
que tenéis cosquillas
de ver al que hizo
a Hermana Marica;
5     por que no mováis,
él mismo os envía
de su misma mano
su persona misma,
    digo, su aguileña
10 filomocosía
(ya que no pintada,
al menos, escrita),
    y su condición,
que es tan peregrina
15 como cuantas vienen
de Francia a Galicia.
    Cuanto a lo primero,
es, su señoría,
un bendito zote
20 de muy buena vida,
    que come a las diez
y cena de día,
que duerme en mollido
y bebe con guindas;
25     en los años, mozo,
viejo, en las desdichas,
abierto de sienes,
cerrado de encías;
    no es grande de cuerpo,
30 pero bien podría
de cualquier higuera
alcanzaros higas;
    la cabeza al uso,
muy bien repartida,
35 el cogote atrás,
la corona encima,
    la frente espaciosa,
escombrada y limpia,
aunque con rincones,
40 cual plaza de villa;
    las cejas, en arco,
como ballestillas
de sangrar a aquellos
que con el pie firman;
45     los ojos son grandes,
y mayor, la vista,
pues conoce un galgo
entre cien gallinas;
    la nariz es corva,
50 tal, que bien podría
servir de alquitara
en una botica;
    la boca no es buena,
pero, al mediodía,
55 le da ella más gusto
que la de su ninfa;
    la barba, ni corta
ni mucho crecida,
porque así se ahorran
60 cuellos de camisa;
    fue un tiempo castaña,
pero ya es morcilla:
volveranla penas
en rucia o tordilla;
65     los hombros y espaldas
son tales, que habría,
a ser él san Blas,
para mil reliquias;
    lo demás, señoras,
70 que el manteo cobija,
parte son visiones,
parte, maravillas;
    sé decir, al menos,
que en sus niñerías
75 ni pide a vecinos
ni falta a vecinas.
    De su condición
deciros podría,
como quien la tiene
80 tan reconocida,
    que es, el mozo, alegre,
aunque su alegría
paga mil pensiones
a la melarquía;
85     es de tal humor,
que en salud se cría
muy sano, aunque no
de los de Castilla.
    Es mancebo rico
90 desde las mantillas,
pues tiene (demás
de una sacristía)
    barcos en la sierra
y, en el río, viñas,
95 molinos de aceite
que hacen harina,
    un jardín de flores
y una muy gran silva
de varia lección,
100 adonde se crían
    árboles que llevan,
después de vendimias,
a poder de estiércol
pasas de lejía.
105     Es enamorado
tan en demasía,
que es un mazacote,
que diga, un Macías,
    aunque no se muere
110 por aquestas niñas
que quieren con presa
y piden con pinta:
    dales un botín,
dos octavas rimas,
115 tres sortijas negras,
cuatro clavellinas;
    y a las damiselas
más graves y ricas,
costosos regalos,
120 joyas peregrinas,
    porque para ellas
trae cuanto de Indias
guardan en sus senos
Lisboa y Sevilla:
125     tráeles de las huertas
regalos de Lima,
y de los arroyos,
joyas de la China.
    Tampoco es amigo
130 de andar por esquinas
vestido de acero
como de palmilla,
    porque para él
de la Ave María
135 al cuarto de la alba
anda la estantigua.
    Y porque a su abuela
oyó que tenían,
los de su linaje,
140 no más que una vida,
    así desde entonces
la conserva y mira
mejor que oro en paño
o pera en almíbar.
145     No es de los curiosos
a quien califican
papeles de nuevas
de estado o milicia,
    porque son (y es cierto,
150 que el Bernia lo afirma)
hermanas de leche
nuevas y mentiras.
    No se le da un bledo
que el otro le escriba,
155 o dosel lo cubra
o adórnelo mitra;
    no le quita el sueño
que de la Turquía
mil leños esconda
160 el mar de Sicilia,
    ni que el Inglés baje
hacia nuestras islas,
después que ha subido
en la que lo envía.
165     Es su reverencia
un gran canonista,
porque en Salamanca
oyó Teología,
    sin perder mañana
170 su lección de prima,
y al anochecer,
lección de sobrina;
    y así es desde entonces
persona entendida,
175 si a su oído tañen
una chirimía.
    De las demás lenguas
es gran humanista,
señor de la griega
180 como de la escita;
    tiene por más suya
la lengua latina,
que los alemanes
la persa o la egipcia;
185     habla la toscana
con tal policía,
que quien lo oye dice
que nació en Coímbra;
    y en la portuguesa
190 es tal, que dirían
que mamó en Logroño
leche de borricas.
    De la Cosmográfia
pasó pocas millas,
195 aunque oyó al Infante
las siete partidas;
    y así, entiende el mapa
y de sus medidas
lo que el mapa entiende
200 del mal de la orina.
    Sabe que en los Alpes
es, la nieve, fría,
y caliente, el fuego
en las Filipinas;
205     que nació, Zamora,
del Duero en la orilla,
y que es natural,
Burgos, de Castilla;
    que desde la Mancha
210 llegan a Medina
más tarde los hombres
que las golondrinas.
    Es hombre que gasta
en Astrología
215 toda su pobreza
con su picardía:
    tiene su astrolabio
con sus baratijas,
su compás y globos
220 que pesan diez libras;
    conoce muy bien
las siete Cabrillas,
la Bocina, el Carro
y las tres Marías.
225     Sabe alzar figura
si halla por dicha
o rey o caballo
o sota caída.
    Es fiero poeta,
230 si lo hay en la Libia,
y cuando lo toma
su mal de poesía,
    hace verso suelto
con Alejandría,
235 y con algarrobas
hace redondillas;
    compone romances
que cantan y estiman
los que cardan paños
240 y ovejas desquilan,
    y hace canciones
para su enemiga,
que de todo el mundo
son bien recibidas,
245     pues en sus rebatos
todo el mundo limpia
con ellas de ingleses
a Fuenterrabía.
    Finalmente, él es,
250 señorazas mías,
el que dos mil veces
os pide y suplica
    que con los gorrones
de las plumas rizas
255 os hagáis gorronas
y os mostréis harpías,
    que no sepultéis
el gusto en capillas,
y que a los bonetes
260 queráis las bonitas.

1588 §

66

Del marqués de Santa Cruz §

    No en bronces, que caducan, mortal mano,
oh católico sol de los Bazanes
que ya entre glorïosos capitanes
eres deidad armada, Marte humano,
5     esculpirá tus hechos, sino en vano,
cuando descubrir quiera tus afanes,
y los bien reportados tafetanes
del Turco, del Inglés, del Lusitano.
    El un mar, de tus velas coronado,
10 de tus remos, el otro, encanecido,
tablas serán de cosas tan extrañas.
    De la inmortalidad el no cansado
pincel las logre, y sean tus hazañas
alma del tiempo, espada del olvido.

67

A don Luis de Vargas §

    Tú, cuyo ilustre (entre una y otra almena
de la imperial ciudad) patrio edificio
al Tajo mira en su húmido ejercicio
pintar los campos y dorar la arena9:
5     descuelga de aquel lauro enhorabuena
aquellas dos, ya mudas en su oficio,
reliquias dulces del gentil Salicio10,
heroica lira, pastoral avena.
    Llégalas, oh clarísimo mancebo,
10 al docto pecho, a la süave boca,
poniendo ley al mar, freno a los vientos;
    sucede en todo al castellano Febo,
que ahora es gloria mucha y tierra poca,
en patria, en profesión, en instrumentos.

68 §

    Por niñear, un picarillo tierno
hurón de faltriqueras, sutil caza,
a la cola de un perro ató por maza
(con perdón de los clérigos) un cuerno.
5     El triste perrinchón, en el gobierno
de una tan gran carroza, se embaraza;
grítale el pueblo, haciendo de la plaza,
si allá se alegran, un alegre infierno.
    Llegó en esto una viuda mesurada,
10 que entre los signos, ya que no en la gloria,
tiene a su esposo, y dijo: «Es gran bajeza
    que un gozque arrastre así una ejecutoria
que ha obedecido tanta gente honrada
y se la ha puesto sobre su cabeza».

69 §

    Grandes, más que elefantes y que abadas,
títulos liberales como rocas,
gentileshombres, solo de sus bocas,
illustri cavaglier, llaves doradas;
5     hábitos, capas, digo, remendadas,
damas de haz y envés, viudas sin tocas,
carrozas de ocho bestias, y aun son pocas
con las que tiran y que son tiradas;
    catarriberas, ánimas en pena,
10 con Bártulos y Abades la milicia,
y los derechos, con espada y daga;
    casas y pechos, todo a la malicia,
lodos con perejil y hierbabuena:
esto es la corte; buena pro les haga.

70

A la tela de justar de Madrid11 §

    —Téngoos, señora Tela, gran mancilla.
—Dios la tenga de vos, señor soldado.
—¿Cómo estáis acá afuera? —Hoy me han echado,
por vagabunda, fuera de la villa.
5     —¿Dónde están los galanes de Castilla?
—¿Dónde pueden estar, sino en el Prado?
—Muchas lanzas habrán en vos quebrado.
—Más respeto me tienen: ni una astilla.
    —Pues ¿qué hacéis ahí? —Lo que esa puente,
10 puente de anillo, tela de cedazo:
desear hombres, como ríos ella,
    hombres de duro pecho y fuerte brazo.
—Adiós, Tela, que sois muy maldiciente,
y esas no son palabras de doncella.

71 §

    Duélete de esa puente, Manzanares;
mira que dice por ahí la gente
que no eres río para media puente,
y que ella es puente para muchos mares.
5     Hoy, arrogante, te ha brotado a pares
húmedas crestas tu soberbia frente,
y ayer me dijo humilde tu corriente
que eran en marzo los caniculares.
    Por el alma de aquel que ha pretendido
10 con cuatro onzas de agua de chicoria
purgar la villa y darte lo purgado,
    me di, ¿cómo has menguado y has crecido,
cómo ayer te vi en pena, y hoy en gloria?
–Bebiome un asno ayer, y hoy me ha meado.

72

De la armada que fue a Inglaterra §

Levanta, España, tu famosa diestra
desde el francés Pirene al moro Atlante,
y al ronco son de trompas belicosas
haz, envuelta en durísimo diamante,
5 de tus valientes hijos feroz muestra
debajo de tus señas victoriosas;
tal, que las flacamente poderosas
fieras naciones, contra tu fe armadas,
al claro resplandor de tus espadas
10 y a la de tus arneses fiera lumbre,
    con mortal pesadumbre
    ojos y espaldas vuelvan
y, como al sol las nieblas, se resuelvan,
o, cual la blanda cera desatados
15 a los dorados luminosos fuegos
    de los yelmos grabados,
queden, como de fe, de vista ciegos.
Tú, que con celo pío y noble saña
el seno undoso al húmido Neptuno
20 de selvas inquïetas has poblado,
y cuantos en tus reinos uno a uno
empuñan lanza contra la Bretaña,
sin perdonar al tiempo, has envïado
en número de todo tan sobrado,
25 que a tanto leño el húmido elemento,
y a tanta vela, es poco todo el viento,
fía que en sangre del inglés pirata
    teñirá de escarlata
    su color verde y cano
30 el rico de rüinas oceano;
y aunque de lejos con rigor traídas,
ilustrará tus playas y tus puertos
    de banderas rompidas,
de naves destrozadas, de hombres muertos.
35 Oh ya isla católica y potente
templo de fe, ya templo de herejía,
campo de Marte, escuela de Minerva,
digna de que las sienes que algún día
ornó corona real de oro luciente
40 ciña guirnalda vil de estéril hierba,
madre dichosa y obediente sierva
de Arturos, de Eduardos y de Enricos,
ricos de fortaleza, y de fe ricos;
ahora condenada a infamia eterna
45     por la que te gobierna
    con la mano ocupada,
del huso en vez, del cetro y de la espada;
mujer de muchos, y de muchos nuera,
oh reina torpe, reina no, mas loba
50     libidinosa y fiera,
fiamma dal ciel su le tue trezze piova!
Tú, en tanto, mira allá los otomanos,
las jonias aguas que el Sicano bebe,
sembrar de armados árboles y entenas,
55 y con tirano orgullo en tiempo breve,
domando cuellos y ligando manos,
y sus remos hiriendo las arenas,
despoblar islas y poblar cadenas.
Mas cuando su arrogancia y nuestro ultraje
60 no encienda en ti un católico coraje,
mira, si con la vista tanto vuelas,
    entre hinchadas velas
    el soberbio estandarte
que a los cristianos ojos, no sin arte,
65 como en desprecio de la Cruz sagrada,
más desenvuelve, mientras más tremola,
    entre lunas bordada
del caballo feroz la crespa cola.
Fija los ojos en las blancas lunas,
70 y advierte bien, en tanto que tú esperas
gloria naval de las britanas lides,
no se calen rayendo tus riberas,
y pierdan el respeto a las colunas,
llaves tuyas y término de Alcides;
75 mas si con la importancia el tiempo mides,
enarbola, oh gran madre, tus banderas,
arma tus hijos, vara tus galeras,
y sobre los castillos y leones
    que ilustran tus pendones,
80     levanta aquel león fiero
del tribu de Judá, que honró el madero;
que él hará que tus brazos esforzados
llenen el mar de bárbaros nadantes
    que entreguen anegados
85 al fondo el cuerpo, al agua los turbantes.
Canción, pues que ya aspira
a trompa militar mi tosca lira,
después me oirán, si Febo no me engaña,
el Carro helado y la abrasada Zona
90     cantar de nuestra España
las armas, los trïunfos, la corona.

73 §

    Ahora que estoy de espacio
cantar quiero en mi bandurria
lo que en más grave instrumento
cantara, mas no me escuchan.
5     Arrímense ya las veras
y celébrense las burlas,
pues da el mundo en niñerías,
al fin, como quien caduca.
    Libre un tiempo, y descuidado,
10 Amor, de tus garatusas,
en el coro de mi aldea
cantaba mis aleluyas.
    Con mi perro y mi hurón,
y mis calzas de gamuza,
15 por ser recias para el campo
y por guardar las velludas,
    fatigaba el verde suelo,
donde mil arroyos cruzan
como sierpes de cristal
20 entre la hierba menuda,
    ya cantando orilla el agua,
ya cazando en la espesura,
del modo que se ofrecían
los conejos, o las musas.
25     Volvía de noche a casa,
dormía sueño y soltura,
no me despertaban penas
mientras me dejaban pulgas.
    En la botica otras veces
30 me daba muy buenas zurras,
del triunfo, con el alcalde,
del ajedrez, con el cura.
    Gobernaba de allí el mundo
dándole a soplos ayuda
35 a las católicas velas
que el mar de Bretaña surcan;
    y hecho otro nuevo Alcides,
trasladaba sus columnas
de Gibraltar a Japón,
40 con su segundo Plus Vltra.
    Daba luego vuelta a Flandes,
y de su guerra importuna
atribuía la palma
ya a la fuerza, ya a la industria;
45     y con el beneficiado,
que era doctor por Osuna,
sobre Antonio de Lebrija
tenía cien mil disputas.
    Argüíamos también,
50 metidos en más honduras,
si se podían comer
espárragos sin la bula.
    Veníame por la plaza,
y de paso vez alguna
55 para mí compraba pollos,
para mis vecinas, turmas.
    Comadres me visitaban,
que en el pueblo tenía muchas:
ellas me llamaban padre,
60 y taita, sus criaturas.
    Lavábanme ellas la ropa,
y en las obras de costura
ellas ponían el dedal
y yo ponía la aguja.
65     La vez que se me ofrecía
caminar a Extremadura,
entre las más ricas deIlas
me daban cabalgaduras.
    A todas quería bien,
70 con todas tenía ventura,
porque a todas igualaba
como tijeras de murtas.
    Esta era mi vida, Amor,
antes que las flechas tuyas
75 me hicieran su terrero
y blanco de desventuras.
    Enseñásteme, traidor,
la mañana de san Lucas,
en un rostro como almendras
80 ojos garzos, trenzas rubias:
    tales eran trenzas y ojos
que tengo por muy sin duda
que cayera en tentación
un viejo con estangurria.
85     Desde entonces acá sé
que matas, y que aseguras,
que das en el corazón,
y que a los ojos apuntas.
    Sé que nadie se te escapa,
90 pues cuando más de ti huya,
no hay vara de Inquisición
que así halle al que tú buscas.
    Sé que es, tu guerra, civil,
y sé que es, tu paz, de Judas;
95 que esperas para batalla
y convidas para justa.
    Sé que te armas de diamante
y nos das lanzas de juncia,
y para arneses de vidrio
100 espada de acero empuñas.
    Sé que es la del rey Fineo
tu mesa, y tu cama dura,
potro en que nos das tormento;
tu sueño, sueño de grullas.
105     Sé que para el bien te duermes
y que para el mal madrugas,
que te sirves como grande
y que pagas como mula.
    Perdona, pues, mi bonete,
110 no muestres en él tu furia;
válgame esta vez la Iglesia,
mira que te descomulga.
    Levantas el arco y vuelves
de tus saetas las puntas
115 contra los que sus jüicios
significan bien sus plumas,
    mas con los que ciñen armas
bien callas y disimulas:
de gallina son tus alas,
120 vete para hideputa.

74 §

    Desde Sansueña a París,
dijo un medidor de tierras
que no había un paso más
que de París a Sansueña.
5     Mas, hablando ya en jüicio,
con haber quinientas leguas,
las anduvo en treinta días
la señora Melisendra,
    a las ancas de un polaco
10 como Dios hizo una bestia,
de la cincha allá, frisón,
de la cincha acá, litera.
    Llevábala don Gaiferos,
de quien había sido ella,
15 para lo de Dios, esposa,
para lo de amor, cadena.
    Contemple cualquier cristiano
cuál llevaría la francesa
las que el griego llama nalgas,
20 y el francés, asentaderas.
    Caminaban en verano,
y pasábanlo en las ventas,
los dos nietos de Pepino,
con su abuelo y agua fresca.
25     Desdichado de ti, Pierres,
que en un rocín en soletas
valles y barrancos saltas
y en el campo llano vuelas.
    Con este escudero solo
30 y una espada ginovesa
que se la prestó Roldán
para el robo de su Helena,
    atravesaron a España
cuando más estaba llena
35 de ermitaños de Marruecos,
fray Hamete y fray Zulema.
    Andando, pues, ya pisando
de las faldas pireneas
los ribetes, de Navarra,
40 zurcidos ya con su lengua,
    apeóse don Gaiferos
a hacer que ciertas hierbas
huelan más que los jazmines,
aunque nunca tan bien huelan.
45     Melisendra, melindrosa,
cansada, también se apea
para oír, al señor Pierres,
de París aquestas nuevas:
    «Después que dejaste a Francia,
50 como todo ha sido guerras,
trocaron, los monsïures,
las madamas en banderas12.
    Quedó la corte tan sola
que en la juvenil ausencia
55 valían, veinticinco años,
veinticinco mil de renta.
    Quedaron todas las damas,
de su inclinación, depuestas,
el apetito, con hambre,
60 y los ojos, con dïeta:
    desayunábanse a días,
y cortábanse las flemas
con dos garnachas maduras,
magníficas de Venecia.
65     Venturosa fuiste tú,
que tuviste en esta era
un moro para la brida
y otro para la jineta.
    Don Guarinos el galán,
70 pretendiendo a Berenguela,
vistió un lacayo, y tres pajes,
de una fïada librea;
    fuese rompiendo el vestido,
fuese acercando la deuda,
75 y fue huyendo, la dama,
de su gala y su pobreza.
    Don Godofre el heredado,
hijo de Dardín Dardeña,
desempedrando las calles,
80 los hígados nos empiedra.
    Sirve a doña Blanca Orliens,
y como no hay más que verla,
las gafas es doña Blanca,
y el terrero, doña Negra.
85     Doña Alda, nuestra vecina,
la que Amor prendió a la puerta
del templo de San Dionís,
cada rato pide iglesia;
    fuese a la guerra Tristán,
90 el marido de Lucrecia,
y ella busca otro Tarquino
que le rasque la conciencia.
    Dicen que, cuando escribiste
a tu prima la doncella,
95 Rugero leyó la carta
y otro le quitó la nema;
    y que ella después acá,
la vez que se sangra, deja
que le aprieten bien la cinta,
100 mas no que saquen lanceta.
    Por madama de Valois
se cargaron de rodelas
cuatro o seis caballerotes
como cuatro o seis entenas;
105     veíalos con salud,
veíalos con paciencia,
ni sé cuándo la hablaban
ni cuándo reñían por ella.
    Raimundo con sus tres pajes
110 mil músicas dio a la puerta
de una dama que lo oía
abrazada de un poeta;
    y el socarrón otro día
les enviaba una letra,
115 escondiendo el dulce caso
entre almalafas de seda.
    Hallarás a Flordelís
haciendo, cuando la veas,
de las hermosas de Francia
120 lo que el sol, de las estrellas;
    bonetes la solicitan,
caballeros la pasean,
y ella dicen que da a un paje
lo que a tantos amos niega.
125     Dijo bien Dudón un día,
viendo dalle tantas vueltas:
«–Basta, señores, que andamos
tras la paja muchas bestias».
    En esto llegó Gaiferos
130 atando las agujetas,
y, porque el aire, de abajo,
corría, pican apriesa.

75 §

    Pensó rendir la mozuela
el alférez de mentira,
soldado por cien mil partes
y rompido por las mismas.
5     Pensó que la sujetara
el gavïón de la liga,
y de las terciadas plumas
la crespa volatería;
    y la capa verde obscura,
10 golpeada la capilla
con más inciertos reveses
que una mula (y sea la mía);
    y la saltaembarca azul,
con más corchetes de alquimia
15 que, la noche de San Juan,
saca toda la justicia;
    y los greguescos de seda
aforrados en telilla,
mucho más acuchillados
20 que mulatos en esgrima;
    y la espada en tiros cortos
mal pendiente de la cinta,
por las obras, temerosa,
por las palabras, temida,
25     Pensó con lo dicho el hombre
sujetar la mujercilla,
torciendo rubios bigotes
ayudados de alquitira,
    hablándola con los ojos,
30 pisando de gallardía,
suspirando por la calle
y apuntalando su esquina.
    Camafeo de la moza
ser el necio pretendía,
35 y a la verdad era feo,
aunque cama no tenía;
    pero tenía un rasguño
del bigote para arriba,
que le hizo de merced
40 el padre de las pupilas;
    y aun creo que al otro lado
le hubiera hecho otra firma,
a no tenello ocupado
con no sé qué niñería:
45     con un cierto bofetón
que en la casa de Sevilla
llevó, vencido en la entrada,
con las manos menos limpias.
    Una, pues, alegre noche,
50 que la halló, por su desdicha,
alumbrando con la cara
su calleja sin salida,
    llegándose poco a poco
debajo la ventanilla,
55 como estudiante francés
este salmo le decía:
    «Yo soy de Santo Domingo,
una ciudad de Castilla,
donde, aunque es de la Calzada,
60 hay descalzas hidalguías;
    bien nacido como el sol
gracias a los Chavarrías,
inquieto fui desde niño,
inclinado a la milicia;
65     apenas tenía quince años,
cuando un día a mediodía
dejé mi tierra por Flandes,
sepulcro de nuestras crismas,
    donde padecí peligros
70 tan grandes, que juraría
que no me halló la muerte
por que triunféis de mi vida.
    Cuando en el sitio de Ypres,
estaba yo en Gravelinga
75 con un bravo romadizo
sonando la batería.
    Nunca salí de mi tienda
mientras Anvers padecía,
porque no me acabó un sastre
80 unas calzas amarillas,
    y aun allí, por mi ventura,
no me halló una culebrina
que me pasó por los ojos
poco más de media milla.
85     Otra vez que hubo en Bruxelas
una pendencia reñida,
puse paz desde un terrado,
aunque casi no me oían;
    y aun me acuerdo, por más señas,
90 que todo el mundo decía
que, a ser yo de la pendencia,
me prendiera la justicia.
    Dejé al fin guerras y Flandes,
porque era tierra tan fría
95 y yo, triste, andaba enfermo
de cámaras cada día.
    Como partí de allá pobre,
atravesé a Picardía,
y en un bergantín, el mar,
100 de la Rochela a Galicia.
    Del golfo de estas desgracias,
señora, he llegado a vista
de vuesa merced; Dios quiera
que fuese en su enjuta orilla.
105     Bien le debo a la fortuna
el fin de tantas desdichas;
mas otra fuerza mejor
de todas ellas me libra,
    porque al salir de mi tierra
110 saqué, entre muchas reliquias,
algunas plumas del gallo,
pero más de la gallina.
    Asado vivo por vos,
y quisiera, reina mía,
115 que, ya que habéis sido fuego,
fuérades también parrillas».
    Atenta escuchó la moza
toda la oración prolija,
unas veces con enfado,
120 pero más veces con risa.
    No le respondió palabra,
mas ella y otra su prima
le exprimieron al asado
el zumo de una jeringa.

1589 §

76

De san Lorenzo el real del Escurial §

    Sacros, altos, dorados capiteles,
que a las nubes borráis sus arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles,
y el cielo por gigantes más crüeles.
5     Depón tus rayos, Júpiter, no celes
los tuyos, Sol; de un templo son faroles,
que al mayor mártir de los españoles
erigió el mayor rey de los fïeles,
    religiosa grandeza del monarca
10 cuya diestra real al nuevo mundo
abrevia, y el oriente se le humilla.
    Perdone el tiempo, lisonjee la Parca,
la beldad desta octava maravilla,
los años deste Salomón segundo.

77

Segunda parte de la fábula de los amores de Hero y Leandro, y de sus muertes13 §

    Arrojose el mancebito
al charco de los atunes,
como si fuera el estrecho
poco más de medio azumbre.
5     Ya se va dejando atrás
las pedorreras azules
con que enamoró en Abido
mil mozuelas agridulces.
    Del estrecho la mitad
10 pasaba sin pesadumbre,
los ojos en el candil,
que del fin temblando luce,
    cuando el enemigo cielo
disparó sus arcabuces,
15 se desatacó la noche
y se orinaron las nubes.
    Los vientos desenfrenados
parece que entonces huyen
del odre donde los tuvo
20 el griego de los embustes.
    El fiero mar alterado,
que ya sufrió como yunque
al ejército de Jerjes,
hoy a un mozuelo no sufre.
25     Mas el animoso joven,
con los ojos cuando sube,
con el alma cuando baja,
siempre su norte descubre.
    No hay ninfa de Vesta alguna
30 que así de su fuego cuide
como la dama de Sesto
cuida de guardar su lumbre:
    con las almenas la ampara,
porque ve lo que le cumple,
35 con las manos la defiende
y con las ropas la cubre;
    pero poco le aprovecha,
por más remedios que use,
que el viento con su esperanza
40 y con la llama concluye.
    Ella entonces, derramando
dos mil perlas de ambas luces,
a Venus y a Amor promete
sacrificios y perfumes;
45     pero Amor, como llovía,
y estaba en cueros, no acude,
ni Venus, porque con Marte
está cenando unas ubres.
    El amador, en perdiendo
50 el farol que lo conduce,
menos nada y más trabaja,
más teme y menos presume;
    ya tiene menos vigor,
ya más veces se zabulle,
55 ya ve en el agua la muerte,
ya se acaba, ya se hunde.
    Apenas expiró, cuando,
bien fuera de su costumbre,
cuatro palanquines vientos
60 a la orilla lo sacuden,
    al pie de la amada torre
donde Hero se consume,
no deja estrella en el cielo
que no maldiga y acuse;
65     y viendo el difunto cuerpo,
la vez que se lo descubren
de los relámpagos grandes
las temerosas vislumbres,
    desde la alta torre envía
70 el cuerpo a su amante dulce,
y la alma a donde se queman
pastillas de piedra zufre.
    Apenas del mar salía
el sol a rayar las cumbres,
75 cuando la doncella de Hero,
temiendo el suceso, acude,
    y, viendo hecha pedazos
aquella flor de virtudes,
de cada ojo derrama
80 de lágrimas dos almudes.
    Juntando los mal logrados,
con un punzón de un estuche
hizo que estas tristes letras
una blanca piedra ocupen:
85     Hero somos y Leandro,
no menos necios que ilustres,
en amores y firmezas
al mundo ejemplos comunes.
    El amor, como dos huevos
90 quebrantó nuestras saludes:
él fue pasado por agua,
yo estrellada mi fin tuve.
    Rogamos a nuestros padres
que no se pongan capuces,
95 sino, pues un fin tuvimos,
que una tierra nos sepulte.

1590 §

78

En una fiesta que se hizo en Sevilla a san Hermenegildo §

Hoy es el sacro y venturoso día
en que la gran metrópoli de España,
que no te juró rey, te adora santo;
hoy con devotas ceremonias baña,
5 el blanco clero, el aire en armonía,
los pechos en piedad, la tierra en llanto;
hoy a estos sacros himnos, dulce canto,
ayuda con silencio la nobleza,
haciendo devoción de su riqueza;
10 hoy, pues, aquesta tu latina Escuela
    a la docta abejuela,
no sin devota emulación, imita,
vuela el campo, las flores solicita,
campo de erudición, flor de alabanzas,
15 por honrar sus estudios de ti y dellas,
    en tanto que tú alcanzas
ver a Dios, vestir luz, pisar estrellas.
Hoy la curiosidad de su tesoro
con religiosa vanidad ha hecho
20 extraña ostentación, alta reseña;
hoy cada corazón deja su pecho,
cuál en púrpura envuelto, cuál en oro,
y su valor devotamente enseña.
Quién lo que, con industria no pequeña
25 labró costoso el persa, extraño el china,
rica labor, fatiga peregrina,
alegremente en sus paredes cuelga;
    quién de ilustrarlas huelga
con modernos angélicos pinceles
30 milagrosas injurias del de Apeles,
quién da a la calle y quita a la floresta,
de suerte que los grandes, los menores,
    en tu solemne fiesta
ven pompa, visten oro, pisan flores.
35 Príncipe mártir, cuyas sacras sienes,
aún no impedidas de real corona,
la fiera espada honró del Arrïano;
tú, cuya mano al cetro si perdona,
no a la palma que en ella ahora tienes
40 (digna palma, si bien heroica mano),
pues eres uno ya del soberano
campo glorioso de gloriosas almas,
que ciñen resplandor, que enristran palmas,
do se trïunfa y nunca se combate,
45     mi lengua se desate
en dulces modos, y los aires rompa
a celestial soldado ilustre trompa.
Conozca el Cancro ardiente, el Carro helado,
oh católico sol de vicegodos,
50     la espada que te ha dado
vida a ti, gloria al Betis, luz a todos.
Estas aras que te ha erigido el clero,
y estas, que te cantamos, alabanzas,
juntas con lo que tú en el cielo vales,
55 a Filipo le valgan, el tercero,
en quien de nuestro bien las esperanzas
están, como reliquias en cristales;
logra sus tiernos años, sus reales
pensamientos católicos segunda,
60 tal, que su espada por su Dios confunda
la nueva torre que Babel levanta,
    y, ardiendo en saña santa,
haga que adore en paz quien no lo ha visto
el gran sepulcro que mereció a Cristo;
65 que pues de sus primeros nobles paños
invocó a tu deidad por su abogada,
    es bien que vean sus años
larga paz, feliz cetro, invicta espada.
Y tú, oh gran madre, de tus hijos cara,
70 émula de provincias glorïosa,
en lo que alumbra el sol, la noche ciega,
ciudad más que ninguna populosa,
para quien no tan solo España ara,
y siembra Francia, mas Sicilia siega,
75 no porque el Betis tus campiñas riega
(el Betis, río y rey tan absoluto,
que da leyes al mar, y no tributo),
ni porque ahora escalen su corriente
    velas del occidente,
80 que, más de joyas que de viento llenas,
hacen montes de plata sus arenas,
mas por haber tu suelo humedecido
la sangre deste hijo sin segundo,
    en ti siempre ha tenido
85 la fe escudo, honra España, invidia el mundo.

79 §

    Lloraba la niña
(y tenía razón)
la prolija ausencia
de su ingrato amor.
5     Dejola tan niña
que apenas creo yo
que tenía los años
que ha que la dejó.
    Llorando la ausencia
10 del galán traidor,
la halla la luna
y la deja el sol,
    añadiendo siempre
pasión a pasión,
15 memoria a memoria,
dolor a dolor.
Llorad, corazón,
que tenéis razón.
    Dícele su madre:
20 «Hija, por mi amor,
que se acabe el llanto
o me acabe yo».
    Ella le responde:
«No podrá ser, no;
25 las causas son muchas,
los ojos son dos;
    satisfagan, madre,
tanta sinrazón,
y lágrimas lloren
30 en esta ocasión
    tantas como dellos
un tiempo tiró
flechas amorosas
el arquero dios.
35     Ya no canto, madre,
y si canto yo,
muy tristes endechas
mis canciones son;
    porque el que se fue,
40 con lo que llevó,
se dejó el silencio
y llevó la voz».
Llorad, corazón,
que tenéis razón.

80 §

    Famosos son, en las armas,
los moros de Canastel;
valentísimos son todos,
y más que todos, Hacén,
5     el Roldán de Berbería,
el que se ha hecho temer
en Orán, del Castellano,
y en Ceuta, del Portugués.
    Tan dichoso fuera el moro
10 cuan dichoso podía ser,
si le bastara la adarga
contra una flecha crüel,
    que de un arco de rigor
con un arpón de desdén
15 le despidió Belerifa,
la hija de Alí Muley.
    Atento a sus demasías
en amar y aborrecer,
quiso el niño dios vendado
20 ser testigo y ser jüez:
    miraba al fiero africano
rendido más de una vez
a una esperanza traidora
y a un desengaño fïel,
25     ya rindiendo, a su enemiga,
y entregándole a merced
las llaves del albedrío,
los pendones de la fe;
    mirábalo en los ramblares,
30 ora a caballo, ora a pie,
rendir al fiero animal
de las otras fieras rey,
    y de la real cabeza
y de la espantosa piel
35 ornar de su ingrata mora
la respectada pared;
    mirábalo el más galán
de cuantos África ve
en servicio de las damas
40 vestir morisco alquicel,
    sobre una yegua morcilla,
tan extremo en el correr
que no logran las arenas
las estampas de sus pies,
45     admirablemente ornada
de un bien labrado jaez
(obra, al fin, en todo digna
de artífice cordobés),
    solicitar los balcones
50 donde se anida su bien,
comenzando en armonía
y feneciendo en tropel.
    No le dio al hijo de Venus,
el moro, poco placer,
55 y detestando el rigor
que se usaba contra él,
    miraba a la bella mora
salteada, en su vergel,
de un cuidado que es amor,
60 aunque no sabe quién es;
    ya en el oro del cabello
engastando algún clavel,
ya a las lisonjas del agua
corriendo con vana sed,
65     de pechos sobre un estanque
hace que a ratos estén
bebiendo sus dulces ojos
su hermoso parecer.
    Admiradas sus captivas
70 del cuidado en que la ven,
risueña le dijo una,
y aun maliciosa también:
    «Así quiera Dios, señora,
que alegre yo vuelva a ver
75 las generosas almenas
de los muros de Jerez,
    como esa curiosidad
es cuna, a mi parecer,
de un Amor recién nacido,
80 que volará antes de un mes».
    Sembró de purpúreas rosas,
la vergüenza, aquella tez
que ya fue de blancos lilios,
sin saberla responder.
85     Comenzó, en esto, Cupido
a disparar, y a tender,
la más que mortal saeta,
la más que nudosa red,
    y comenzó Belerifa
90 a hacer contra Amor después
lo que contra el rubio sol
la nieve suele hacer.

81 §

    Frescos airecillos,
que a la primavera
le tejéis guirnaldas
y esparcís violetas,
5     ya que os han tenido
del Tajo en la vega
amorosos hurtos
y agradables penas,
    cuando, del estío
10 en la ardiente fuerza,
álamos os daban
frondosas defensas,
    álamos crecidos,
de hojas inciertas,
15 medias de esmeraldas
y de plata medias,
    de donde a las ninfas,
y a las zagalejas,
del sagrado Tajo,
20 y de sus riberas,
    mil veces llamastes,
y vinieron ellas
a ocupar del río
las verdes cenefas,
25     y vosotros luego,
calándoos apriesa,
con lascivos soplos
y alas lisonjeras
    sueño les trajistes
30 y descuido a vueltas,
que en pago os valieron
mil vistas secretas,
sin tener del velo
    invidia ni queja,
35 ni andar con la falda
luchando por fuerza:
    ahora, pues, aires,
antes que las sierras
coronen sus cumbres
40 de confusas nieblas,
    y que el aquilón
con dura inclemencia
desnude las plantas
y vista la tierra
45     de las secas hojas
que ya fueron tregua
entre el sol ardiente
y la verde hierba,
    y antes que las nieves
50 y el hielo conviertan
en cristal las rocas,
en vidrio las selvas,
    batid vuestras alas,
y dad ya la vuelta
55 al templado seno
que alegre os espera.
    Veréis de camino
una ninfa bella,
que pisa orgullosa
60 del Betis la arena,
    montaraz, gallarda,
temida en la sierra
más por su mirar
que por sus saetas:
65     ahora la halléis
entre la maleza
del fragoso monte
siguiendo las fieras,
    ahora, en el llano
70 con planta ligera
fatigando al corzo
que herido vuela,
    ahora, clavando
la armada cabeza
75 del antiguo ciervo
en la encina vieja,
    cuando, ya cansada
de la caza, vuelva
a dejar al río
80 el sudor en perlas
    y al pie se recueste
de la dura peña
de quien ella toma
lección de dureza,
85     llegaos a orealla,
pero no muy cerca,
que lleváis suspiros
y ha corrido ella.
    Si está calurosa,
90 soplad desde afuera,
y cuando la ingrata
mejor os entienda,
    decidle, airecillos:
«Bellísima Leda,
95 gloria de los bosques,
honor de la aldea,
    enfermo Daliso
junto al Tajo queda,
con la muerte al lado
100 y en manos de ausencia.
    Suplícate humilde,
antes que lo vuelvan
su fuego, en ceniza,
su destierro, en tierra,
105     en premio glorioso
de su amor, merezca,
ya que no suspiros,
a lo menos, letra,
    con la punta, escrita,
110 de tu aguda flecha,
en el campo duro
de una dura peña
    (porque no es razón
que razón se lea
115 de mano tan dura
en cosa más tierna),
    adonde le digas:
Muere allá, y no vuelvas
a adorar mi sombra
120 y a arrastrar cadenas».

82 §

    Dejad los libros ahora,
señor licenciado Ortiz,
y escuchad mis desventuras,
que a fe que son para oír:
5     yo soy aquel gentilhombre,
digo, aquel hombre gentil
que por su dios adoró
a un ceguezuelo rüín;
    sacrifiquele mi gusto,
10 no una vez, sino cien mil,
en las aras de una moza
tal cual os la pinto aquí:
    el cabello es de un color
que ni es cuarto ni florín,
15 y la relevada frente,
ni azabache ni marfil;
    la ceja, entre parda y negra,
muy más larga que sutil,
y los ojos, más compuestos
20 que son los de quis vel qui,
    entre cuyos bellos rayos
se deriva la nariz,
terminando las dos rosas,
frescas señas de su abril;
25     cada labio colorado
es un precioso rubí,
y cada diente, el aljófar
que el alba suele vertir;
    el aliento de su boca,
30 todo lo que no es pedir,
mal haya yo si no excede
al más süave jazmín.
    Con su garganta y su pecho
no tienen que competir
35 el nácar del mar del Sur,
la plata del Potosí;
    la blanca y hermosa mano,
hermoso y blanco alguacil
de libertad y de bolsa,
40 es de nieve y de neblí.
    Lo demás, letrado amigo,
que yo os pudiera decir,
por mi fe que me ha rogado
que lo calle, el faldellín;
45     aunque, por brújula, quiero,
si estamos solos aquí,
como a la sota de bastos,
descubriros el botín:
    cinco puntos calza estrechos,
50 y esto, señor, baste; al fin,
si hay serafines trigueños,
la moza es un serafín.
    Pudo conmigo el color,
porque una vez que la vi
55 entre más de cien mil blancas
ella fue el maravedí,
    y porque no sin razón
el discreto en el jardín
coge la negra violeta
60 y deja el blanco alhelí.
    Dos años fue mi cuidado,
lo que llaman por ahí,
los jacarandos, respecto,
los modernos, tahalí;
65     en cuyos alegres años,
desde el ave al perejil,
por esta negra odisea,
la bucólica le di.
    Sus piezas en el invierno
70 vistió flamenco tapiz,
y en el verano sus piezas,
andaluz guadamecí;
    hoy desechaba lo blanco,
mañana, lo carmesí,
75 hasta que en la Peña Pobre
quedó ermitaño Amadís:
    preguntadlo a mi vestido,
que riéndose de mí,
si no habla por la boca,
80 habla por el bocací.
    Ya iba quedando en cueros
a la lumbre de un candil,
casi pasando el estrecho
de no tener y pedir,
85     cuando, Dios en hora buena,
me fue forzoso partir
a la ciudad de la corte,
a la villa de Madrid.
    Comenzó a mentir congojas,
90 y a suspirar y gemir
más que viuda en el sermón
de su padre fray Martín.
    Dijo que acero sería
en esperar y sufrir:
95 fue después cera, y si acero,
ella se tomó de orín.
    Ternísima me pidió
que, ya que quedaba así
la ovejuela sin pastor,
100 no quedase sin mastín;
    y así, le dejé un mulato
por espía y adalid,
que me espió a mí en saliendo,
y se lo vino a decir.
105     Dejela en su antiguo lustre,
y, luego que me partí,
echó la carnaza afuera,
¡oh maldito borceguí!
    Púsome el cuerno un traidor
110 mercadante corchapín,
que tiene bolsa en Orán,
e ingenio en Mazalquivir;
    rico es, y mazacote
de los más lindos que vi,
115 precioso, pero pesado,
como palo de Brasil.
    ¡Oh interés, y cómo eres,
o por fuerza o por ardid,
para los diamantes, sangre,
120 para los bronces, buril!:
    deme Dios tiempo en que pueda
tus proezas escribir,
y quítemelo en buen hora
para los hechos del Cid.
125     Y vos, tronco a quien abraza
la más lujuriosa vid
que este lagrimoso valle
ha sabido producir,
    vivid en sabrosos nudos,
130 en dulces trepas vivid
siempre juntos, a pesar
de algún loco paladín.

83 §

    ¡Qué necio que era yo antaño,
aunque hogaño soy un bobo!
Mucho puede la razón,
y el tiempo no puede poco.
5     A fe que dijo muy bien
quien dijo que eran de corcho
cascos de caballo viejo
y cascos de galán mozo.
    Serví al Amor cuatro años,
10 que sirviera mejor ocho
en las galeras de un turco
o en las mazmorras de un moro.
    Lisonjas majaba, y celos,
que es el esparto de todos
15 los majaderos captivos
que se vencen de unos ojos.
    De esta dura esclavitud,
hace un año por agosto,
me redimió la merced
20 de un tabardillo dichoso:
    a este mal debo los bienes
que en dulce libertad gozo,
y vame tanto mejor
cuanto va de cuerdo a loco
25     Heme subido a Tarpeya
a ver cuál se queman otros
en tan vergonzosas llamas
que su honor volará en polvo;
    y he de ser tan inhumano,
30 que, a quien otra vez, piadoso,
ayudara con un grito,
acudiré con un soplo.
    Háganse, tontos, cenizas,
que con cenizas de tontos
35 discretos cuelan sus paños,
manchados, pero no rotos.
    Quince meses ha que duermo,
porque ha tantos que reposo,
sobre piedras, como piedra,
40 sobre plumas, como plomo.
    No rompen mi sueño celos,
ni pesadumbre, mi ocio,
ni serenos, mi salud,
ni mi hacienda, mal cobro.
45     Tengo amigos, los que bastan
para andarme siempre solo,
y vame tanto mejor
cuanto va de cuerdo a loco.
    Con doblados libros hago
50 los días de mayo, cortos,
las noches de enero, breves,
por lo lacio y por lo tosco.
    Cuando ha de echarme la musa
alguna ayuda de Apolo,
55 desatácase el ingenio,
y algunos papeles borro
    a devoción de una ausente,
a quien, ausente y devoto,
con tiernos ojos escribo
60 y con dulce pluma lloro.
    Discreciones leo a ratos,
y necedades respondo
a tres ninfas que en el Tajo
dan al aire trenzas de oro,
65     y a la que ya vio Pisuerga,
la aljaba pendiente al hombro,
seguir la casta Dïana
y eclipsar su hermano rojo.
    Salgo alguna vez al campo
70 a quitar al alma el moho,
y dar verde al pensamiento,
con que purgue sus enojos.
    En mi aposento otras veces
una guitarrilla tomo,
75 que como barbero templo
y como bárbaro toco;
    con esto engaño las horas
de los días perezosos,
y vame tanto mejor
80 cuanto va de cuerdo a loco,
    Pagaba al tiempo dos deudas
que tenía tras de un torno,
mas ya ha días que a la iglesia
del desengaño me acojo,
85     en cuyo lugar sagrado
me ha comunicado Astolfo
todo el licor de su vidrio,
y la razón, sus antojos,
    con que veo a la Fortuna,
90 de la fábrica de un trono,
levantar un cadahalso
para la estatua de un monstro,
    y por las calles del mundo
arrastrar colas de potros
95 a quien de carro triunfal
se apeó en el Capitolio.
    Veo pasar como humo,
afirmado, el Tiempo cojo,
sobre un cetro imperïal
100 y sobre un cayado corvo.
    Después que me conocí,
estas verdades conozco,
y vame tanto mejor
cuanto va de cuerdo a loco.

84 §

    Si sus mercedes me escuchan,
les contaré a sus mercedes,
no las hazañas del Cid
ni de Zaida los desdenes,
5     sino más de cuatro cosas
que sé yo que se cometen
o se dejan de hacer
por el decir de las gentes.
    Sale el otro cazador,
10 o Rodamonte de liebres
o Bravonel de perdices,
vestido de necio y verde,
    y, si se siente cansado
su ventor, al lugar vuelve
15 con lo que compró al ventero,
por el decir de las gentes.
    Aun no echó, el cobarde, mano
a la de Ioannes me fecit
cuando se calzan, sus pies,
20 las alas de un alfaneque,
    y, al trasponer de una esquina,
da a la capa tres piquetes
y seis mellas a la espada,
por el decir de las gentes.
25     Estase el otro don tal
desde las doce a las trece
rezando aquella oración
de la mesa sin manteles,
    y sálese luego al barrio
30 escarbándose los dientes
con un falso testimonio,
por el decir de las gentes.
    Embolsa, el otro escribano,
cien Fernandos y Isabeles
35 en cien monedas de oro
por que escriba, o por que teste,
    y si os ordena un poder,
y vos le dais diecisiete,
os vuelve un maravedí
40 por el decir de las gentes.
    Hace, un doctor, dos de claro,
de San Andrés a la puente14,
sin topar aros de casa
aunque sea año de peste;
45     es el pienso de su mula
pensar en los alcaceres,
y alquila un sayo de seda
por el decir de las gentes.
    Yo canto lo que me dijo
50 un poeta, cuyas sienes
ciñe el, bañado, tejón
en las orillas del Betis;
    y alguno que me ha escuchado
abrió la boca, de un jeme,
55 tendió la oreja, de un palmo,
por el decir de las gentes.

1591 §

85

A unas monjas, convaleciente de la enfermedad que refiere §

    Ya, señoras de mi vida,
dejando el rascar sabroso,
salgo a misa de sarnoso,
como a misa de parida.
5     Iré esta tarde a completas
a ese templo de garduñas,
donde colgaré las uñas,
como el cojo las muletas.

86 §

    Clavellina se llama la perra;
quien no lo creyere, bájese a olella.
    No tiene el soto ni el valle
tan dulce olorosa flor,
5 que todo es aire su olor,
comparado con su talle;
alábenla, y cuando calle
pongan todos lengua en ella.
Clavellina se llama la perra;
10 quien no lo creyere, bájese a olella.
    Dios se lo perdone a quien
Clavellina la llamó;
Palma la llamara yo
y los que la han visto bien,
15 porque rellena la ven
de dátiles toda ella.
Clavellina se llama la perra;
quien no lo creyere, bájese a olella.
    No hay cosa que así consuele,
20 porque, si no se me antoja,
otras huelen por la hoja,
y esta por el ojo huele;
gusto da más que dar suele
otra clavellina bella.
25 Clavellina se llama la perra;
quien no lo creyere, bájese a olella.

87 §

    Buena orina y buen color,
y tres higas al doctor.
    Cierto doctor medio almud
llamar solía, y no mal,
5 al vidrio del orinal
espejo de la salud;
porque el vicio o la virtud
del humor que predomina,
nos lo demuestra la orina
10 con clemencia o con rigor.
Buena orina y buen color,
y tres higas al doctor.
    La sanidad, cosa es llana
que de la color se toma,
15 porque la salud se asoma
al rostro como a ventana,
si no es alguna manzana
arrebolada y podrida,
como cierta fementida
20 galeota del Amor.
Buena orina y buen color,
y tres higas al doctor.
    Balas de papel escritas
sacan médicos a luz,
25 que son balas de arcabuz
para vidas infinitas;
plumas doctas y eruditas
gasten, que de mí sabrán
que es mi aforismo el refrán:
30 vivir bien, beber mejor.
Buena orina y buen color,
y tres higas al doctor.
    Oh bien haya la bondad
de los castellanos viejos,
35 que al vecino de Alaejos
hablan siempre en puridad,
y al santo, que la mitad
partió con Dios de su manto,
no echan agua, porque el santo
40 sin capa no habrá calor.
Buena orina y buen color,
y tres higas al doctor.

88 §

    A vos digo, señor Tajo,
el de las ninfas y ninfos,
boquirrubio toledano,
gran regador de membrillos;
5     a vos, el vanaglorioso
por el extraño artificio
en España más sonado
que nariz con romadizo;
    famoso entre los poetas,
10 tan leído como el Christus,
y de todos celebrado
como el día del domingo;
    por las musas pregonado,
más que jumento perdido,
15 por río de arenas de oro
sin habéroslas cernido:
    llamado sois con razón,
de todos, sagrado río,
pues que pasáis por en medio
20 del ojo del Arzobispo15.
    Vos, que en las sierras de Cuenca
(mirad qué humildes principios)
nacéis de una fuentecilla
adonde se orina un risco;
25     vos, que, por pena, cada año,
de vuestros graves delictos,
os menean las espaldas
más de ducientos mil pinos16:
    acordaos de todo aquesto
30 y bajad el toldo, amigo,
cuando furioso regáis
los jardines de Filipo17;
    cuando sean vuestras aguas
munición de cien mil tiros,
35 admiración de los ojos
y batería de castillos;
    cuando vuestras aguas sean
relojes de peregrinos,
que miden el sol por cuartos
40 y la luna por sus quintos;
    cuando mil nevados cisnes
pasen vuestros vados fríos,
cuando beban vuestras aguas
mil ciervos de Jesucristo.

89 §

    Castillo de San Cervantes,
tú que estás par de Toledo,
fundote el rey don Alfonso
sobre las aguas de Tejo;
5     robusto, si no galán,
mal fuerte y peor dispuesto,
pues que tienes más padrastros
que un hijo de un racionero:
    lampiño debes de ser,
10 castillo, si no estoy ciego,
pues siendo de tantos años,
sin barbacana te veo.
    Contra ballestas de palo
dicen que fuiste de hierro,
15 y que anduviste muy hombre
con dos morillos honderos.
    Tiempo fue (papeles hablen)
que te respectaba el reino
por jüez de apelaciones
20 de mil católicos miedos.
    Ya menos preciado, ocupas
la aspereza de ese cerro,
mohoso como en diciembre
el lanzón del viñadero.
25     Las que ya fueron corona
son alcándara de cuervos,
almenas que, como dientes,
dicen la edad de los viejos.
    Cuando más mal de ti diga
30 dejar de decir no puedo,
si no tienes fortaleza,
que tienes prudencia al menos:
    tú, que a la ciudad mil veces,
viendo los moros de lejos,
35 sin ser Espíritu Santo
hablaste en lenguas de fuego,
    en las rüinas ahora
del sagrado Tajo viendo
debajo de los membrillos
40 enjerirse tantos miembros,
    lo callas a sus maridos,
que es mucho, a fe, por aquello
que tienes tú de Cervantes
y que ellos tienen de ciervos.
45     Entre todas las mujeres
serás bendito, pues siendo
en el mirar atalaya,
eres piedra en el silencio.
    Como castillo de bien,
50 que hagas lo que te ruego,
aunque te he obligado poco
con dos docenas de versos:
    cuando la bella terrible,
hermosa como los cielos,
55 y por decillo mejor,
áspera como su pueblo,
    alguna tarde saliere
a desfrutar los almendros,
verdes primicias del año
60 y damísimo alimento,
    si de las aguas del Tajo
hace a su beldad espejo,
ofrécele tus rüinas
a su altivez por ejemplo;
65     háblale mudo mil cosas,
que las oirá, pues sabemos
que a palabras de edificios
orejas los ojos fueron.
    Dirasle que con tus años
70 regule sus pensamientos,
que es verdugo de murallas
y de bellezas, el tiempo;
    que no crean a las aguas
sus bellos ojos serenos,
75 pues no la han lisonjeado,
cuando la murmuran luego;
    que no fíe de los años
ni aun un mínimo cabello,
ni le perdone los suyos
80 a la ocasión, que es gran yerro;
    que no se duerma entre flores,
que despertará del sueño
mordida del desengaño
y del arrepentimiento,
85     y abrirá entonces, la pobre,
los ojos, ya no tan bellos,
para bailar con su sombra,
pues no quiso con su cuerpo.
    ¡Oh qué diría de ti
90 si tú le dijeses esto,
antigualla venerable,
si no quieres ser trofeo!
    Mi musa te antepondrá
a Santángel y Santelmo,
95 aunque no quisiese Roma
y Malta quisiese menos;
    que aunque te han desmantelado,
y tienes menos pertrechos,
a tulliduras de grajos
100 te defenderás más presto.

90 §

    Tendiendo sus blancos paños
sobre el florido ribete
que guarnece la una orilla
del frisado Guadalete,
5     halló el sol, una mañana
de las que el abril promete,
a la violada señora
Violante de Navarrete,
    moza de manto tendido,
10 lavandera de rodete,
entre hembras, luminaria,
y entre lacayos, cohete.
    Quiso a un mozo de nogal,
de mostacho a lo turquete,
15 cuyas espaldas pudieran
dar tablas para un bufete;
    de la cámara de Marte
gentilhombre matasiete,
como lo muestra en la cinta
20 la llave de un pistolete;
    que viste coleto de ante
virgen de todo piquete,
no tanto porque el flamenco
lo dio a prueba de mosquete,
25     cuanto porque el español,
en las lides que lo mete,
hace más fugas con él
que Guerrero en un motete.
    Dejolo ya por un paje
30 bien peinado de copete,
que arrima a una guitarrilla
su poquito de bajete,
    dignísimo citarista
de un canicular bonete,
35 poeta en Andalucía
como cristiano Hamete.
    Por hacelle, pues, a solas,
de sus pechugas, banquete
sobre la piadosa sombra
40 de algún álamo alcahuete,
    descalzar le ha visto, el alba,
botines de tafilete
y lavar cuatro camisas
del veinteicuatro Alderete.
45     Los blancos paños cubrían
el verde claro tapete
que dio flores a Violante
para más de un ramillete,
    cuando por la puente abajo
50 el lavadero acomete,
un mozuelo vellorí,
entre lacayo y corchete;
    y, llegando al vado, lleno
de celos hasta el gollete
55 y de vino hasta las asas,
esto a los aires comete:
    «Violante, que, un tiempo, fuiste
pelota de mi trinquete,
de mis botones, ojal,
60 y de mis cintas, ojete:
    Palomeque y Fuenmayor
me han dicho que es, un pobrete,
ídolo de tus cuidados,
y, de tu libertad, brete;
65     un músico que tremola
las plumas de un martinete,
bujía en lo delicado,
y, en lo moreno, pebete.
    Llamaranlo a desafío
70 los renglones de un billete,
cuando yo presuma de él
que lo lea y que lo acete;
    y entonces vístase el pollo,
sobre un jaco, un coselete,
75 que yo le torceré el alma
como tuerces tú un roquete.
    Y juro a las aceitunas
del santo monte Olivete
que yo...» Entonces, dando ella
80 a un desengaño carrete,
    «Más quisiera –le responde–
una lonja entre un mollete
que tus bravatas, Carrasco,
humos de blanco y clarete.
85     Quiero bien a ese galán,
y, si no te quies mal, vete,
que arena viene pisando
el de lo pardeguillete».
    Con un suspiro que fuera
90 respuesta de un morterete
respondió Carrasco el bravo,
cuando hablar más le compete.
    Llegó entonces Jimenillo,
y, terciando el de florete
95 guarnecido de oro y pardo,
con el mulato arremete:
    haciendo que una guitarra
las negras sienes le apriete,
música siembra en sus pasas,
100 y en el campo, pinabete.
    Mostrole las herraduras
el sevillano jinete,
al tiempo que el jerezano
le asegundaba un puñete;
105     participó de él Violante,
mas túvolo por juguete,
guardándole a su Medoro,
con un abrazo, un rosquete.

1592 §

91 §

Ya no más, ceguezuelo hermano,
    ya no más.
    Baste lo flechado, Amor,
más munición no se pierda;
5 afloja al arco la cuerda
y la causa a mi dolor,
que en mi pecho tu rigor
escriben las plumas juntas,
y en las espaldas las puntas
10 dicen que muerto me has.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
    ya no más.
    Para el que a sombras de un robre
sus rústicos años gasta
15 el segundo tiro basta,
cuando el primero no sobre;
basta para un zagal pobre
la punta de un alfiler;
para Bras no es menester
20 lo que para Fierabrás.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
    ya no más.
    Gran vergüenza tuya es
que pongas el mismo afán
25 en traspasar un gabán
que en enclavar un arnés.
Pues ya, rendido a tus pies,
envuelto en mi sangre lloro,
no des al viento más oro
30 con las flechas que le das.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
    ya no más.
    Tan asaeteado estoy,
que me pueden defender
35 las que me tiraste ayer
de las que me tiras hoy;
si ya tu aljaba no soy,
bien a mal tus armas echas,
pues a ti te faltan flechas,
40 y a mí, donde quepan más.
Ya no más, ceguezuelo hermano,
    ya no más.

92 §

Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que te envío
que eres mío.
    Celosa el alma te envía
5 por diligente ministro,
con poderes de registro,
y con malicias de espía;
trata los aires de día,
pisa de noche las salas,
10 con tan invisibles alas
cuanto con pasos subtiles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que te envío
    que eres mío.
15     Tu vuelo con diligencia
y silencio se concluya
antes que venzan la suya
las condiciones de ausencia,
que no hay fiar resistencia
20 de una fe de vidrio tal
tras de un muro de cristal,
y batido de esmeriles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que te envío
25     que eres mío.
    Mira que su casa escombres
de unos soldados fiambres,
que perdonando a sus hambres,
amenazan a los hombres;
30 de los tales no te asombres
porque, aunque tuercen los tales
mostachazos criminales,
ciñen espadas civiles.
Vuela, pensamiento, y diles
35 a los ojos que te envío
    que eres mío.
    Por tu honra y por la mía,
de esta gente la descartes
que le serán estos Martes
40 más acïagos que el día,
pues la lanza de Argalía
es ya cosa averiguada
que pudo más por dorada
que por fuerte la de Aquiles.
45 Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que te envío
    que eres mío.
    Si a músicos entrar dejas,
ciertos serán mis enojos,
50 porque aseguran los ojos
y saltean las orejas;
cuando ellos ajenas quejas
canten, ronda, pensamiento,
y la voz, no el instrumento,
55 les quiten tus alguaciles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que te envio
    que eres mío.

1593 §

93

A don Cristóbal de Mora §

    Árbol de cuyos ramos fortunados
las nobles moras son quinas reales,
teñidas en la sangre de leales
capitanes, no amantes desdichados:
5     en los campos del Tajo más dorados
y que más privilegian sus cristales,
a par de las sublimes palmas sales,
y más que los laureles levantados.
    Gusano, de tus hojas me alimentes,
10 pajarillo, sosténganme tus ramas,
y ampáreme tu sombra, peregrino;
    hilaré tu memoria entre las gentes,
cantaré, enmudeciendo ajenas famas,
y votaré a tu templo mi camino.

94 §

    Un buhonero ha empleado
en higas hoy su caudal,
y aunque no son de cristal
todas las ha despachado;
5 para mí le he demandado,
cuando verdades no diga,
    una higa.
    Al necio, que le dan pena
todos los ajenos daños
10 y, aunque sea de cien años,
alcanza vista tan buena,
que ve la paja en la ajena
y no en la suya dos vigas,
    dos higas.
15     Al otro, que le dan jaque
con una dama atreguada,
y más bien peloteada
que La Coruña del Draque,
y fïada del zumaque,
20 le desmiente tres barrigas,
    tres higas.
    Al marido, que es tan llano,
sin dar un maravedí,
que le hinche el alholí
25 su mujer cada verano,
si piensa que grano a grano
se lo llegan las hormigas,
    cuatro higas.
    Al que pretende más salvas
30 y ceremonias mayores
que se deben, por señores,
a los Infantados y Albas,
siendo nacido en las malvas
y crïado en las ortigas,
35     cinco higas.
    Al pobre pelafustán
que de arrogancia se paga,
y presenta la bisnaga
por testigo del faisán,
40 viendo que las barbas dan
testimonio de las migas,
    seis higas.
    Al que de sedas armado,
tal para Cádiz camina,
45 que ninguno determina
si es bandera o si es soldado,
de su voluntad forzado,
llorado de sus amigas,
    siete higas.
50     Al mozuelo, que en cambray,
en púrpura y en olores,
quiere imitar sus mayores,
de quien hoy memorias hay
que los sayos de contray
55 aforraban en lorigas,
    ocho higas.
    Al bravo que echa de vicio,
y en los corrillos blasona
que mil vidas amontona
60 a la muerte en sacrificio,
no tiniendo del oficio
más que mostachos y ligas,
    nueve higas.
    Al pretendiente engañado,
65 que, puesto que nada alcanza,
da pistos a la esperanza
cuando más desesperado,
figurando ya granado
el fruto de sus espigas,
70     diez higas.

95 §

    Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.
    Vio una monja celebrada
tras la red, el niño Amor,
5 tan quebrada de color
cuanto de mil requebrada;
ser su devoto le agrada,
y a ella no el recibillo,
aunque fuera de membrillo,
10 tan en carnes por enero.
Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.
    Moriéndose ella de risa
mientras de frío el mozuelo,
15 de limosna le dio un velo
de que haga una camisa;
y, despidiéndolo aprisa,
fue a responder discreciones
a los pesados renglones
20 de un poeta forastero.
Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.
    Admitiolo en su servicio
la bellísima señora,
25 y desde la misma hora
no le perdona el oficio;
a cuantos en sacrificio
le dan el alma, lo envía;
préstenle horas al día
30 y paciencia al mensajero.
Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.
    A un galán lleva un recado,
a una capilla un billete,
35 una demanda a un bonete,
y una pregunta a un letrado,
unos celos a un casado,
a un viudo un parabién,
a un pelón lleva un desdén,
40 y un pésame a un majadero.
Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.
    Acabó tarde el garzón,
aunque comenzó a las ocho,
45 y cortó con un biscocho
la cólera, a la oración.
Reniega de la afición,
porque Toledo no es
para menos que los pies
50 de un rocín o un cancionero.
Mandadero es el arquero,
y sí que era mandadero.

96 §

    A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
regalos de señoría
y obras de paternidad.
5     Aunque muy ajenos son,
señora, mis verdes años
de maduros desengaños
y perfecta discreción,
oíd la resolución
10 que me dio el tiempo, después
que me distes al marqués,
y yo me di a fray García:
a toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
15 regalos de señoría
y obras de paternidad.
    Narcisos, cuyas figuras
dan por paga los pobretes,
y libran, de muy jinetes,
20 mi yerro en sus herraduras;
Ganimedes en mesuras
enamorados y bellos,
bien sé yo que para ellos
vuesa merced no me cría.
25 A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
regalos de señoría
y obras de paternidad.
    Orlandos enamorados,
30 que después dan en furiosos,
en las paces belicosos,
en las guerras envainados,
de bigotes engomados
y de astróloga contera,
35 ¡nunca Dios me haga nuera
de la hermana de su tía!
A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
regalos de señoría
40 y obras de paternidad.
    Canónigos, gente gruesa,
que tienen a una cuitada
entre viejas conservada,
como entre paja camuesa,
45 dan poco y piden apriesa,
celan hoy, celan mañana:
muy humilde es mi ventana
para tanta celosía.
A toda ley, madre mía,
50 lo demás es necedad,
regalos de señoría
y obras de paternidad.
    Almibarados poetas,
por quien mi mirar no acaba
55 de ser nido y ser aljaba
de Amor y de sus saetas,
danme canciones discretas,
y es darme a mí sus canciones,
gastar en Guinea razones,
60 y cruces en Berbería.
A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
regalos de señoría
y obras de paternidad.
65     Basta un señor de vasallos
y un grave potente flaire;
los demás los lleve el aire,
si el aire quiere llevallos;
hagan riza sus caballos,
70 acuchillen sus personas,
recen sus tercias y nonas,
celebren su poesía.
A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
75 regalos de señoría
y obras de paternidad.
    Solo a estos doy mi amor
y mis contentos aplico,
madre; al uno porque es rico,
80 al otro porque es hechor.
Llévame el fraile el humor,
el marqués me lleva en coche;
démosle al uno la noche
y al otro démosle el día.
85 A toda ley, madre mía,
lo demás es necedad,
regalos de señoría
y obras de paternidad.

97 §

    ¿No me bastaba el peligro
de una grave enfermedad,
que, pues no me mató ella,
repito para inmortal,
5     sino condenarme ahora
a pretender, y labrar,
un lisonjero imposible,
y un süave pedernal?
    ¿Qué te ha hecho, crudo Amor,
10 esta pobre libertad,
blanco de tus demasías
(no las llamo flechas ya)?
    Forastero bienvenido
que vais para la ciudad:
15 si ya os detuviere en ella
o gusto o necesidad,
    guardaos, mil veces os digo,
de un basilisco mortal,
que está su mayor ponzoña
20 en su más dulce mirar;
    de un ángel, el más hermoso
que vistió la humanidad,
que de crüel y de bello
está dudoso lo más.
25     Témela el Amor, y tanto,
que han confirmado amistad,
mayor que se prometía
de mujer y de rapaz,
    todo, en daño de las almas:
30 ya yo lo sé por mi mal,
que he pisado entre sus flores
áspid que sabe matar.
    Armado, se esconde Amor,
de saetas de crueldad,
35 en los ojos que tremolan
traidoras señas de paz.
    Asegúrase el deseo,
fíase la voluntad,
y dan en las fieras puntas
40 del arquero desleal.
    Las señas de esta alevosa,
para que la conozcáis,
son, demás de los extremos
de su gloriosa beldad,
45     que si canta, se suspende
la armonía celestial,
y si llora, enjuga al alba
sus lágrimas de cristal.
    Con mi ejemplo y estas señas,
50 caballero, caminad,
que ella me condena a muerte,
y yo me voy a enterrar.

98 §

    Murmuraban los rocines
a la puerta de palacio,
no en sonorosos relinchos
(que eso es ya muy de caballos),
5     sino en bestial idïoma,
ni gruñendo ni rifando,
para mejor engañar
las varas de los lacayos.
    Cabecijuntos murmuran,
10 tres a tres y cuatro a cuatro,
de sus amos, lo primero,
por más parecer crïados.
    Un castaño comenzó,
rocín portugués, fidalgo,
15 cuyo pelo es un erizo,
por ser fruta de castaño,
    con más paramentos negros
que el rocín de Arias Gonzalo,
que en la cadera y el luto
20 más es tumba que caballo:
    «Sirvo –les dijo– a un ratiño,
Macías enamorado,
tan flaco en la carne él
como yo en los huesos flaco.
25     Como un esclavo le sirvo,
aunque nunca me ha herrado
ni la cadera con ese
ni la herradura con clavo.
    Dos cosas pretende en corte,
30 y ambas me cuestan mis pasos:
la verde insignia de Avís
y un serafín castellano;
    porque en África su abuelo
mató un león cuartanario,
35 desde una palma subido,
de cuarenta arcabuzazos,
    fatiga tanto al Consejo,
y al Amor fatiga tanto,
que no irá cruzado el pecho
40 sin ir el rostro cruzado,
    porque el padre de la moza
me dicen que le ha jurado
de darle la cruz, en leño,
que él pide al Consejo en paño».
45     Apenas el portugués
acabó sus quejas, cuando
una remendada pía
de un comiscal cortesano,
    mordiendo el freno tres veces
50 y otras tres humo espirando
(que es cólera, a lo que escriben
autores arrocinados),
    «Sirvo –les dice– a un pelón,
que no solo ha veinte años
55 que come de aventurero,
mas que duerme de prestado.
    Con esta gualdrapa corta,
y tan corta que ha guardado
mejor que si fuera cuello
60 la medida del dozavo,
    la tercia parte me cubre
deste nudoso espinazo,
que puede ser mojonera
de un término pleiteado.
65     No hay halcón hoy en Noruega,
donde el sol es más escaso,
tan solícito en cebarse
como mi dueño, o mi daño,
    que volando pico al viento
70 sale muy bien santiguado
a escuchar los almireces
de las casas do hacen plato:
    éntrase donde los oye,
limpiándose los zapatos,
75 y déjame a la pared
pegado como gargajo;
    no sé cómo lo reciben,
mas sí sé que días hartos,
mirándome a mí los pajes,
80 esto salen murmurando:
    –Juro a Dios que en el comer
es, el dueño deste haco,
sabañón en el invierno,
salpullido en el verano.
85     Desciende luego tras ellos,
a mi pesar, porque al cabo
ya que no hay cebada hay ocio,
que no es mal pienso el descanso;
    cobíjame los cuadriles
90 y sale podenqueando
nuevas que el día siguiente
valgan cocido y asado».
    De un procurador de cortes
habló allí un rocín más largo
95 que una noche de diciembre
para un hombre mal casado:
    «Escuchado he vuestras quejas
con las orejas de un palmo,
y a no sentir yo mis duelos,
100 sintiera vuestros trabajos.
    Diez años tiramos juntos
por toda tierra de campos
yo y un tío de Babieca
el carretón de Laín Calvo.
105     Serví a condes, serví a reyes,
hasta que por varios casos
tendimus in Latium, digo,
me miráis tendido y lacio.
    Trájome a Madrid mi dueño,
110 donde apenas hay establo
a do quepa mi largueza,
si no duermo como galgo;
    la calle Mayor abrevio,
y la carrera del Prado
115 desde el copete a la cola
la ocupo, si no la paso:
    como tan largo me ven,
piensan todos los muchachos
que soy algún pasadizo
120 de la posada a palacio.
    Por descendiente me juzgan
los que me miran de espacio,
en la materia y la forma,
de aquel caballo troyano,
125     y si como tanto hierro
como se queja mi amo,
ya que no lo esté de griegos,
estaré lleno de armados;
    de noche me quita el freno,
130 porque dice que lo gasto,
y lo pongo en cuatro días
como soneto limado».
    No le consintió acabar
un extranjero cuartago,
135 porque entendió que tenía
razones de su tamaño:
    «No sirvo –dijo– a pelones,
como vosotros, cuitados,
sino a un extranjero rico,
140 miserable por el cabo.
    y advertid que, siendo aquestos
hombres míseros y avaros,
veréis que se llaman todos
o Césares o Alejandros.
145     La paja me da por libras,
la cebada, por puñados,
y para engañar mi hambre
este artífice de engaños,
    unos antojos me pone
150 de unos vidrios tan doblados,
que hacen de una paja ciento,
y cuatrocientos, de un grano.
    Pero bien me satisfice
desta burla y deste agravio
155 un día, cuya memoria
a la venganza consagro:
    solía decir, trayéndome
por las caderas la mano:
–Como un banco estás, amigo,
160 poco te luce el regalo.
    Tantas veces me lo dijo,
que una dellas por un lado
le di muy bien a entender
que tenía pies el banco».
165     Dieron entonces las once,
y al mismo punto dejaron
su plática los rocines,
sus quínolas, los lacayos.
    Cualquier docto en esta lengua
170 podrá mañana temprano
ir a escuchar otro poco
las mulas de los letrados.

1594 §

99

A una casa de campo de una dama §

    Si ya la vista, de llorar cansada,
de cosa puede prometer certeza,
bellísima es aquella fortaleza
y generosamente edificada:
5     palacio es de mi bella celebrada,
templo de Amor, alcázar de nobleza,
nido del Fénix de mayor belleza
que bate en nuestra edad pluma dorada.
    Muro que sojuzgáis el verde llano,
10 torres que defendéis el noble muro,
almenas que a las torres sois corona:
    cuando de vuestro dueño soberano
merezcáis ver la celestial persona,
representadle mi destierro duro.

100

De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado §

    Descaminado, enfermo, peregrino
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
5     Repetido latir, si no vecino,
distinto, oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
    Salió el sol, y entre armiños escondida,
10 soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
    Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña,
que morir de la suerte que yo muero.

101

A una enfermedad que tuvo en Salamanca, de que estuvo tres días tenido por muerto §

    Muerto me lloró el Tormes en su orilla,
en un parasismal sueño profundo,
en cuanto don Apolo el rubicundo
tres veces sus caballos desensilla.
5     Fue mi resurrección la maravilla
que de Lázaro fue la vuelta al mundo;
de suerte que ya soy otro segundo
Lazarillo de Tormes en Castilla.
    Entré a servir a un ciego, que me envía,
10 sin alma vivo, y en un dulce fuego,
que ceniza hará la vida mía.
    ¡Oh qué dichoso que sería yo luego,
si a Lazarillo lo imitase un día
en la venganza que tomó del ciego!

102 §

Cada uno estornuda
como Dios le ayuda.
    Sentencia es de bachilleres,
después que se han hecho piezas,
5 que cuantas son las cabezas
tantos son los pareceres;
en materia de mujeres
se desboca esta sentencia,
que hay espuelas de licencia,
10 sin haber freno de duda.
Cada uno estornuda
como Dios le ayuda.
    Cánsase el otro doncel
de querer la otra doncella
15 que es bella, y deja de vella
por una madre crüel;
y apenas se cansa él,
cuando sobra quien le cuadre,
porque para un mal de madre
20 cien escudos son la ruda.
Cada uno estornuda
como Dios le ayuda.
    Este no tiene por bueno
el amor de la casada,
25 porque es dormir con espada,
y la víbora en el seno;
a aquel del cercado ajeno
le es la fruta más sabrosa,
y coge mejor la rosa
30 de la espina más aguda.
Cada uno estornuda
como Dios le ayuda.
    Muchos hay que dan su vida
por edad menos que tierna,
35 y otros hay que los gobierna
edad más endurecida;
cuál flaca y descolorida,
cuál la quiere gorda y fresca,
porque Amor no menos pesca
40 con lombriz que con aluda.
Cada uno estornuda
como Dios le ayuda.

103

En la muerte de doña Luisa de Cardona, monja en Santa Fe de Toledo §

    Moriste, ninfa bella,
en edad floreciente,
que la muerte entre flores
se esconde, cual serpiente;
5     moriste, y Amor luego
rompió el arco, impaciente:
casto Amor, no el que tira
flechas de oro luciente.
    Ninguno hay en la selva
10 que tu fin no lamente,
o sátiro sea, duro,
o virgen inocente;
    hasta el dios que sus cuernos
con guirnaldas desmiente,
15 por darlas a tu urna,
las niega ya a su frente.
    Eco, de nuestras voces
universal oyente,
no es ya sino de quejas
20 fïel correspondiente.
    Al viento la arboleda
más que nunca obediente,
con él tu muerte gime,
y él con ella la siente.
25     La casta cazadora
seguiste puntualmente,
ya en los montes armada,
ya desnuda en la fuente;
    ligera a los pies, fuiste,
30 del corcillo, y valiente
del jabalí cerdoso
al espumoso diente;
    de cuya profesión
testigo suficiente,
35 en el laurel sagrado,
la aljaba sea, pendiente.
    Tumba es hoy de tus huesos,
casta, si no decente,
el árbol cuyas ramas
40 no temen rayo ardiente
    (el árbol que teniendo
tu memoria presente,
no ya de aves lascivas
torpe nido consiente,
45     tierno gemido, apenas,
de tórtola doliente
que muerto esposo llore,
no, que lo llame ausente),
    adonde, de las ninfas,
50 diez a diez, veinte a veinte,
si el llanto es ordinario,
el concurso es frecuente.
    Oh alma, que eres ya
deidad resplandeciente:
55 Daliso, por que el tiempo
su prescripción no intente
    (el tiempo, de memorias
fiscal tan insolente
que a la inmortalidad
60 no perdona accidente),
    aquí, donde está el Betis
–creo– tu fin reciente
llorando por los ojos
de esta su antigua puente,
65     no túmulo te erige
de mármol diferente
donde el sol uno a uno
sus muchos rayos cuente,
    ni, ocupada la industria
70 de artífice excelente,
dará a tus cenizas
vasija competente,
    sino un padrón humilde
con la inscripción siguiente,
75 que piedad solicite
y su fe represente:
    Suspende, oh caminante,
el paso diligente,
y, cuando no admirado,
80 condolido detente:
    memoria soy de un sol
que el Turia fue su oriente,
y su occidente, el Tajo:
dilo de gente en gente.

1595 §

104

A una sangría del tobillo de una dama §

    Herido el blanco pie del hierro breve,
saludable si agudo, amiga mía,
mi rostro tiñes de melancolía,
mientras de rosicler tiñes la nieve.
5     Temo, que quien bien ama temer debe,
el triste fin de la que perdió el día
en roja sangre y en ponzoña fría
bañado el pie que descuidado mueve.
    Temo aquel fin, porque el remedio para,
10 si no me presta el sonoroso Orfeo
con su instrumento dulce su voz clara.
    Mas ¡ay! que, cuando no mi lira, creo
que mil veces mi voz te revocara
y otras mil te perdiera mi deseo.

105 §

    Ya de mi dulce instrumento
cada cuerda es un cordel,
y, en vez de vihuela, él
es potro de dar tormento,
5 quizá con celoso intento
de hacerme decir verdades,
contra estados, contra edades,
contra costumbres al fin;
no las comente el rüín
10 ni las tuerza el enemigo,
y digan que yo lo digo.
    Si el pobre a su mujer bella
le da licencia que vaya
a pedir sobre la saya,
15 y le dan debajo della,
¿qué gruñe, qué se querella
que se burlan de él los ecos?
y ¿qué teme en años secos
si el necio a su casa lleva
20 quien en años secos llueva?
Coja, pues, en paz su trigo,
y diga que yo lo digo.
    De veinte y cuatro quilates
es como un oro la niña,
25 y hay quien le dé la basquiña
y la sarta de granates:
tiénelo por disparates
su madre y búrlase dello;
mas él se los echa al cuello,
30 porque el mismo fruto espera
que han de hacer, que en la higuera
las sartas de cabrahígo18;
y digan que yo lo digo.
    Del mercader, si es lo mismo
35 con vara y pluma en la mano
condenarse en castellano
que irse al infierno en guarismo,
desátenme el silogismo
sus pulgadas y sus ceros,
40 su conciencia y sus dineros,
y tenga por cosa cierta
que, si le cierran la puerta,
en el cielo no hay postigo;
y diga que yo lo digo.
45     Ver sus tocas blanquear
a la viuda, eso me mueve
que ver cubierto de nieve
el puerto del Muladar:
déjase a solas pasar
50 de cualquiera forastero,
o peón o caballero,
y con sus amigas llora
a su esposo, la señora,
como la Cava a Rodrigo;
55 y digan que yo lo digo.
    Viendo el escribano que
dan a su legalidad,
por ser poco el de verdad,
nombre, las leyes, de fe,
60 su pluma sin ojos ve,
y su bolsa, aunque sin lengua,
por la boca crece o mengua
las razones del culpado,
la bolsa hecha abogado,
65 la pluma hecha testigo;
y digan que yo lo digo.
    Como consulta la dama
con el espejo su tez,
¿no consultará una vez
70 con la honestidad su fama?
Áspid al vecino llama
que le muerde el calcañar
cuando sale a visitar
al copete o la corona,
75 y a los dos no les perdona
desde la joya al bodigo;
y digan que yo lo digo.
    Milagros hizo, por cierto,
un alcalde, y lo vi yo,
80 que siendo vivo, le dio
almas de oro a un gato muerto,
y aun es de tanto concierto,
que se iguala y no se ajusta,
y si acaso a doña Justa
85 algo entre platos le viene,
deja la verdad, y tiene
a Platón por más amigo;
y digan que yo lo digo.
    Éntrase en vuestros rincones
90 comadreando la vieja,
bien como la comadreja
en nido de gorrïones;
con madejas y oraciones
os quiebra o degüella, en suma,
95 ora en huevos, ora en pluma,
la honra de vuestra hija;
destas terceras, clavija
sea la rama de un quejigo;
y digan que yo lo digo.
100     El doctor mal entendido,
de guantes no muy estrechos,
con más homicidios hechos
que un catalán forajido,
si son de puñal büido
105 las hojas de su Galeno,
y si partir puede el freno
y el dinero con su mula,
mate, y sírvale de bula
la carta que trae consigo;
110 y diga que yo lo digo.

106 §

    Sin Leda y sin esperanza,
rompe en mal seguro leño
su serenidad al mar
y a la noche su silencio,
5     un pobre pescadorcillo,
ausente de sus deseos
lo que hay del mar andaluz
a los valencianos senos.
    A calar salió sus redes,
10 mas el hijuelo de Venus,
suspendiéndolo de oficio,
lo condenó a pensamientos.
    A dulces memorias dado
y arrebatado a su cielo,
15 los remos deja a las aguas
y la red ofrece al viento.
    Barquero, barquero,
que se llevan las aguas los remos.
    No teme enemigas velas,
20 o de renegado griego
o de extranjero pirata,
de la laguna al estrecho,
    porque el Amor le asegura
que no hay cosario tan fiero
25 que para un cuerpo sin alma
embista un bajel sin dueño.
    Y así, la incierta derrota
prosigue, velando sueños,
animoso amante vivo,
30 humilde pescador muerto.
    Lágrimas vierten sus ojos,
suspiros lanza su pecho,
por pagar al mar, y al aire,
forzados y marineros.
35     Barquero, barquero,
que se llevan las aguas los remos.

1596 §

107 19 §

    Cosas, Celalba mía, he visto extrañas:
cascarse nubes, desbocarse vientos,
altas torres besar sus fundamentos,
y vomitar la tierra sus entrañas;
5     duras puentes romper, cual tiernas cañas,
arroyos prodigiosos, ríos violentos,
mal vadeados de los pensamientos,
y enfrenados peor de las montañas;
    los días de Noé, gentes subidas
10 en los más altos pinos levantados,
en las robustas hayas más crecidas;
    pastores, perros, chozas y ganados
sobre las aguas vi, sin forma y vidas,
y nada temí más que mis cuidados.

108 §

    Cuantas al Duero le he negado ausente,
tantas al Betis lágrimas le fío,
y, de centellas coronado, el río
fuego tributa al mar, de urna ya ardiente.
5     Volcán desta agua y destas llamas fuente
es, ingrata señora, el pecho mío;
los suspiros lo digan, que os envío,
si la selva lo calla, que lo siente.
    Cenefas de este Erídano segundo
10 cenizas son, igual mi llanto tierno
a la de Faetón loca experiencia;
    arde el río, arde el mar, humea el mundo:
si del carro del sol no es mal gobierno,
lágrimas y suspiros son de ausencia.

109 §

    Despuntado he mil agujas
en vestir a moriscote,
ya de puro terciopelo,
ya de aguado chamelote:
5     no más capellar con cifra
ni más adarga con mote,
que ni yo soy boticario
ni Albayaldos era bote.
    Galanes, los que acaudilla
10 el del arco y del virote,
o tengáis el bozo en flor
o en espinas el bigote,
    escuchad los desvaríos
de un poeta monigote
15 en cuarenta consonantes
distilados del cogote;
    escuchad las desventuras
del más triste galeote
que dio, en la concha de Venus,
20 las espaldas al azote.
    Partir quiere a la visita
de un pastor y sacerdote,
que se casa con su iglesia
con cuarenta mil de dote20.
25     Alborótalo esta ausencia,
y no es mucho lo alborote,
que en casa del condenado
suena mal cuerda y garrote;
    porque en otra ida y venida,
30 cierto fullero angelote21
a la honra le dio pique,
y a la hacienda, capote.
    Esperando esta pelota
dicen que está un don Pelote,
35 para que en haciendo él falta
la toque del primer bote;
    para volar su perdiz
ha jurado un tagarote
que en viéndolo con espuelas
40 se quitará el capirote;
    y cierto amigo, que tiene
su poco de Escarïote,
dice que quiere probar
la conserva del pipote.
45     Conjurado se han los tres
de hacer al pobre zote
vecino de las riberas
de Jarama o de Torote.
    A las armas, mozalbitos,
50 que un navío filipote
os espera en El Ferrol:
¡plega a Dios que se derrote!
    Haced en Ingalaterra
nobilísimo cerote,
55 reduciendo al calvinista,
saqueando al hugonote;
    que sin venir de Bretaña
no puede haber Lanzarote,
aunque sea el que ministra
60 a Júpiter el zambrote.
    Dejad caminar al triste
Macías, o mazacote,
a la ausencia y a los celos
componiendo un estambrote.
65     Dejadle vuelva a jugar
con su querida en un trote,
él dice que de picado,
yo digo que de guillote.
    Dejad que ella en su partida
70 crezca el mar y el suelo agote,
fingiendo ofender su rostro,
sin darse ni un papirote;
    que le jure que en su ausencia
se vestirá de picote,
75 se tocará lienzo crudo
y se cubrirá anascote;
    y en hábito de culebra
luego otro día se ensote,
donde algún mártir asado
80 se lo sirvan en gigote22.
    Dejadlo, por vida mía,
y de camino se note
que no hay fïanza segura
ni posada sin escote.

110

A don Pedro Venegas, a cuya casa iba a jugar algunos días §

    Temo tanto los serenos,
serenísimo compadre,
que a mis picados deseos
les doy la casa por cárcel.
5     Escapé de Las Quemadas23
con un romadizo grave,
porque sienes de poetas
no se entienden con el aire,
    y así, guardo mi persona
10 debajo de treinta llaves,
porque, donde no hay salud,
ni hay gracia ni habrá sepades.
    Sabe Dios, señor don Pedro,
cuánto quisiera alentarme,
15 si no temiera los bordes
de los candeleros grandes,
    ya que los de las bujías,
cual pecados venïales,
gastaron de agua bendita
20 lo que ahorraron de sangre.
    Témoos mucho, porque sé
que padecieron, tres naipes,
muerte y pasión, por que algunos
pecadores se salvasen24:
25     pecadores que se ponen
por lo menos a llevarse
desde la oreja al bigote
los puntos que no lograstes.
    Mas, al fin, en esas cartas
30 la cólera desarmastes,
como el toro que en la capa
ejecuta su coraje.
    Sin duda el lagarto rojo
que os marca la mejor parte
35 del pecho, cuando perdéis,
os da bocados mortales,
    o lo que tiene de espada
lo muestra en atravesarse
por el tierno corazón,
40 que afligidas alas bate.
    Gallarda insignia, esplendor
de reales estandartes,
que das esfuerzo en las guerras
y calidad en las paces:
45     si ya en tu virtud hicieron,
los antiguos capitanes,
ríos de sangre africana,
montes de cuerpos alarbes,
    no permitas que un cruzado
50 en tu orden militante
soberbias armas empuñe
y humildes cristianos mate.
    Con todo eso, saldré al campo
(con tal que no muera nadie,
55 y que el balcón de la alcoba
nos parta el sol de la tarde)
    hasta la hora que Reyes,
mulatero girifalte,
se ceba en pechos de grajas
60 y en piernas de alcaravanes25.
    Buenas noches, gran señor
del pueblo de Gruñimaque,
y tan buenas, que el doctor
no os ronde los arrabales26.

1597 §

111 §

    –¿Quién es aquel caballero
que a mi puerta dijo: Abrid?
–Caballero soy, señora,
caballero de Moclín.
5     Nieto soy de cuatro grandes
de a tres varas de medir,
tan deudo del conde Claros,
que me acuesto sin candil.
    Mi hacienda es un escudo
10 orlado de treinta mil,
no maravedís de juro,
sino insignias del Sofí.
    Los cuarteles de mi escudo
lo pueden ser de un jardín:
15 un espino y dos romeros
y cuatro flores de lis;
    qué verde soy de linaje
no lo sepa algún rocín,
que me teñirá en gualdado,
20 estas mañanas de abril.
    Sangre, más que una morcilla,
honra, más que un paladín,
doña Blanca está en Sidonia,
y en mi bolsa, ni un ceutí.
25     Toda la tierra he corrido,
el mar he visto en latín:
mare vidi muchas veces,
pero no maravedí.
    La necesidad, que tiene
30 el ánima de un gentil,
la brújula de un gitano,
la conciencia de un neblí,
    en el real de don Sancho
me libraba algún cuatrín:
35 cuando las tinieblas visten
los gatos, de vellorí,
    dos hombres de armas y yo
salíamos por ahí
a captivar ferreruelos
40 que corrían el país;
    tal vez no solo la capa
nos dejaba san Martín,
sino también el espada
con que la solía partir;
45     gentilhombres hice a muchos
sin ser rey, a muchos di
espaldarazos, sin darles
el lagarto carmesí.
    Soy un Cid en quitar capas,
50 perdóneme el señor Cid:
quédesele el Campeador,
y el capeador para mí;
    mi camisa es la tizona,
que tiene filos de brin27,
55 y no ha sido la colada
después que me la vestí;
    si me hiere, Dios lo sabe;
a lo menos sé decir
que tengo sangre con ella,
60 como mujer varonil.
    ¡Oh cuánto puede, señora,
un cuello de caniquí!
Si no es rosa desta espina,
él miente como rüin.

1598 §

112

Al monte santo de Granada §

    Este monte de cruces coronado,
cuya siempre dichosa excelsa cumbre
espira luz y no vomita lumbre,
Etna glorioso, Mongibel sagrado,
5     trofeo es dulcemente levantado,
no ponderosa grave pesadumbre
para oprimir sacrílega costumbre
de bando contra el cielo conjurado.
    Gigantes, miden sus ocultas faldas,
10 que a los cielos hicieron fuerza, aquella,
que los cielos padecen, fuerza santa.
    Sus miembros cubre y sus reliquias sella
la bien pisada tierra. Veneraldas
con tiernos ojos, con devota planta.

113

Burlándose de un caballero prevenido para unas fiestas §

    Sea bien matizada la librea,
las plumas, de un color, negro el bonete,
la manga, blanca, no muy de roquete,
y atada al brazo prenda de Niquea;
5     cifra que hable, mote que se lea,
bien guarnecida espada de jinete,
borceguí nuevo, plata y tafilete,
jaez propio, bozal no de Guinea;
    caballo Valenzuela bien tratado,
10 lanza que junte el cuento con el hierro,
y sin veleta. El Amadís, que espera
    entrar cuidosamente descuidado,
firme en la silla, atento en la carrera,
y quiera Dios no se atraviese un perro.

114 §

    Donde las altas ruedas
    con silencio se mueven,
    y a gemir no se atreven
las verdes sonorosas alamedas,
5     por no hacer rüido
al Betis, que entre juncias va dormido,
    sobre un peñasco roto,
    al tronco recostado
    de un fresno levantado,
10 que escogió entre los árboles del soto
    porque su sombra es flores,
su dulce fruto dulces ruiseñores,
    Coridón se quejaba
    de la ausencia importuna,
15     al rayo de la luna,
que al perezoso río le hurtaba,
    mientras que él no lo siente,
espejos claros de cristal luciente.
    «Injusto Amor –decía–,
20     pues permites que muera
    en extraña ribera,
que por extraña tengo ya la mía,
    válganme contra ausencia
esperanzas armadas de paciencia».

1599 §

115 28 §

    Las aguas de Carrïón,
que a los muros de Palencia
o son grillos de cristal
o espejos de sus almenas,
5     un pescador extranjero
en un barquillo acrecienta,
llorando su libertad,
mal perdida en sus riberas,
    ¡Oh, qué bien llora!
10     ¡Oh, cómo se lamenta!
    Vio la ninfa más hermosa
que dio al aire rubias trenzas
en el coro de Dïana,
que bajaba de las selvas
15     tras un corcillo herido,
que, de bien flechado, vuela,
porque en la fuga son alas
las que en la muerte son flechas.
    ¡Oh, qué bien llora!
20     ¡Oh, cómo se lamenta!
    Las redes al sol tendía
sobre la caliente arena,
cuando se vio salteado
de la cazadora bella.
25     Más despedían, sus ojos,
que trae su aljaba, saetas,
y tanto más ponzoñosas
cuanto es más desdén que hierba.
    ¡Oh, qué bien llora!
30     ¡Oh, cómo se lamenta!
    «¡Oh fiera para los hombres,
perseguidora de fieras
–decía al son de los remos,
que gimen cuando él se queja–:
35     de ti murmuran las aguas,
por disimular mis quejas,
que no alcanzas lo que sigues
y matas lo que te espera».
    ¡Oh, qué bien llora!
40     ¡Oh, cómo se lamenta!

1600 §

116

Al nacimiento de Cristo Nuestro Señor §

    Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;
5     pero más fue nacer en tanto estrecho,
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.
    No fue esta más hazaña, oh gran Dios mío,
10 del tiempo por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte
    (que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

117

Soneto cuatrilingüe, castellano, latino, toscano y portugués §

    Las tablas del bajel despedazadas
(signum naufragii pium et crudele),
del tempio sacro con le rote vele,
ficaraon nas paredes penduradas.
5     Del tiempo las injurias perdonadas,
et Orionis vi nimbosae stellae
raccoglio le smarrite pecorelle
nas ribeiras do Betis espalhadas.
    Volveré a ser pastor, pues marinero
10 quel Dio non vuol, che col suo strale sprona
do Austro os assopros e do Oceam as agoas,
    haciendo al triste son, aunque grosero,
di questa canna, già selvaggia donna,
saudade a as feras, e aos penedos, magoas.

118

De unos papeles que una dama le había escrito, restituyéndoselos en una caja §

    Yacen aquí los huesos sepultados
de una amistad que al mundo será una,
o ya para experiencia de fortuna,
o ya para escarmiento de cuidados.
5     Nació entre pensamientos, aunque honrados,
grave al amor, a muchos importuna,
tanto, que la mataron en la cuna
ojos de invidia y de ponzoña armados.
    Breve urna los sella, como huesos,
10 al fin, de malograda criatura,
pero versos los honran, inmortales,
    que vivirán en el sepulcro impresos,
siendo la piedra Felixmena dura,
Daliso el escultor, cincel sus males.

119 §

¡Qué de invidiosos montes levantados,
    de nieves impedidos,
me contienden tus dulces ojos bellos!
¡Qué de ríos del hielo tan atados,
5     del agua tan crecidos,
me defienden el ya volver a vellos!
    ¡Y qué, burlando dellos,
    el noble pensamiento
por verte viste plumas, pisa el viento!
10 Ni a las tinieblas de la noche obscura
    ni a los hielos perdona,
y a la mayor dificultad engaña;
no hay guardas hoy de llave tan segura
    que nieguen tu persona,
15 que no desmienta con discreta maña,
    ni emprenderá hazaña
    tu esposo cuando lidie,
que no la registre él, y yo no invidie.
Allá vueles, lisonja de mis penas,
20     que con igual licencia
penetras el abismo, el cielo escalas;
y mientras yo te aguardo en las cadenas
    desta rabiosa ausencia,
al viento agravien tus ligeras alas.
25     Ya veo que te calas
    donde bordada tela
un lecho abriga y mil dulzuras cela.
Tarde batiste la invidiosa pluma,
    que en sabrosa fatiga
30 vieras (muerta la voz, suelto el cabello)
la blanca hija de la blanca espuma,
    no sé si en brazos diga
de un fiero Marte, o de un Adonis bello;
    ya anudada a su cuello
35     podrás verla dormida,
y a él casi trasladado a nueva vida.
Desnuda el brazo, el pecho descubierta,
    entre templada nieve
evaporar contempla un fuego helado,
40 y al esposo, en figura casi muerta,
    que el silencio le bebe
    del sueño con sudor solicitado.
Dormid, que el dios alado,
    de vuestras almas dueño,
45 con el dedo en la boca os guarda el sueño.
Dormid, copia gentil de amantes nobles,
    en los dichosos nudos
que a los lazos de amor os dio Himeneo,
mientras yo, desterrado, destos robles
50     y peñascos desnudos
la piedad con mis lágrimas granjeo.
    Coronad el deseo
    de gloria, en recordando:
sea el lecho de batalla campo blando.
55     Canción, di al pensamiento
    que corra la cortina,
y vuelva al desdichado que camina.

120

Al marqués de Guadalcázar; de las damas de palacio §

    No os diremos, como al Cid,
que en cortes no habéis estado,
porque, aunque disimulado,
sé que venís de Madrid.
5 Señor don Diego, venid
mil veces en hora buena,
y aunque os hayan puesto pena,
haced del palacio plaza,
si no os ha puesto mordaza
10 la que os puso en su cadena29.
    Decidnos, señor, de aquellas
flores y luces divinas,
en palacio clavellinas
y en el firmamento estrellas;
15 ángeles que plumas bellas
baten en sus jerarquías,
donde son buenos los días,
pero las noches son malas,
porque al coger de las alas
20 sienten las plumas muy frías.
    Galantísimo señor,
deste cielo, la primera
sea el Puerto y la carrera
de las Indias del amor,
25 el más hermoso, el mejor
extremeño serafín
que dio a España Medellín30.
¡Dichosa la tierra que
besa el cristal de su pie
30 en la plata del chapín!
    Allí donde entre alhelíes
Guadïana se dilata,
la pluma peinó de plata
con el pico de rubíes
35 esta de tantos neblíes
garza real perseguida,
ya que en sus flores le anida
el Tajo glorioso el vuelo,
que en puntas corona el cielo
40 de ave tan esclarecida.
    Si la gloria de Chacón31
de la cabeza a los pies
azúcar y almendras es,
dulce será el corazón32.
45 Néctar sus palabras son;
mas sepa quien no lo sabe
que, de agudas flechas grave,
en sus palabras, Cupido,
como abeja, está escondido
50 en el panal más süave.
    A la bellísima Cerda33,
para el arco que da enojos,
saetas pide a sus ojos
y a su apellido la cuerda,
55 el niño dios, por que pierda
la libertad y el juicio
quien se lo da en sacrificio.
¡Venturoso el ermitaño
que trajese todo el año
60 destas cerdas el cilicio!
    Mucho tiene de admirable
la deidad de Monterrey34,
pues al mismo Amor da ley
por lo bello y por lo afable;
65 cuando dulcemente hable,
cuando dulcemente mire,
¿quién habrá que no suspire?
Cuando corone su frente
de los rayos del oriente,
70 ¿quién habrá que no se admire?
    De la beldad de las Navas35,
dice Amor que, cuando mira,
dorados arpones tira
más que tiene en sus aljabas;
75 las dos, pues, reales pavas
de la Coruña y Belmar36
muy bien pueden coronar
el palacio con sus plumas,
que obscurecen las espumas
80 del uno y del otro mar.
    Aquella belleza rara
que adora el Ebro por diosa,
sol es de Villahermosa,
hermosísimo de cara37;
85 aurora luciente y clara
deste sol aragonés,
si no naciera después,
fuera su hermana divina38,
mas si no es luna menina,
90 estrella de Venus es.
    De la que nació en el mar
las veneras cunas son,
y su hijo en el blasón
nos las hace venerar;
95 de aquel Fénix singular,
honor de los Pimenteles,
buscad, amantes fïeles,
entre estas conchas la perla39,
si dejan sus ojos verla,
100 que son caribes crüeles.
    Decidme de aquella dama
gloria del nombre de Ulloa40,
que, pues la Invidia la loa,
no es bien la calle la Fama;
105 cuarta Gracia Amor la llama
en el palacio real,
y a fe que no dice mal
el dios que hiela y abrasa,
que el título de su casa
110 y las Gracias, todo es sal.
    La extranjera soberana41
que en las montañas no solo,
mas en cuanto pisa Apolo
no la desvió Dïana,
115 oh venturosa alemana
que privas a cualquier hora
con la casta cazadora:
¡dichoso el que en ti aventura
el logro de tu hermosura
120 y el favor de tu señora!
    Aquel resplandor rosado
de la luz que al mundo viene,
aunque es Alvarado, tiene
más de alba que de Alvarado42;
125 no amanece, y da cuidado
a los dulces ruiseñores,
que esperan entre las flores
saludar al rayo nuevo
del lucidísimo Febo
130 que ha de dorar los alcores.
    Al Mondego dio cristal,
si de oro al Tajo no arena,
doña Beatriz de Villena,
trofeo de Portugal43;
135 y a la que no tiene igual
en hermosura y saber,
gloria, majestad y ser
de los Osorios de Astorga44,
Amor dice que le otorga
140 sus armas y su poder.
    Puesta en el brinco pequeño
de Altamira la mira alta45,
hallaréis que él solo esmalta
cuantas joyas os enseño;
145 crecerá, y quitará el sueño
a la beldad y a la gala;
en el balcón y la sala
prestará rayos al sol,
sin que haya ángel español
150 que no venza ala por ala.
    Las blancas tocas, señor,
no perdono de la guarda,
mayor sí, pero gallarda
tanto como la menor46;
155 santo y venerable honor
de mi patria y de su estado,
mas pastora de un ganado
que está convidando al lobo,
yo sé decir, aunque bobo,
160 que a Argos diera cuidado.

121 §

Los dineros del sacristán
cantando se vienen y cantando se van.
Tres hormas, si no fue un par,
fueron la llave maestra
5 de la pompa que hoy nos muestra
un hidalgo de solar.
Con plumajes a volar
un hijo suyo salió,
que asuela lo que él soló,
10 y la hijuela loquilla
de ámbar quiere la jervilla
que desmienta al cordobán.
Los dineros del sacristán
cantando se vienen y cantando se van.
15 Dos troyanos y dos griegos,
con sus celosas porfías,
arman a Helena en dos días
de joyas y de talegos;
como es dinero de ciegos,
20 y no ganado a oraciones,
recibe dueñas con dones
y un portero rabicano;
su grandeza es un enano,
su melarquía, un truhán.
25 Los dineros del sacristán
cantando se vienen y cantando se van.
Labra el letrado un real
palacio, por que sepades
que interés y necedades
30 en piedras hacen señal;
hácelo luego hospital
un halconero pelón,
a quien hija y corazón
dio en dote, que ser le plugo,
35 para la mujer, verdugo,
para el dote, gavilán.
Los dineros del sacristán
cantando se vienen y cantando se van.
Con dos puñados de sol
40 y cuatro tumbos de dado
repite el otro soldado
para conde de Tirol;
fénix lo hacen, español,
collar de oro y plumas bellas;
45 despidiendo está centellas
de sus joyas, mas la suerte
en gusano lo convierte,
de pájaro tan galán.
Los dineros del sacristán
50 cantando se vienen y cantando se van.
Herencia que a fuego y hierro
malogró cuatro parientes,
halló al quinto con los dientes
peinando la calva a un puerro;
55 heredó por dicha o yerro,
y a su gula no perdona;
pavillos nuevos capona
mientras francolines ceba,
y al fin, en su mesa Eva
60 siempre está tentando a Adán.
Los dineros del sacristán
cantando se vienen y cantando se van.

122 §

Allá darás, rayo,
en cas de Tamayo.
    De hospedar a gente extraña
o flamenca o ginovés,
5 si el huésped overo es
y la huéspeda castaña,
según la raza de España,
sale luego el potro bayo.
    Allá darás, rayo,
10     en cas de Tamayo.
    De muy grave la viudita
llama padre al capellán
con quien sus hijos están,
y Amor, que la solicita,
15 hace que por padre admita
al que recibió por ayo.
    Allá darás, rayo,
    en cas de Tamayo.
    Alguno hay en esta vida,
20 que sé yo que es menester
que a su querida mujer
(nunca fuera tan querida)
tomen, antes, la medida,
que a él le corten el sayo.
25     Allá darás, rayo,
    en cas de Tamayo.
    Con su lacayo en Castilla
se acomodó una casada;
no se le dio al señor nada,
30 porque no es gran maravilla
que el amo deje la silla,
y que la ocupe el lacayo.
    Allá darás, rayo,
    en cas de Tamayo.
35     Opilose vuestra hermana
y diole el doctor su acero;
tráela de otero en otero
menos honesta y más sana;
diole por septiembre el mana,
40 y vino a purgar por mayo.
    Allá darás, rayo,
    en cas de Tamayo.

123

[A dama moza casada con un viejo] §

A.

¿Por qué llora la Isabelitica?
    ¿Qué chiribica?

B.

Cheriba un ochavo de oro,
danme un cualto de pata, y lloro.

A.

5     ¿Quién del Amor hizo bravos
los más dulces desenojos?
¿Quién dio perlas a tus ojos,
que no las redima a ochavos?

B.

Un vieho de los dïabos
10 que adora y no saquifica.

A.

¿Por qué llora la Isabelitica?
    ¿Qué chiribica?

B.

    Ya en paharitos no tato,
que se los come la gata,
15 ni en cualtos, aunque de pata
milenta vomite el gato.

A.

Pague ese buen viejo el pato,
pues tal polla mortifica.
¿Por qué llora la Isabelitica?
20     ¿Qué chiribica?

B.

    Serle chero sanguisuela,
pues babosa es para mí47.

A.

Las venas del Potosí
sabrás chupar, Isabela.

B.

25 Esto mi señora abela
me lo enseñó desde chica.

A.

¿Por qué la Isabelitica?
    ¿Qué chiribica?
¿Es galán?

B.

     Sobre Martín
30 cae su gala, si lo es.

A.

¿Sírvete con algún tres?

B.

Servidor es muy rüín.

A.

No hay barbero viejo al fin
que no sea de Malpica.
35 ¿Por qué llora la Isabelitica?
    ¿Qué chiribica?

124 48 §

    Sobre unas altas rocas,
ejemplo de firmeza,
que encuentra, noche y día,
el mar, estando quedas,
5 aquel pescadorcillo
a quien su ninfa bella
dejó el año pasado,
la red sobre la arena,
¡oh, cómo se lamenta!
10     De una parte, las aguas,
de otra parte, las fieras,
y de entrambas, el viento,
lo escuchan, y se enfrenan,
que a todas ellas hacen
15 igual sabrosa fuerza,
lo dulce de la voz,
la razón de las quejas.
¡Oh, cómo se lamenta!
    «¿Hasta cuándo, enemiga,
20 competirá en dureza
tu duro corazón
con las más duras piedras?
¿Hasta cuándo harás
al son de mis querellas
25 lo que al latido hace,
de los canes, la cierva?»
¡Oh, cómo se lamenta!
    «Hoy hace, ingrata, un año
que, huyendo ligera,
30 no te conoce el suelo
y atrás el aire dejas;
hoy hace un año, ingrata,
que el mar, como por pena
de que tú no las pisas,
35 azota estas riberas».
¡Oh, cómo se lamenta!
    «Tu vuelo en todo el mundo,
por olas o por tierra,
lo más ligero alcanza,
40 lo más libre sujeta.
Si aquesta se te escapa,
di, Amor, ¿qué te aprovechan
los filos de tus alas,
las puntas de tus flechas?»
45 ¡Oh, cómo se lamenta!

1601 §

125 §

Dineros son calidad,
    verdad.
Más ama quien más suspira,
    mentira.
5     Cruzados hacen cruzados,
escudos pintan escudos,
y tahúres muy desnudos
con dados ganan condados;
ducados dejan ducados,
10 y coronas, majestad:
    verdad.
    Pensar que uno solo es dueño
de puerta de muchas llaves,
y afirmar que penas graves
15 las paga un mirar risueño,
y entender que no son sueño
las promesas de Marfira:
    mentira.
    Todo se vende este día,
20 todo el dinero lo iguala:
la corte vende su gala,
la guerra, su valentía;
hasta la sabiduría
vende la universidad:
25     verdad.
    En Valencia muy preñada
y muy doncella en Madrid,
cebolla en Valladolid
y en Toledo mermelada,
30 Puerta de Elvira en Granada
y en Sevilla doña Elvira:
    mentira.
    No hay persona que hablar deje
al necesitado en plaza,
35 todo el mundo le es mordaza,
aunque él por señas se queje,
que tiene cara de hereje,
y aun fe, la necesidad:
    verdad.
40     Siendo como un algodón,
nos jura que es como un hueso,
y quiere probarnos eso
con que es su cuello almidón,
goma su copete, y son
45 sus bigotes alquitira:
    mentira.
    Cualquiera que pleitos trata,
aunque sean sin razón,
deje el río Marañón
50 y entre el río de la Plata,
que hallará corriente grata
y puerto de claridad:
    verdad.
    Siembra en una artesa berros
55 la madre, y sus hijas todas
son perras de muchas bodas
y bodas de muchos perros,
y sus yernos rompen hierros
en la torna de Algecira:
60     mentira.

126 §

    «En tanto que mis vacas,
sin oíllos, condenan
en frutos los madroños
desta fragosa sierra,
5     quiero cantar, llorando
a sombras desta peña,
de áspera, invencible,
segunda Galatea,
    que, pues osó fïarle
10 en intricadas trepas
sus verdes corazones
esta amorosa hiedra,
    fiarle podré yo
lagrimosas endechas;
15 mas, ¡ay triste, que es sorda
segunda Galatea!
    ¡Mal haya quien emplea
su fe en la que, con arco y con aljaba,
parece niño Amor, y es fiera brava!
20     »Divina cazadora,
que, de seguir las fieras,
has dado en imitallas
y, para mí, excedellas:
    de esa tu media luna
25 junta las empulgueras,
y al desdén satisfaga
la más volante flecha,
    que saldrá a recibilla,
por jubilar sus penas,
30 en el pecho que huyes,
el alma que desdeñas».
    No pudo decir más,
porque entre la maleza
un jabalí espumoso
35 le salteó sus quejas;
    lebreles lo forzaron
a tomar la dehesa,
y a despreciar venablos
y perros que lo aquejan.
40     El vaquero, admirado
de que, rompiendo telas,
huya: «¡Oh fiera —le dice—,
segunda Galatea!
    ¡Mal haya quien emplea
45 su fe en la que, con arco y con aljaba,
parece niño Amor, y es fiera brava!»

1602 §

127 §

    Verdes juncos del Duero a mi pastora
tejieron dulce generosa cuna;
blancas palmas, si el Tajo tiene alguna,
cubren su pastoral albergue ahora.
5     Los montes mide y las campañas mora
flechando una dorada media luna,
cual dicen que a las fieras fue importuna
del Eurota la casta cazadora.
    De un blanco armiño el esplendor vestida,
10 los blancos pies distinguen de la nieve
los coturnos que calza esta homicida;
    bien tal, pues, montaraz y endurecida,
contra las fieras solo un arco mueve,
y dos arcos tendió contra mi vida.

128 §

    Vuelas, oh tortolilla,
    y al tierno esposo dejas
    en soledad y quejas;
    vuelves después gimiendo,
5     recíbete arrullando,
    lasciva tú, si él blando;
    dichosa tú mil veces,
    que con el pico haces
dulces guerras de amor y dulces paces.
10     Testigo fue a tu amante,
    aquel vestido tronco,
    de algún arrullo ronco;
    testigo también tuyo
    fue, aquel tronco vestido,
15     de algún dulce gemido;
    campo fue de batalla
    y tálamo fue luego:
árbol que tanto fue perdone el fuego.
    Mi piedad una a una
20     contó, aves dichosas,
    vuestras quejas sabrosas;
    mi invidia ciento a ciento
    contó, dichosas aves,
    vuestros besos süaves.
25     Quien besos contó y quejas,
    las flores cuente a mayo,
y al cielo las estrellas rayo a rayo.
    Injuria es, de las gentes,
    que de una tortolilla
30     Amor tenga mancilla,
    y que de un tierno amante
    escuche sordo el ruego
    y mire el daño ciego;
    al fin, es dios alado,
35     y plumas no son malas
para lisonjear a un dios con alas.

129 §

    Cura que en la vecindad
vive con desenvoltura,
¿para qué le llaman cura,
si es la misma enfermedad?
5     El cura que seglar fue,
y tan seglar se quedó,
y aunque órdenes recibió
hoy tan sin orden se ve,
pues de sus vecinas sé
10 que perdió la continencia,
no le llamen reverencia,
que se hace paternidad.
Cura que en la vecindad
vive con desenvoltura,
15 ¿para qué le llaman cura,
si es la misma enfermedad?
    Si una y otra es su comadre
de cuantas vecinas vemos,
de hoy más su nombre mudemos
20 de cura en el de compadre:
y si le llamare padre
algún rapaz tiernamente,
la voz de aquel inocente
misterio encierra, y verdad.
25 Cura que en la vecindad
vive con desenvoltura,
¿para qué le llaman cura,
si es la misma enfermedad?
    Cura que a su barrio entero
30 trata de escandalizallo,
ya no es cura, sino gallo
de todo aquel gallinero;
si enfermó por su dinero
a las más que toca, el preste
35 ya no es cura, sino peste
por tan mala cualidad.
Cura que en la vecindad
vive con desenvoltura,
¿para qué le llaman cura,
40 si es la misma enfermedad?

130 §

    ¡Oh cuán bien que acusa Alcino,
Orfeo de Guadïana,
unos bienes sin firmeza
y unos males sin mudanza!
5     Pulsa las templadas cuerdas
de la cítara dorada,
y al son desata los montes,
y al son enfrena las aguas.
    ¡Oh cuán bien canta su vida,
10 cuán bien llora su esperanza!
Y el monte y el agua escuchan
lo que llora y lo que canta:
«La vida es corta, y la esperanza, larga,
el bien huye de mí, y el mal se alarga.
15     »El bien es aquella flor
que la ve nacer el alba,
al rayo del sol caduca,
y la sombra no la halla.
    El mal, la robusta encina
20 que vive con la montaña,
y de siglo en siglo el tiempo
le peina sus verdes canas.
    La vida es ciervo herido
que las flechas le dan alas;
25 la esperanza, el animal
que en sus pies mueve su casa.
La vida es corta, y la esperanza, larga,
el bien huye de mí, y el mal se alarga».

131 §

    Según vuelan por el agua
tres galeotas de Argel,
un aquilón africano
las engendró a todas tres;
5     y según los vientos pisa
un bergantín genovés,
si no viste, el temor, alas,
de plumas tiene los pies.
    Mortal caza vienen dando
10 al fugitivo bajel,
en que a Nápoles pasaba,
en conserva del virrey,
    un español con dos hijas,
una, sol, y otra, clavel,
15 que tuvieron a León
por oriente, y por vergel.
    Derrotólo un temporal
y, ya que no dio al través,
a vista dio, de Morato,
20 renegado calabrés.
    El tagarote africano,
que la español garza ve,
en su noble sangre piensa
esmaltar el cascabel;
25     peinándole va las plumas,
mas el viento burla dél,
interpuesto entre las alas
y entre la garra crüel.
    Ya surcan el mar de Denia,
30 ya sus altas torres ven,
grandeza del duque ahora,
título, ya, del marqués.
    De sus torres los descubren
y, en distinguiendo después
35 la cruz en el tafetán,
la luna en el alquicel,
    ocho o diez piezas disparan,
que en ocho globos o diez
envuelven, de negro humo,
40 al cosario su interés.
    Los brazos del puerto ocupa
con fatiga y con placer,
el bergantín, destrozado
desde la quilla al garcés.
45     El leonés (agradecido
al cielo, de tanto bien),
de libertad coronado,
dice, si no de laurel:
    «Oh puerto, templo del mar,
50 cuya húmida pared
antes faltará, que tablas
señas de naufragios den;
    fortaleza imperïosa,
terror de África, y desdén;
55 yugo fuerte y real espada,
que reprime y que da ley:
    defensa os debo, y abrigo,
mi libertad vuestra es,
y mi lengua, desatada
60 en alabanzas, también;
    con tus altos muros viva
tu ínclito dueño, a quien,
como a ti el Mediterráneo,
la invidia le bese el pie.
65     Inmortal sea, su memoria,
en la gracia de su rey,
por galardón proseguida,
si comenzó por merced,
    que servicios tan honrados,
70 y de Acates tan fïel,
inmortalidad merecen,
si no de vida, de fe».

132 §

    En un pastoral albergue,
que la guerra entre unos robres
lo dejó por escondido
o lo perdonó por pobre,
5     do la paz viste pellico
y conduce, entre pastores,
ovejas del monte al llano,
y cabras del llano al monte,
    mal herido y bien curado,
10 se alberga un dichoso joven,
que, sin clavarle, Amor, flecha,
lo coronó de favores.
    Las venas con poca sangre,
los ojos con mucha noche,
15 lo halló en el campo aquella
vida y muerte de los hombres.
    Del palafrén se derriba,
no porque al moro conoce,
sino por ver que la hierba
20 tanta sangre paga en flores.
    Límpiale el rostro, y la mano
siente al Amor que se esconde
tras las rosas, que la muerte
va violando sus colores
25     (escondiose tras las rosas,
por que labren sus arpones
el diamante del Catay
con aquella sangre noble).
    Ya le regala los ojos,
30 ya le entra, sin ver por dónde,
una piedad mal nacida
entre dulces escorpiones;
    ya es herido el pedernal,
ya despide, el primer golpe,
35 centellas de agua. ¡Oh piedad,
hija de padres traidores!
    Hierbas aplica a sus llagas,
que, si no sanan entonces,
en virtud de tales manos
40 lisonjean los dolores.
    Amor le ofrece su venda,
mas ella sus velos rompe
para ligar sus heridas;
los rayos del sol perdonen.
45     Los últimos nudos daba,
cuando el cielo la socorre
de un villano en una yegua,
que iba penetrando el bosque.
    Enfrénanlo de la bella
50 las tristes piadosas voces,
que, los firmes troncos, mueven,
y las sordas piedras oyen.
    Y la, que mejor se halla
en las selvas que en la corte,
55 simple bondad, al pío ruego
cortésmente corresponde.
    Humilde se apea el villano,
y sobre la yegua pone
un cuerpo con poca sangre,
60 pero con dos corazones.
    A su cabaña los guía,
que el sol deja su horizonte,
y el humo de su cabaña
les va sirviendo de norte.
65     Llegaron temprano a ella,
do una labradora acoge
un mal vivo con dos almas
y una ciega con dos soles.
    Blando heno, en vez de pluma,
70 para lecho les compone,
que será tálamo luego
do el garzón sus dichas logre.
    Las manos, pues, cuyos dedos
de esta vida fueron dioses,
75 restituyen a Medoro
salud nueva, fuerzas dobles,
    y le entregan, cuando menos,
su beldad y un reino en dote,
segunda invidia de Marte,
80 primera dicha de Adonis.
    Corona, un lascivo enjambre
de cupidillos menores,
la choza, bien como abejas,
hueco tronco de alcornoque.
85     ¡Qué de nudos le está dando
a un áspid la Invidia torpe,
contando de las palomas
los arrullos gemidores!
    ¡Qué bien la destierra Amor,
90 haciendo la cuerda azote,
por que el caso no se infame
y el lugar no se inficione!
    Todo es gala el africano,
su vestido espira olores,
95 el lunado arco suspende
y el corvo alfanje depone;
    tórtolas enamoradas
son sus roncos atambores,
y los volantes de Venus,
100 sus bien seguidos pendones.
    Desnuda el pecho anda ella,
vuela el cabello sin orden;
si lo abrocha, es con claveles,
con jazmines, si lo coge.
105     El pie calza en lazos de oro,
por que la nieve se goce,
y no se vaya por pies
la hermosura del orbe.
    Todo sirve a los amantes:
110 plumas les baten, veloces,
airecillos lisonjeros,
si no son murmuradores;
    los campos les dan alfombras,
los árboles, pabellones,
115 la apacible fuente, sueño,
música, los ruiseñores;
    los troncos les dan cortezas
en que se guarden sus nombres
mejor que en tablas de mármol
120 o que en láminas de bronce:
    no hay verde fresno sin letra,
ni blanco chopo sin mote;
si un valle «Angélica» suena,
otro «Angélica» responde.
125     Cuevas, do el silencio apenas
deja que sombras las moren,
profanan con sus abrazos,
a pesar de sus horrores.
    Choza, pues, tálamo y lecho,
130 cortesanos labradores,
aires, campos, fuentes, vegas,
cuevas, troncos, aves, flores,
    fresnos, chopos, montes, valles,
contestes de estos amores,
135 el cielo os guarde, si puede,
de las locuras del Conde.

1603 §

133

De una quinta del conde de Salinas, ribera de Duero §

    De ríos, soy el Duero, acompañado,
en estas apacibles soledades,
que, despreciando muros de ciudades,
de álamos camino coronado.
5     Este, que siempre veis alegre, prado
teatro fue de rústicas deidades,
plaza ahora, a pesar de las edades,
deste edificio a Flora dedicado.
    Aquí se hurta al popular rüido
10 el Sarmiento real, y sus cuidados
parte aquí con la verde primavera.
    El yugo desta puente he sacudido
por hurtarle a su ocio mi ribera49.
Perdonad, caminantes fatigados.

134

En el sepulcro de la duquesa de Lerma §

    ¡Ayer deidad humana, hoy poca tierra;
aras ayer, hoy túmulo, oh mortales!
Plumas, aunque de águilas reales,
plumas son; quien lo ignora, mucho yerra.
5     Los huesos que hoy este sepulcro encierra,
a no estar entre aromas orientales,
mortales señas dieran de mortales;
la razón abra lo que el mármol cierra.
    La Fénix que ayer Lerma fue su Arabia
10 es hoy entre cenizas un gusano,
y de conciencia a la persona sabia.
    Si una urca se traga, el oceano,
¿qué espera un bajel luces en la gavia?
Tome tierra, que es tierra el ser humano.

135

Para lo mismo §

    Lilio siempre real nací en Medina
del cielo, con razón, pues nací en ella;
ceñí de un duque excelso, aunque flor bella,
de rayos más que flores frente dina.
5     Lo caduco esta urna peregrina,
oh peregrino, con majestad sella;
lo fragrante, entre una y otra estrella
vista no fabulosa determina.
    Estrellas son de la guirnalda griega
10 lisonjas luminosas, de la mía
señas obscuras, pues ya el sol corona.
    La suavidad que espira el mármol (llega)
del muerto lilio es, que aun no perdona
el santo olor a la ceniza fría.

136

De los señores reyes don Felipe III y doña Margarita en una montería §

    Clavar victorïoso y fatigado
al español Adonis vio la Aurora,
al tronco de una encina vividora,
las prodigiosas armas de un venado.
5     Conducida, llegó a pisar el prado,
del blanco cisne que en las aguas mora,
su Venus alemana, y fue a tal hora,
que en sus brazos depuso su cuidado.
    «Este trofeo —dijo— a tu infinita
10 beldad consagro»; y la lisonja creo
que en ambos labios se la dejó escrita.
    Silbó el aire, y la voz de algún deseo
«Viva Filipo, viva Margarita
—dijo— los años de tan gran trofeo».

137

A las damas de palacio §

    Hermosas damas, si la pasión ciega
no os arma de desdén, no os arma de ira,
¿quién con piedad al andaluz no mira,
y quién al andaluz su favor niega?
5     En el terrero, ¿quién humilde ruega,
fïel adora, idólatra suspira?
¿Quién en la plaza los bohordos tira,
mata los toros, y las cañas juega?
    En los saraos, ¿quién lleva las más veces
10 los dulcísimos ojos de la sala,
sino galanes del Andalucía?
    A ellos les dan siempre los jüeces,
en la sortija, el premio de la gala,
en el torneo, de la valentía.

138

A una dama que, habiéndola conocido hermosa niña, la conoció después bellísima mujer §

    Si Amor entre las plumas de su nido
prendió mi libertad, ¿qué hará ahora,
que en tus ojos, dulcísima señora,
armado vuela, ya que no vestido?
5     Entre las vïoletas fui herido
del áspid que hoy entre los lilios mora;
igual fuerza tenías, siendo aurora,
que ya como sol tienes, bien nacido.
    Saludaré tu luz con voz doliente,
10 cual tierno ruiseñor en prisión dura
despide quejas, pero dulcemente.
    Diré cómo de rayos vi tu frente
coronada, y que hace, tu hermosura,
cantar las aves y llorar la gente.

139

Entrando en Valladolid, donde estaba la corte §

    Llegué a Valladolid, registré luego
desde el bonete al clavo de la mula;
guardo el registro, que será mi bula
contra el cuidado del señor don Diego50.
5     Busqué la corte en él, y yo estoy ciego,
o en la ciudad no está o se disimula;
celebrando dïetas vi a la gula,
que Platón para todos está en griego.
    La lisonja hallé, y la ceremonia,
10 con luto, idolatrados los caciques,
amor sin fe, interés con sus virotes.
    Todo se halla en esta Babilonia,
como en botica, grandes alambiques,
y más en ella títulos que botes.

140

A los ríos Pisuerga y Esgueva51 §

    Jura Pisuerga, a fe de caballero,
que de vergüenza corre, colorado,
solo en ver que de Esgueva acompañado
ha de entrar a besar la mano a Duero.
5     Es sucio Esgueva para compañero
(culpa de la mujer de algún privado),
y perezoso para dalle el lado,
y así ha corrido siempre muy trasero.
    Llegados a la puente de Simancas,
10 teme Pisuerga, que una estrecha puente
temella puede el mar sin cobardía.
    No se le da a Esguevilla cuatro blancas;
mas ¿qué mucho, si pasa su corriente
por más estrechos ojos cada día?

141 §

    ¡Oh qué malquisto con Esgueva quedo,
con su agua turbia y con su verde puente!
Miedo le tengo: hallará la gente
en mis calzas los títulos del miedo.
5     ¿Quiere ser río? Yo se lo concedo;
corra (que necesaria es su corriente)
con orden y rüido, el que consiente
Antonio en su reglilla de ordo pedo.
    Camine ya con estos pliegos míos
10 peón particular, quitado el parte,
y ejecute en mis versos sus enojos,
    que le confesaré de cualquier arte,
que, como el más notable de los ríos,
tiene llenos los márgenes de ojos.

142

Al mismo intento de la corte estando en Valladolid, ponderando su poca limpieza y la vanidad de las mujeres della §

    ¿Vos sois Valladolid? ¿Vos sois el valle
de olor? ¡Oh fragrantísima ironía!
A rosa oléis, y sois de Alejandría,
que pide al cuerpo más que puede dalle.
5     Serenísimas damas de buen talle,
no os andéis cocheando todo el día,
que en dos mulas mejores que la mía
se pasea el estiércol por la calle.
    Los que en esquinas vuestros corazones
10 asáis por quien, alguna noche clara,
os vertió el pebre y os mechó sin clavos,
    ¿pasáis por tal que sirvan los balcones,
los días, a los ojos de la cara,
las noches, a los ojos de los rabos?

143

Al mal clima de Valladolid y a su confusión en tiempo de la corte §

    Valladolid, de lágrimas sois valle,
y no quiero deciros quién las llora,
valle de Josafat, sin que en vos hora,
cuanto más día de jüicio se halle.
5     Pisado he vuestros muros calle a calle,
donde el engaño con la corte mora,
y cortesano sucio os hallo ahora,
siendo villano, un tiempo, de buen talle52.
    Todo sois condes, no sin nuestro daño;
10 dígalo el andaluz, que en un infierno
debajo de una tabla escrita posa53.
    No encuentra al de Buendía en todo el año;
al de Chinchón sí, ahora, y el invierno,
al de Niebla, al de Nieva, al de Lodosa.

144

De unas fiestas en Valladolid §

    La plaza, un jardín fresco; los tablados
un encañado de diversas flores;
los toros, doce tigres matadores,
a lanza y a rejón despedazados;
5     la jineta, dos puestos coronados
de príncipes, de grandes, de señores;
las libreas, bellísimos colores,
arcos del cielo, o proprios o imitados;
    los caballos, favonios andaluces,
10 gastándole al Perú oro en los frenos,
y los rayos al sol en los jaeces,
    al trasponer de Febo ya las luces,
en mejores adargas, aunque menos,
Pisuerga vio lo que Genil mil veces.

145 §

    Sobre trastes de guijas
    cuerdas mueve de plata
Pisuerga, hecho cítara doliente;
    y en robustas clavijas
5     de álamos, las ata
hasta Simancas, que le da su puente:
    al son deste instrumento
partía un pastor sus quejas con el viento.
    «Oh río —le decía—,
10     que al tronco menos verde
lo guarnecen de perlas tus espumas:
    si la enemiga mía
    pasos por aquí pierde,
calzada el fugitivo pie de plumas,
15     por que no vuele tanto
deténganla tu música o mi llanto.
    »Si tú haces que oya
    debajo desta hiedra
mis lágrimas, que siguen tu armonía,
20     octavo muro a Troya
    renacer piedra a piedra
hará tu son de su ceniza fría,
    que es más posible caso
convocar piedras que enfrenalle el paso.
25     «Viento y quejas burlando,
    huye; sean ahora
término de su fuga tus riberas,
    que si un acento blando
    de cítara sonora
30 enfrenó ríos y desarmó fieras,
    tú, ya cítara hecho,
firmeza al pie le da, piedad al pecho».

146

En el dichoso parto de la señora reina doña Margarita §

    Abra dorada llave
las puertas de la edad, y el nuevo Jano,
    pues entre siglos sabe
que el tercer año guarda el Tiempo cano,
5     peinando día por día
para el tercer Filipo a quien lo envía,
    hoy lo introduzga a España,
de paz vestido y de victoria armado;
    la Copia a la campaña
10 rubias espigas dé con pie dorado,
    la Salud pise el suelo,
purgando el aire y aplacando el cielo.
    Tráiganos hoy Lucina
al palacio real, real venera
15     de nuestra perla fina,
madre de perlas, y que serlo espera
    de un sol luciente ahora,
si ha pocos años que nació la Aurora.
    Venga alegre, y con ella
20 vengan las Gracias, que, dichosas Parcas,
    rayos de amiga estrella
hilen, estambre digno de monarcas;
    cuide real Fortuna
del dulce movimiento de la cuna.
25     Felicidades sean
las que administren sus primeros paños,
    las Virtudes se vean
mover el pie de sus segundos años.
    Unas y otras edades
30 virtudes sean y felicidades.
    Armada a Palas veo,
soltar el huso y empuñar la lanza;
    lisonja es del deseo,
corresponda el deseo a la esperanza:
35     príncipe tendrá España,
que nunca una deidad tanta fe engaña.

147 §

    De un monte en los senos, donde
daba un tronco entre unas peñas
dulces sonorosas señas
de los cristales que esconde,
5 Eco, que al latir responde
del sabueso diligente,
condujo, perlas su frente,
fatigada cazadora,
que blancos lilios fue un hora
10 a las orlas de la fuente.
    Montaña que, eminente,
    al viento tus encinas
sonantes cuernos son, roncas bocinas:
    toca, toca, toca,
15     monteros convoca
    tras la blanca cierva
    que, sudando aljófar,
    corona la hierba.
    Treguas poniendo al calor,
20 lisonjean su fatiga,
no sé cuáles plumas diga,
del Céfiro o del Amor;
no a blanca o purpúrea flor
abeja, más diligente,
25 liba el rocío luciente,
que las dos alas, sin verlas,
desvanecieron las perlas
que invidia el nácar de oriente.
    Montaña que, eminente,
30     al viento tus encinas
sonantes cuernos son, roncas bocinas:
    toca, toca, toca,
    monteros convoca
    tras la blanca cierva
35     que, sudando aljófar,
    corona la hierba.
    De Clori bebe, el oído,
el son del agua risueño,
y al instrumento del sueño
40 cuerdas ministra el rüido;
duerme y, Narciso, Cupido
cuando más está pendiente,
no sobre el cristal corriente,
sobre el dormido cristal,
45 fiera, rompiendo el jaral,
rompe el sueño juntamente.
    Montaña que, eminente,
    al viento tus encinas
sonantes cuernos son, roncas bocinas:
50     toca, toca, toca,
    monteros convoca
    tras la blanca cierva
    que, sudando aljófar,
    corona la hierba.

148 §

    Una moza de Alcobendas
sobre su rubio tranzado
pidió la fe que le he dado,
porque eran de oro las prendas;
5 concertados sin contiendas
nuestros dulces desenojos,
me pidió sobre sus ojos
por lo menos un doblón;
yo, aunque de esmeralda son,
10 se lo libré en Tremecén.
    ¿Hice bien?
    En el dedo de un doctor
engastado en oro vi
un finísimo rubí,
15 porque es siempre este color
el antídoto mejor
contra la melancolía;
yo, por alegrar la mía,
un rubí desaté en oro;
20 el rubí me lo dio Toro,
el oro, Ciudad Real.
    ¿Hice mal?

149 §

    ¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva este río crecido,
y llevará cada día,
5 las cosas que por la vía
de la cámara han salido,
y cuanto se ha proveído,
según leyes de Digesto,
por jüeces que, antes desto,
10 lo recibieron a prueba.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva el cristal que le envía
una dama y otra dama,
15 digo el cristal que derrama
la fuente de mediodía,
y lo que da la otra vía,
sea pebete o sea topacio,
que, al fin, damas de palacio
20 son ángeles hijos de Eva.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva lágrimas cansadas
de cansados amadores,
25 que, de puro servidores,
son de tres ojos lloradas;
de aquel, digo, acrecentadas,
que una nube le da enojo,
porque no hay nube de este ojo
30 que no truene y que no llueva.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva pescado de mar,
aunque no muy de provecho,
35 que, salido del estrecho,
va a Pisuerga a desovar;
si antes era calamar
o si antes era salmón,
se convierte en camarón
40 luego que en el río se ceba.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva, no patos reales
ni otro pájaro marino,
45 sino el noble palomino
nacido en nobles pañales;
colmenas lleva y panales,
que el río les da posada;
la colmena es vidrïada,
50 y el panal es cera nueva.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.
    Lleva, sin tener su orilla
árbol ni verde ni fresco,
55 fruta que es toda de cuesco,
y, de madura, amarilla;
hácese della en Castilla
conserva en cualquiera casa,
y tanta ciruela pasa,
60 que no hay quien sin ella beba.
¿Qué lleva el señor Esgueva?
Yo os diré lo que lleva.

150 §

    En dos lucientes estrellas,
y estrellas de rayos negros,
dividido he visto el sol
en breve espacio de cielo;
5     el luciente oficio hacen
de las estrellas de Venus,
las mañanas, como el alba,
las noches, como el lucero.
    Las formas perfilan de oro,
10 milagrosamente haciendo,
no las bellezas obscuras,
sino los obscuros bellos;
    cuyos rayos para él
son las llaves de su puerto,
15 si tiene puertos un mar
que es todo golfos y estrechos.
    Pero no son tan piadosos,
aunque sí lo son, pues vemos
que visten rayos de luto
20 por cuantas vidas han muerto.

151 §

    En los pinares de Júcar
vi bailar unas serranas
al son del agua en las piedras
y al son del viento en las ramas;
5     no es blanco coro de ninfas
de las que aposenta el agua,
o las que venera el bosque
seguidoras de Dïana:
    serranas eran, de Cuenca,
10 honor de aquella montaña
cuyo pie besan dos ríos
por besar dellas las plantas.
    Alegres corros tejían,
dándose las manos blancas,
15 de amistad, quizá temiendo
no la truequen las mudanzas.
¡Qué bien bailan las serranas!
    ¡Qué bien bailan!
    El cabello en crespos nudos
20 luz da al sol, oro a la Arabia,
cuál de flores impedido,
cuál, de cordones de plata.
    Del color visten, del cielo,
si no son de la esperanza,
25 palmillas que menosprecian
al zafiro y la esmeralda.
    El pie, cuando lo permite
la brújula de la falda,
lazos calza, y mirar deja
30 pedazos de nieve y nácar.
    Ellas, en su movimiento,
honestamente levantan
el cristal de la columna
sobre la pequeña basa.
35 ¡Qué bien bailan las serranas!
    ¡Qué bien bailan!
    Una, entre los blancos dedos
hiriendo negras pizarras,
instrumento de marfil
40 que las Musas lo invidiaran,
    las aves enmudeció
y enfrenó el curso del agua;
no se movieron las hojas
por no impedir lo que canta:
45      Serranas de Cuenca
    iban al pinar,
    unas, por piñones,
    y otras, por bailar.
    Bailando, y partiendo,
50 las serranas bellas,
    un piñón con otro,
    si ya no es con perlas,
     de Amor las saetas
    huelgan de trocar,
55     unas, por piñones,
    y otras, por bailar.
     Entre rama y rama,
    cuando el ciego dios
    pide al sol los ojos
60     por verlas mejor,
     los ojos del sol
    las veréis pisar,
    unas, por piñones,
    y otras, por bailar.

152 54 §

    Cuando la rosada Aurora,
o violada, si es mejor
(escojan los epitétos,
que ambos de botica son),
5     las alboradas de abril,
vierte desde su balcón
como en posesión del día
perlas que desate el sol,
    entre ciertos alcaceles,
10 una sarta se halló,
de estas orientales perlas,
el machuelo de un doctor.
    Fïóselas el Aurora,
mas él, de buen pagador,
15 en solo un abrir de ojo,
en doblones la pagó.
    Al rüido de la paga,
que con trompetas llamó,
ya que no con atabales,
20 a dar la satisfación,
    salió el sol, y halló al machuelo,
y al médico su señor,
que había contado el dinero
con un pie, y aun con los dos.
25     Estaba el varón cual veis
(si es macho cada varón),
hecho un macho, por la liga
que en la moneda halló:
    remedio contra extranjeros
30 que el oro fino español
traducen en ginovés
para pasallo mejor;
    yo les doy que pasen este
que el macho desembolsó,
35 y en su lengua lo traduzgan
con observancia y rigor.
    No rocín de perulero,
digo, de conquistador,
con más oro y menos clavos
40 en aquel tiempo se herró,
    que se herró nuestro Esculapio,
bien bañado, y de ramplón,
porque tiene malos cascos,
y así lo afianzaron hoy.
45     Filósofo en el desprecio,
aun más que en la profesión,
debajo de los pies tiene
el tesoro que se halló;
    tanta riqueza aborrece,
50 hecho un Midas, y aun peor,
que el otro pidió si tuvo,
y él tiene, mas no pidió;
    hecho un sol, y hecho un mayo,
quiere que cada terrón
55 oro engendre, y cada hierba
trascienda, no siendo flor;
    liberal parte con todos
de lo que el macho le dio,
a patadas como mula
60 o con mosca o sin trabón.
    El macho piensa que baila
y, por que no falte son,
ya que ha engomado las cerdas,
su rabelillo tocó;
65     diole viento, y fue organillo
donde con admiración
oyó su trompa el soldado,
y, su zampoña, el pastor:
    que instrumentos manuales
70 como organillo y violón
taña, un macho, con un ojo,
ni se ha visto ni se oyó.
    No solo quiso tañer,
sino meter una voz,
75 y debió entender, su amo,
la letra de la canción,
    pues a un árbol de aquel prado
pidió apriesa un varejón
para llevalle el compás,
80 mas el macho no aguardó:
    hizo fuga a cuatro pies,
y el médico la siguió,
que es bestial músico el hombre,
y fue siempre en proporción.
85     Dejó la capa, corriendo,
sobre cierta provisión
de Mérida, que a un correo
por detrás se le cayó.
    Pasó tras su animalejo,
90 que alzaba el pie en ocasión
para pedille calzado
más que para dalle coz.
    Fatigolo por el campo,
y, después que lo cansó,
95 manso se dejó coger,
muy contento y muy burlón.
    El médico, como tal,
deseaba, y con razón,
su capa, como la suya
100 cualquiera predicador.
    Volvió al lugar donde estaba,
y, sin consideración,
se arrebozó luego en ella,
si no es que se emborrizó;
105     siente un no sé qué, y entiende
que es el zapato, mas no,
que está lejos el zapato,
y es más vecino el olor;
    huele la capa, y sospecha
110 que, entretanto que él corrió,
se ha enterrado en su capilla
algún pobre labrador;
    alarga la mano, y halla
los recaudos del peón:
115 el sello, mas no en papel,
sino en cera, que es peor;
    es amarilla la cera,
y en viéndola confirmó
que hay difunto en la capilla,
120 y, con mucha compasión,
    sin hisopo fue por agua
a Esgueva, y toda la dio
a la sepultura, y dijo
con sentimiento y dolor:
125     «¡Oh vos, cualquiera que entrastes
hoy en mi jurisdición,
donde mi capa, de paño,
si no de tumba, os sirvió!:
    sed príncipe o sed plebeyo,
130 séos decir, al menos, yo
que fuera guante de ámbar,
Lázaro, puesto con vos.
    ¿Fuistes galán del terrero,
desdeñado del amor,
135 que estáis suspirando aquí
el desdén que allá os mató?
    ¿O sois jüez agraviado
en muy baja provisión,
porque oléis a proveído
140 muy mal y muy sin razón?
    ¿O sois privado de quien
no solo aquí os despidió,
mas os echó su mal ojo,
que es basilisco un señor?
145     Sed cualquiera cosa de estas,
que yo hago translación
de vuestros huesos a Esgueva,
aunque todo pulpa sois;
    desenterrador me hago,
150 sobre médico que soy,
que esto es mucho más que ser
médico y enterrador:
    allá vais, coman os peces,
si no hay otro, cual a Arión,
155 delfín de algún espinazo,
que salga en vuestro favor».

153 §

Trepan los gitanos
   y bailan ellas,
otro nudo a la bolsa
   mientras que trepan.
5     Gitanos de corte,
que sobre su rueda
les mostró, Fortuna,
a dar muchas vueltas,
    si en un costal otros
10 han dado cien trepas,
en un zurrón estos
darán cuatrocientas.
    Desvanecen hombres,
mas ¿quién hay que pueda,
15 viendo andar de manos,
no dar de cabeza?
    Y, si unos dan brincos
de rubíes y perlas,
otros, como locos,
20 tiran estas piedras.
Otro nudo a la bolsa
    mientras que trepan.
    Canta en vuestra esquina
una canción tierna
25 el paje con plumas,
pájaro sin ellas,
    blando ruiseñor,
que en noche serena
dulce os adormece
30 y dulce os recuerda.
    Si su amo (en tanto)
por hierros de reja
(que os suspende el quiebro)
la hija os requiebra,
35     deste ruiseñor
os guardad, que os echa,
como alano, al paje
que os asga la oreja.
Otro nudo a la bolsa
40     mientras que trepan.
    A vos canta el paje,
buen viejo, que a ella
letrillas de cambio
le cantan, terceras:
45     que no hay pie de copla
de ningún poeta
como los de un banco,
y más, si no quiebra.
    No os fiéis del quicio,
50 requerid la puerta,
que, dada la unción,
sin habla os espera;
    bajad, si por dicha
no queréis que, mientras
55 forma el paje puntos,
meta, el amo, letra.
Otro nudo a la bolsa
    mientras que trepan.
    En Valladolid
60 no hay gitana bella
que no haga mudanzas
estándose queda:
    el pie sobre corcho
(mirad qué firmeza),
65 mueve con buen aire
mi honra y la vuestra;
    al son de un pandero
que a su gusto suena,
deshace cruzados,
70 que es buena moneda,
    y al conde más rico,
que baila con ella,
conde de gitanos
desnudo lo deja.
75 Otro nudo a la bolsa
    mientras que trepan.
    Miran de la mano
la palma que lleva
dátiles de oro,
80 la que no, no es buena;
    de las vidas hacen
cabes de a paleta,
que pasan las rayas
hasta las muñecas;
85     estrellas os hallan,
que mujeres destas
en medio del día
hacen ver estrellas;
    buscan os el aspa,
90 mas, según dan vueltas,
antes hallarán
las devanaderas.
Otro nudo a la bolsa
    mientras que trepan.
95     Sobre cuatro palmos
de una vara estrecha
hace, el mercader,
cien mil ligerezas;
    vuela por el mundo,
100 la pluma en la oreja,
dando extraños saltos
de una en otra feria
    sin temer caída,
porque sobre seda
105 caídas de gato
nunca dieron pena.
    Fardos a Logroño
se cargan apriesa,
que para trepar
110 se escombra la tienda.
Otro nudo a la bolsa
    mientras que trepan.
    Hay otros gitanos
de mejor conciencia,
115 saludables de uñas
sin ser grandes bestias,
    maestros famosos
de hacer barrenas
que taladran almas
120 por clavar haciendas,
    para cuyo fin
humildes menean
de la pasión santa
la santa herramienta:
125     clavos y tenazas,
y, para ascendencia,
de años a esta parte,
la santa escalera.
Otro nudo a la bolsa
130     mientras que trepan.

1604 §

154

De don Rodrigo Sarmiento, conde de Salinas §

    Del león, que en la Silva apenas cabe55,
o ya por fuerte, o ya por generoso,
que a dos Sarmientos, cada cual glorioso,
obedeció mejor que al bastón grave56,
5     real cachorro, y pámpano süave
es este infante en tierna edad dichoso,
Cupido con dos soles, que, hermoso,
de ángel tiene lo que el otro de ave.
    La alta esperanza en él se vea lograda
10 del claro padre, y de la antigua casa,
que a España le da héroes, si no leyes,
    tal que, do el norte hiela al mar, su espada
temida, y donde el sol la arena abrasa,
triunfador siempre, coma con su reyes.

155

Al puerto de Guadarrama, pasando por él los condes de Lemus §

    Montaña inaccesible, opuesta en vano
al atrevido paso de la gente,
o nubes humedezcan tu alta frente,
o nieblas ciñan tu cabello cano:
5     Caístro el mayoral, en cuya mano
en vez de bastón vemos el tridente,
con su hermosa Silvia, sol luciente
de rayos negros, serafín humano,
    tu cerviz pisa, dura, y la pastora
10 yugo te pone de cristal, calzada
coturnos de oro el pie, armiños vestida.
    Huirá la nieve de la nieve ahora,
o ya de los dos soles desatada,
o ya de los dos blancos pies vencida.

156 57 §

    De puños de hierro ayer
en este mismo lugar,
fui gran hombre en el sacar
y hoy lo soy en el volver.
5 Los dineros van a ser
restitüidos por vos,
y el «por la gracia de Dios
don Filipe», al de Guzmán,
que porque faltas harán
10 los quiero dejar a dos.

157

Fábula de los amores y muertes de Píramo y Tisbe, que no acabó §

    De Tisbe y Píramo quiero,
si quisiere mi guitarra,
cantaros la historia, ejemplo
de firmeza y de desgracia.
5     No sé quién fueron sus padres,
mas bien sé cuál fue su patria;
todos sabéis lo que yo,
y para introdución basta.
    Era Tisbe una pintura
10 hecha en lámina de plata,
un brinco de oro y cristal,
de un rubí y dos esmeraldas;
    su cabello eran sortijas,
memorias de oro y del alma;
15 su frente, el color bruñido
que da el sol hiriendo al nácar;
    la alegría eran, sus ojos,
si no eran la esperanza
que viste la primavera
20 el día de mayor gala;
    sus labios, la grana fina,
sus dientes, las perlas blancas,
por que como el oro en paño
guarden las perlas en grana;
25     desde la barba al pie, Venus,
su hijuelo y las tres Gracias
deshojando están jazmines
sobre rosas encarnadas.
    Su edad (ya habéis visto el diente),
30 entre mozuela y rapaza:
pocos años en chapines,
con reverendas de dama.
    Señor padre era un buen viejo,
señora madre, una paila;
35 dulce pero simple gente,
conserva de calabaza.
    Regalaban a Tisbica
tanto, que si la mochacha
pedía leche de cisnes,
40 le traían ellos natas.
    Mas ¿qué mucho, si es la niña,
como quien no dice nada,
niña de sus cuatro ojos,
los ojos de sus dos almas?
45     Los brazos del uno fueron,
y del otro eran, las faldas,
los primeros años, cuna,
los siguientes, almohada...58

1605 §

158

Al conde de Salinas, de unas fiestas en que toreó Simón, un enano §

    Pensé, señor, que un rejón
era romperlo en un toro,
quebrar la lanza en un moro,
o un venablo en un león;
5 pero después que Simón
hace esta caballería,
sepa vuestra señoría
que ya se desembaraza
por baja, el toro, en la plaza,
10 como en la carnicería.
    Viendo, pues, que el que se humilla
libra mejor en el coso,
en fiestas que al poderoso
lo derriban de la silla,
15 yo apostaré que en Castilla
se humillan los más lozanos,
y que exponen mis hermanos
los más doctos sacristanes
sobre el Dimisit inanes
20 que perdonó los enanos.

159

De unas fiestas de Valladolid en que no se hallaron los reyes §

    ¿Qué cantaremos ahora,
señora doña Talía,
con que todo el mundo ría
cuando todo el mundo llora?
5 Inspirádmelo, señora,
y sea novedad que importe;
porque el gusto de la corte
pide nuevas a un poeta,
muchas más que a una estafeta,
10 con mucho menos de porte.
    No hagamos el instrumento
púlpito de pesadumbres,
que esto de enmendar costumbres
es peligroso y violento.
15 Nuevo dulce pensamiento
rasque cuerdas al laúd:
sea fiscal, la virtud,
de los vicios, que yo en suma
soy fiador de mi pluma
20 y alcaide de mi salud.
    Cada décima sea un pliego
de casos nuevos, que es bien,
cuando más casos se ven,
hurtalle el estilo a un ciego.
25 De los toros y del juego
generoso primer caso,
salga el aviso a buen paso:
que hoy, musa, con pie ligero
del monte Pichardo os quiero,
30 y no del monte Parnaso59.
    Juegan cañas, corren toros,
cortesanos caballeros,
por lo gallardo Rugeros,
y por lo lindo Medoros;
35 con vistosos trajes moros,
quién suspende, quién engaña
al gran teatro de España;
quién es todo admiración,
valiente con el rejón
40 como galán con la caña.
    Deseáronse este día
con las reales personas
los rayos de sus coronas,
glorïosa infantería;
45 y las, que el cielo nos fía,
luces divinas, aquellas
que (si piedras son estrellas),
estrelladas de diamantes,
a unos fueron Bradamantes,
50 a otros, Angélicas bellas.

160 §

    A un tiempo dejaba el sol
los colchones de las ondas,
y el orinal de mi alma,
la vasera de su choza:
5     él, porque tres veces quiere
en las tres lucientes bolas
de la torre de Marruecos
ver su caraza redonda;
    y ella, por que sus corderos,
10 en tanto que el alba llora,
se longanicen las tripas
de esmeraldas y de aljófar,
    a cuenta de los poetas
que baratan estas joyas
15 entre los que en avellanas
las pagan a «qué quies, boca».
    De luz, pues, y de ganado
se cubre la vega toda,
y el aire, de la armonía
20 que despide una zampoña
    profundamente tañida
de un cuitado que la sopla,
quizá tan profundamente,
que no hay Judas que la oya.
25     Guarda el pobre unas ovejas,
si el que se las deja solas
las guarda, y a sus rediles
no las vuelve, o vuelve pocas:
    culpa de un dios que, aunque ciego,
30 clava una saeta en otra,
y calienta, aunque desnudo,
el muro helado de Troya.
    De su carcaj le despide,
el rapaz, una garrocha,
35 cuya luciente cuchilla
en mortales zumos moja.
    Causa fue, pues, de este efecto
y de esta dulce congoja,
del sacro Betis la ninfa
40 que vio España más hermosa,
    tan celada de su padre,
que el lado aun no le perdona,
y si hay sombras de cristal,
la ninfa se ha vuelto sombra.
45     Viola en las selvas un día
en una virginal tropa
de secuaces de Dïana
saeteando una corza.
    Nunca la viera el cuitado,
50 y no dejara en mal hora
por el campo su hacienda,
por el río, su memoria.
    Desde entonces los carneros
van perdiendo sus esposas,
55 y de lanas de bayeta
les va el lobo haciendo lobas.
    Río abajo, río arriba,
pasos gasta, viento compra,
que se vende por suspiros,
60 y valen misericordia.
    Tantos días, tantas veces
oyó su voz lagrimosa,
el río, desde su urna,
que un día sacó la cholla,
65     y lo halló entre unos carrizos,
ventoseando unas coplas
en favor, a lo que dicen,
de su húmida señora,
    que lo oía entre unos sauces,
70 haciendo desdén, y pompa,
del pastor, y de sus versos,
zahareña, y glorïosa.
    De las plumas de una mimbre
cortó el viejo dos garzotas,
75 y en el envés de la ninfa
me las desnudó de hojas.
    Cansado, pues, el pastor
de invocar piedad tan sorda,
de mi bella pastorcilla
80 el dulce favor implora:
    un rato le ruega humilde
que su lira sonorosa
al aire haga, y al río,
cualque süave lisonja.
85     Condescendió con sus ruegos
Cloris, y luego a la hora,
hierba y flores a porfía
le tejieron una alfombra;
    pulsó las templadas cuerdas,
90 y al punto el cielo se escombra,
el aire se purifica,
la ribera se convoca.
    Las ninfas que de aquel soto
los muchos árboles honran,
95 vistiéndose miembros bellos,
desnudan cortezas toscas.
    A un verde arrayán florido
se calaron dos palomas,
blancas señas de que el aire
100 la madre de Amor corona;
    un dulce lascivo enjambre
de hijuelos de la diosa,
vertiendo nubes de flores,
jazmines llueven, y rosas.
105     Sofrenó el sol sus caballos
para oír a mi pastora,
tanto, que besó algún signo
las caderas luminosas;
    y fue tal la sofrenada,
110 que con las lucientes colas
ensuciaron y aun barrieron
dos tachones de la zona.
    Su verde cabello el Betis
descubrió, y su barba undosa,
115 y el húmido cuerpo luego,
vestido de juncos y ovas.
    La hija aguarda que el padre
todo el campo reconozca,
y a las detenidas aguas
120 fía luego la persona.
    Salió de espumas vestida
y, por lo que es vergonzosa,
calzada una celosía
de caracoles y conchas.
125     ¡Oh, lo que diera el pastor
por ser aquel día babosa
de algún caracol de aquellos!
Mas quédese aquí esta historia.

161

Al marqués de Ayamonte partiendo de su casa para Madrid §

    Vencidas de los montes Marïanos
las altas cumbres, con rigor armadas
de calvos riscos, de hayas levantadas,
cunas inaccesibles de milanos,
5     y el río que a piratas africanos
espadañas opone en vez de espadas
(testigos son las torres coronadas
de Lepe, cuando no lo sean los llanos),
    pisado el yugo al Tajo y sus espumas,
10 que salpicando os dorarán la espuela,
el nido venerad humildemente
    del Fénix hoy que reinos son sus plumas.
¿Qué mucho, si el oriente es, cuando vuela,
una ala suya, y otra el occidente?

162

Al marqués de Ayamonte que, pasando por Córdoba, le mostró un retrato de la marquesa §

    Clarísimo marqués, dos veces claro,
por vuestra sangre y vuestro entendimiento,
claro dos veces otras, y otras ciento
por la luz de que no me sois avaro,
5     de los dos soles que el pincel más raro
dio de su luminoso firmamento
a vuestro seno ilustre, atrevimiento
que aun en cenizas no saliera caro:
    ¿qué águila, señor, dichosamente
10 la región penetró de su hermosura
por copiaros los rayos de su frente?
    Cebado vos los ojos de pintura,
en noche camináis, noche luciente,
que mal será con dos soles obscura.

163

A la embarcación en que se entendió pasaran a Nueva España los marqueses de Ayamonte §

    Velero bosque, de árboles poblado
que visten hojas de inquïeto lino;
puente instable y prolija, que vecino
el occidente haces, apartado:
5     mañana ilustrará tu seno alado
soberana beldad, valor divino,
no ya el de la manzana de oro fino
griego premio, hermoso, mas robado:
    consorte es, generosa, del prudente
10 moderador del freno mexicano.
Lisonjeen el mar vientos segundos,
    que en su tiempo (cerrado el templo a Jano,
coronada la paz) verá la gente
multiplicarse imperios, nacer mundos.

164

Al marqués de Ayamonte determinado a no ir a México §

    Volvió al mar Alcïón, volvió a las redes
de cáñamo, excusando las de hierro;
con su barquilla redimió el destierro,
que era desvío y parecía mercedes.
5     Redujo el pie engañado a las paredes
de su alquería, y al fragoso cerro
que ya con el venablo y con el perro
pisa Lesbín, segundo Ganimedes:
    gallardo hijo suyo, que, los remos
10 menospreciando, con su bella hermana,
la montería siguen importuna,
    donde la ninfa es Febo y es Dïana,
que en sus ojos del sol los rayos vemos,
y en su arco los cuernos de la luna.

165

De los marqueses de Ayamonte cuando se entendió pasaran a Nueva España §

    Verde el cabello undoso,
y de la barba al pie escamas vestido,
    aliento sonoroso
daba Tritón a un caracol torcido,
5     y en las alas del viento
voló el son por el húmido elemento.
    Cuantos las aguas moran
antiguos dioses y deidades nuevas,
    por las ondas que doran
10 los rayos de la luz dejan sus cuevas,
    y ocupan los vacíos
que a la playa perdonan los navios.
    «¿Veis —dice el dios marino—
estas que de la barra a las arenas
15     despliegan blanco lino,
solicitan timón, calan entenas?
    Nubes son, y no naves,
carros de un sol en dos ojos süaves.
    »En estos ojos bellos,
20 Febo su luz, Amor su monarquía
    abrevian, y así en ellos
parte a llevar al occidente el día
    con naval pompa extraña
la gloria de los Zúñigas de España.
25     »Si a un sol los caracoles
dejan su casa, dejan su vestido,
    a estos divinos soles
el fondo es bien dejar, más escondido,
    y coronar su popa
30 cuernos del toro que traslada a Europa.
    »Serenísimas plumas
vista del alcïón el austro insano;
    perlas sean las espumas,
y las olas cristal del oceano;
35     no ya cristal de roca,
que en solo el nombre cada bajel toca.
    »Regale sus orejas
en dulce sí, mas bárbaro instrumento,
    de corales y almejas,
40 de las ninfas el coro y su concento;
    no lisonjee aquel sueño
que la falsa armonía al griego leño».

166 §

    Musas, si la pluma mía
es vuestro plectro, dejad
ahora aquella deidad
en su casta montería;
5 y si queréis todavía
el instrumento hacer dardo
contra el corcillo gallardo,
dejad el bosque y venid,
que las calles de Madrid
10 arrabales son del Pardo.
    Venid, musas, que una res
adondequiera se mata,
y el que en Indias menos trata,
ese mayor Corzo es;
15 vuestros numerosos pies
calcen coturnos dorados,
que de las selvas cansados
los cónsules están ya,
y Venus mandado os ha
20 parecer en sus estrados.
    El más rígido Catón
brujulea una chacona,
y Lucrecia bien perdona
al baile, pero no al son.
25 Cosquillas del alma son
y lisonjas del sentido
las dulces burlas que os pido
hoy en la corte de España,
que Veras en la Montaña
30 tienen solar conocido.
    Ya los melindres están
tan fuertes, que Flordelís
se come entero un anís
como si fuera un gañán;
35 Brandimarte, su galán,
lo diga, cuyos aceros,
o los gasta en confiteros,
o a figones se los debe,
porque ya tanto se bebe,
40 que el más armado anda en cueros.
    Si en casa de un bachiller
de tres hojas de Digesto
entra el otro con mal gesto,
y saca buen parecer,
45 válganle a su fea mujer
tantas letras, que es dolor
que él le compre el resplandor,
y salgan de su posada,
ella en vista condenada,
50 y él en costas, que es peor.
    Una casa de brocado
de tres altos tiene Dido,
y en cada cual, bien servido,
un Eneas hospedado;
55 tómales muy bien tomado,
no el puñal, sino el dinero,
que ella ya no toma acero,
y una bolsa es buena daga
cuando a la vela se haga
60 el troyano forastero.
    Una toledana fina
contra un pobre cortesano
desnudó su blanca mano
de la vaina cebellina;
65 dejóselo en una esquina
desnudo como un quejigo;
mas ¿qué mucho, si yo digo,
y con experiencia harta,
que no hay manos que a su marta
70 no deban garras y abrigo?
    Desde el alba a la oración
pasean la forastera,
como si su casa fuera
la ermita de san Antón;
75 y es el mal, que es un figón
el paseado también,
y en la calle no lo ven,
porque anda trasero y bajo,
que ginoveses y el Tajo
80 por cualquier ojo entran bien.
    En el Prado tenía un paje
parada una perdiz bella,
mientras encaraba en ella
Ganimedes su lenguaje;
85 ella batiendo el plumaje
se le levantó al mozuelo,
y en levantándose, al vuelo
la derribó un arcabuz,
que a la arca hacen el buz
90 las pajaritas del cielo.
    Como si fuera empanada,
repulgando está a la niña
con los cogollos de piña
quien la tiene concertada,
95 que no es bien que sepa nada
del desconcierto que ha habido
el que ha de ser su marido
y comblezo de algún conde,
que lo ha hecho proveer donde
100 irá oliendo a proveído.

167

En persona de un caballero ausente, a una dama que amenazaba con su venida al mismo a quien él la había encomendado, sentida de que le hubiese dado aviso de su mala correspondencia §

    Con la estafeta pasada
me dio aviso un gentilhombre
que amenazáis con mi nombre
y que matáis con mi espada;
5 vivís, señora, engañada,
que el amor que os he propuesto
no es hijo de Marte en esto,
antes de él es tan distinto,
que si me habláis en el quinto,
10 no os he de hablar en el sexto.
    Que yo a la verdad resista
cosa me parece fea,
y que noble espada sea
mordaza de un coronista.
15 Si él fue testigo de vista
escríbalo en breve suma,
sépalo el mundo y presuma
que será la espada mía
cuchillo de escribanía
20 para cortarle la pluma.
    Si habéis sido vos malilla
y otro el basto os atraviesa,
y al que os ve el juego y le pesa
lo matáis con mi espadilla,
25 buscad, señora, en Castilla
otro triunfo matador,
que al que viere vuestro amor,
no tan solo no lo mato,
pero le saco barato,
30 mientras más viere, mejor.
    Yo nací, ansí os guarde Dios,
por lo necio y por lo firme,
más para por vos morirme
que para matar por vos.
35 Gasten una flecha o dos
en vengar vuestros antojos
niños con que dais enojos:
niños dije, y con razón,
pues si es niño Amor, lo son
40 las niñas de vuestros ojos.

1607 §

168

De las pinturas y relicarios de una galería del cardenal don Fernando Niño de Guevara §

    Oh tú, cualquiera que entras, peregrino,
si mudo admiras, admirado para
en esta bien por sus cristales clara,
y clara más por su pincel divino,
5     Tebaida celestial, sacro Aventino,
donde hoy te ofrece con grandeza rara,
el cardenal heroico de Guevara,
freno al deseo, término al camino.
    Del yermo ves aquí los ciudadanos,
10 del galeón de Pedro los pilotos,
el arca allí, donde hasta el día postrero
    sus vestidos conservan, aunque rotos,
algunos celestiales cortesanos:
guarnécelos de flores, forastero.

169

Al marqués de Ayamonte §

    Alta esperanza, gloria del estado,
no solo de Ayamonte mas de España,
si quien me da su lira no me engaña,
a más os tiene el cielo destinado.
5     De vuestra fama oirá el clarín dorado,
émulo ya del sol, cuanto el mar baña,
que trompas hasta aquí han sido, de caña,
las que memorias han solicitado.
    Alma al tiempo dará, vida a la historia
10 vuestro nombre inmortal, ¡oh digno esposo
de beldad soberana y peregrina!
    Corónense estos muros ya de gloria,
que serán cuna y nido generoso
de sucesión real, si no divina.

170

Convoca los poetas de Andalucía a que celebren al marqués de Ayamonte §

    Cisnes de Guadïana, a sus riberas
llegué, y a vuestra dulce compañía,
cuya süave métrica armonía
desata montes y reduce fieras,
5     no a escuchar vuestras voces lisonjeras,
sino al segundo ilustrador del día
consagralle la humilde musa mía,
que cantó burlas y eterniza veras;
    al Apolo de España, al de Ayamonte
10 culto honor. Si labraren vuestras plumas
digna corona a su gloriosa frente,
    flores a vuestro estilo dará el monte,
candor a vuestros versos las espumas
de Helicona darán, y de su fuente.

171

A su hijo del marqués de Ayamonte, que excuse la montería §

    Deja el monte, garzón bello, no fíes
tus años de él, y nuestras esperanzas,
que murallas de red, bosques de lanzas
menosprecian los fieros jabalíes.
5     En sangre a Adonis, si no fue en rubíes,
tiñeron mal celosas asechanzas,
y en urna breve funerales danzas
coronaron sus huesos de alhelíes.
    Deja el monte, garzón; poco el luciente
10 venablo en Ida aprovechó al mozuelo
que estrellas pisa ahora en vez de flores.
    Crüel verdugo el espumoso diente,
torpe ministro fue, el ligero vuelo
(no sepas más), de celos y de amores.

172

A la marquesa de Ayamonte, dándole unas piedras bezares que a él le había dado un enfermo60 §

    Corona de Ayamonte, honor del día,
estas piedras que dio un enfermo a un sano
hoy os tiro, mas no escondo la mano,
por que no digan que es cordobesía,
5     que dar piedras a vuestra señoría
tirallas es por medio de ese llano,
pesadas señas de un deseo liviano,
lisonjas duras de la musa mía.
    Término sean, pues, y fundamento
10 de vuestro imperio, y de mi fe constante
tributo humilde, si no ofrecimiento.
    Camino, y sin pasar más adelante,
a vuestra deidad hago el rendimiento
que al montón de Mercurio el caminante.

173

De la marquesa de Ayamonte y su hija, en Lepe §

    A los campos de Lepe, a las arenas
del abreviado mar en una ría,
extranjero pastor llegué sin guía,
con pocas vacas y con muchas penas.
5     Muro real, orlado de cadenas,
a cuyo capitel se debe el día,
ofreció a la turbada vista mía
el templo santo de las dos sirenas:
    casta madre, hija bella, veneradas,
10 con humildad, de prósperos vaqueros,
con devoción, de pobres pescadores;
    si ya a sus aras no les di terneros
dieron mis ojos lágrimas cansadas,
mi fe, suspiros, y mis manos, flores.

174

A doña Brianda de la Cerda61 §

    Al sol peinaba Clori sus cabellos
con peine de marfil, con mano bella;
mas no se parecía el peine en ella
como se obscurecía el sol en ellos.
5     Cogió sus lazos de oro y, al cogellos,
segunda mayor luz descubrió, aquella
delante quien el sol es una estrella,
y esfera, España, de sus rayos bellos,
    divinos ojos, que en su dulce oriente
10 dan luz al mundo, quitan luz al cielo,
y espera idolatrallos occidente.
    Esto Amor solicita con su vuelo,
que en tanto mar será, un arpón luciente,
de la Cerda inmortal mortal anzuelo.

175

De la profesión de una monja que tenía muchos años §

    Esa palma es, niña bella,
para vuestra profesión,
aunque más antiguas son
las de vuestras manos que ella;
5 temo, vespertina estrella,
que esa vuestra edad de hierro
la profesión hará entierro,
antes que la palma lleve
en esa mano de nieve
10 muchos dátiles de perro.
    Borlas lleva diferentes,
burlas digo, y desengaños,
tantas como vuestros años
y menos que vuestros dientes;
15 alcuza de las prudentes
sois, pues dicen más de dos
que, siendo tan muda vos,
queréis profesar en día
que tantas lenguas envía
20 el Espíritu de Dios62.

176

De un retrato de la marquesa de Ayamonte §

    Pintado he visto al Amor
y, aunque lo he visto pintado,
está vivo y aun armado
de dulcísimo rigor;
5 no es ciego, aunque es flechador,
porque sus divinos ojos
ni yerran ni dan enojos,
que en solo un casto querer
se dilata su poder
10 y se abrevian sus despojos.
    No con otro lazo engaña
ni a otras prisiones condena
que a la gloriosa cadena
de los Zúñigas de España;
15 ella, pues, donde el mar baña
las murallas de Ayamonte
(sol de todo su horizonte),
duras redes manda armar
como Tetis en el mar,
20 como Dïana en el monte.
    El arco en su mano bella,
su esposo la dura lanza,
él con el caballo alcanza
al que con las flechas ella:
25 al venado, que de aquella
montaña tantos inviernos
a los robres casi eternos
les juró la antigüedad
con los años de su edad,
30 con las puntas de sus cuernos;
    al jabalí en cuyos cerros
se levanta un escuadrón
de cerdas, si ya no son
caladas picas sin hierros;
35 de armas, voces, y de perros
seguido, mas no alcanzado,
muere al fin atravesado,
y no sé de cuál primero,
o del rejón, que es ligero,
40 o del arpón, que es alado.

177

De doña Brianda de la Cerda §

    Flechando vi, con rigor,
a una ninfa soberana
en el arco de Dïana
las saetas del Amor.
5 El corcillo volador,
con ver su muerte vecina,
aguarda, y la dura encina,
blanco de sus tiros hecha,
en el hierro de su flecha
10 besa su mano divina.
    Ved cuán milagrosa y cuánta
es su fuerza, pues la espera
con voluntad una fiera
y con respeto una planta;
15 dulcísima fuerza y tanta,
que herido della el viento,
silba cada vez contento,
deseando que a porfía
cien veces lo fleche al día,
20 por tener heridas ciento.
    Esto que alcanza y sujeta
sin que alas valgan, ni pies,
no es fuerza de Amor, ni es
celeridad de saeta,
25 sino la virtud secreta
de la mano y del cabello,
que da al arco marfil bello,
y a la cuerda, oro subtil,
conocido del marfil
30 desde que ondeó en su cuello.
    Deste, pues, arco que adoro,
cuando tejieron la cuerda,
su apellido dio la cerda
y sus cabellos el oro;
35 corvo honor del casto coro,
y emulación, si no celo,
del que con torcido vuelo
da al aire colores vanos,
que por serlo de sus manos
40 dará el ser arco del cielo.

178

De la marquesa de Ayamonte y su hija §

    Donde esclarecidamente
guarnecen antiguas torres
el cristal del oceano
en que se mira Ayamonte,
5     dos términos de beldad
se levantan junto a donde
los quiso poner Alcides,
con dos columnas, al orbe.
    El uno es la blanca Nais,
10 el otro, la rubia Cloris,
cuyas frentes de jazmines
son auroras de sus soles.
    Deidades ambas divinas,
veneradas en los bosques,
15 en tantos templos de Amor
cuantos son los cazadores,
    aras son devotas suyas
cuantos en barquillos pobres
o las redes o los remos
20 en el océano esconden:
    cuanto el campo, a los monteros,
y el mar da a los pescadores
sacrificio es de su fe
y fe de sus corazones.
25     Arde el monte, arde la playa,
y en los árboles del monte
arde algún silvestre dios
en algún antiguo robre.
    ¿Qué mucho, si entre las ondas
30 que en los escollos se rompen
ofrece el mar las cenizas
de algunos marinos dioses?
    Ellas, en vano seguidas
de suspiros y de voces,
35 el ciervo hacen, ligero,
aljaba de sus arpones;
    en cuyo alcance prolijo
deben a sus pies veloces
(a pesar de los coturnos),
40 las selvas, diversas flores.
    Si al campo el cristal calzado
viste de varios colores,
el nácar desnudo al mar
perlas da que lo coronen,
45     cuando requieren las nasas,
o cuando los velos cogen,
ilustrando con dos lunas
las tinieblas de la noche,
    a cuyos rayos lucientes
50 vieras las ondas entonces
negar las blancas espumas
a sus resacas y golpes,
    por no dejadas vencidas
en aquella playa noble,
55 a manos de la blancura
que hoy la nieve reconoce.

1608 §

179

A don Sancho Dávila, obispo de Jaén63 §

    Sacro pastor de pueblos, que, en florida
edad pastor, gobiernas tu ganado
más con el silbo que con el cayado
y más que con el silbo con la vida:
5     canten otros tu casa esclarecida,
mas tu palacio, con razón sagrado,
cante Apolo de rayos coronado,
no humilde musa de laurel ceñida.
    Tienda es, gloriosa, donde en lechos de oro
10 victorïosos duermen los soldados
que ya despertarán a triunfo y palmas;
    milagroso sepulcro, mudo coro
de muertos vivos, de ángeles callados,
cielo de cuerpos, vestüario de almas.

180 §

    Mientras Corinto, en lágrimas deshecho,
la sangre de su pecho vierte en vano,
vende Lice a un decrépito indïano
por cien escudos la mitad del lecho.
5     ¿Quién, pues, se maravilla de este hecho,
sabiendo que halla ya paso más llano,
la bolsa abierta, el rico pelicano,
que el pelícano pobre, abierto el pecho?
    Interés, ojos de oro como gato,
10 y gato de doblones, no Amor ciego,
que leña y plumas gasta, cien arpones
    le flechó, de la aljaba de un talego.
¿Qué Tremecén no desmantela un trato,
arrimándole al trato cien cañones?

181

A un fraile Francisco, en agradecimiento de una caja de jalea §

    Gracias os quiero dar sin cumplimiento,
dulce fray Diego, por la dulce caja;
tal sea el ataúd de mi mortaja,
y de mis guerras tal el instrumento.
5     Consagrad, musas, hoy vuestro talento
a la monja que almíbar tal le baja,
pues quien acabar suele en una paja
sella ahora el estómago contento.
    Cualquier regalo de durazno o pera
10 acoto suyo, si podrá un amigo
escotar un discípulo de Escoto.
    Confieso que de sangre entendí que era
cámara aquella, y si lo fue, yo digo
que servidor seáis, y no devoto.

182

De la jornada de Larache §

    —¿De dónde bueno, Juan, con pedorreras?
—Señora tía, de Cagalarache.
—Sobrino, ¿y cuántos fuistes a Alfarache?
—Treinta soldados en tres mil galeras.
5     —¿Tanta gente? —Tomámoslo de veras.
—¿Desembarcastes, Juan? —Tarde pïache,
que al dar un Santïago de azabache,
dio la playa más moros que veneras.
    —¿Luego es de moros? —Sí, señora tía:
10 mucha algazara, pero poca ropa.
—¿Hicieron os los perros algún daño?
    —No, que en ladrando con su artillería,
a todos nos dio cámaras de popa.
—Salud serían para todo el año.

183 §

    De la florida falda
que hoy de perlas bordó la Alba luciente,
    tejidos en guirnalda
traslado estos jazmines a tu frente,
5     que piden, con ser flores,
blanco a tus sienes, y a tu boca, olores.
    Guarda destos jazmines
de abejas era un escuadrón volante,
    ronco sí de clarines,
10 mas de puntas armado, de diamante;
    púselas en hüida,
y cada flor me cuesta una herida.
    Más, Clori, que he tejido
jazmines al cabello desatado,
15     y más besos te pido
que abejas tuvo el escuadrón armado;
    lisonjas son iguales
servir yo en flores, pagar tú en panales.

184

Fragmento de una canción64 §

    Del mar (y no de Huelva)
los escollos el sol (los muros) raya.
Gimiendo el alcïón, era en la playa
    ruiseñor en la selva,
5     cuando pescador pobre
mucha despide red, de poco robre.

185

A dos devotos de monjas que acudían en un mismo tiempo a muchos conventos §

    En trescientas santas Claras
estáis, señores, penados;
o sois espejos quebrados,
o tenéis trescientas caras;
5 reglas son de Amor muy raras,
que nunca dejó en su arte
el maestro Durandarte;
mas podéis decir los dos
que tenéis mucho de Dios,
10 pues estáis en toda parte.

186

A un hombre que temía tanto los truenos, que se sospechó de él lo que refiere esta décima §

    Truena el cielo, y al momento
la dueña enciende, devota,
cera, que la menor gota
es puntal de su aposento;
5 vos, Luis, para el mismo intento
traéis en las calzas cera,
pero no en la faldriquera,
porque gustáis ser tenido
más por hombre proveído
10 que por persona sincera.

187

A una monja, enviándole un menudo y un cuarto de ternera §

    Con mucha llaneza trata
quien, debiéndolo en escudos,
viene a pagar en menudos
a quien lo regala en plata;
5 de las terneras que mata
don Alonso de Guzmán,
hoy presentado me han
ese cuarto de ternera:
tomadlo, que yo quisiera
10 que fuera de tafetán.

188

A una monja que le había enviado una pieza de holanda §

    El lienzo que me habéis dado
por dos cosas me importuna,
por lo Delgado la una,
otra por lo presentado65;
5 holanda, niña, que ha andado
entre redes, no querría
que fuese caza algún día
desigual para los dos,
de tórtolas para vos,
10 para mí, de montería.

189

A la misma enviándole un menudo §

    Presentado es el menudo
y de que sabrá mejor
que los que el padre prïor
trajo de París no dudo66;
5 no va de flores desnudo,
que censuras y rigores
de vuestros superïores
nunca han permitido que entre
con fruto allá ningún vientre,
10 y así, es bien entre con flores.

190

A Marcos de Torres, que tenía un lavadero de lana donde solían ir a jugar §

    Marco de plata excelente
y torre segura y alta,
pues Monsïur de Peralta
ha llegado alegremente67,
5 baje el espíritu ardiente
hablando en lenguas de fuego,
que seremos allá luego
con naipes, dinero y gana,
y quizá iremos por lana
10 y nos trasquilará el juego.

191

A Marcos de Torres, detiniéndole un paje músico que le había enviado con un recado desde un lavadero de lana adonde estaba §

    Pastor que en la vega llana
del Betis derramas quejas,
ya entre lana sin ovejas
y ya entre ovejas sin lana,
5 yo entretengo hasta mañana
a tu músico zagal,
que a un ídolo de cristal,
que es diamante de desdén,
quiero que le cante bien
10 lo que yo le lloro mal.

192 §

Las flores del romero,
    niña Isabel,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
5     Celosa estás, la niña,
celosa estás de aquel,
dichoso, pues lo buscas,
ciego, pues no te ve,
    ingrato, pues te enoja,
10 y confïado, pues
no se disculpa hoy
de lo que hizo ayer.
    Enjuguen esperanzas
lo que lloras por él,
15 que celos entre aquellos
que se han querido bien
hoy son flores azules,
mañana serán miel.
    Aurora de ti misma,
20 que, cuando a amanecer
a tu placer empiezas,
te eclipsan tu placer:
    serénense tus ojos
y más perlas no des,
25 porque al sol le está mal
lo que a la aurora, bien;
    desata como nieblas
todo lo que no ves,
que sospechas de amantes,
30 y querellas después,
hoy son flores azules,
mañana serán miel.

193

De una quinta que hizo el mismo obispo [de Pamplona, don Antonio Venegas], en Burlada, lugar de su dignidad §

    Este, a Pomona cuando ya no sea,
edificio al silencio dedicado
(que si el cristal lo rompe, desatado,
süave el ruiseñor lo lisonjea),
5     dulce es refugio donde se pasea
la quïetud, y donde otro cuidado
despedido, si no digo burlado,
de los términos huye, desta aldea.
    Aquí la primavera ofrece flores
10 al gran pastor de pueblos, que enriquece
de luz a España, y gloria a los Venegas.
    Oh peregrino, tú, cualquier que llegas,
paga en admiración las, que te ofrece
el huerto, frutas, y el jardín, olores.

194

Al conde de Lemus, yéndolo a visitar a Monforte §

    Llegué a este Monte fuerte, coronado
de torres convecinas a los cielos,
cuna siempre real de tus abuelos,
del reino escudo, y silla de tu estado.
5     El templo vi, a Minerva dedicado68,
de cuyos geométricos modelos
si todo lo moderno tiene celos,
tuviera invidia todo lo pasado;
    sacra erección de príncipe glorioso,
10 que ya de mejor púrpura vestido,
rayos ciñe, de luz, estrellas pisa.
    ¡Oh cuánto deste Monte imperïoso
descubro! Un mundo veo; poco ha sido,
que seis orbes se ven en tu divisa.

195

Al duque de Feria, de la señora doña Catalina de Acuña §

    Oh marinero, tú que, cortesano,
al palacio le fías tus entenas,
al palacio real, que de sirenas
es un segundo mar napolitano,
5     los remos deja, y una y otra mano
de las orejas las desvía apenas,
que escollo es, cuando no Sirte de arenas,
la dulce voz de un serafín humano.
    Cual su acento, tu muerte será clara
10 si espira suavidad, si gloria espira
su armonía mortal, su beldad rara.
    Huye de la que, armada de una lira,
si rocas mueve, si bajeles para,
cantando mata al que matando mira.

196 §

    En el cristal de tu divina mano
de Amor bebí el dulcísimo veneno,
néctar ardiente que me abrasa el seno,
y templar con la ausencia pensé en vano;
5     tal, Claudia bella, del rapaz tirano
es arpón de oro tu mirar sereno,
que cuanto más ausente de él, más peno,
de sus golpes el pecho menos sano.
    Tus cadenas al pie, lloro al rüido
10 de un eslabón y otro mi destierro,
más desvïado, pero más perdido.
    ¿Cuándo será aquel día que por yerro,
oh serafín, desates, bien nacido,
con manos de cristal nudos de hierro?

197 §

    Los blancos lilios que de ciento en ciento,
hijos del Sol, nos da la primavera,
a quien del Tajo son en la ribera
oro su cuna, perlas su alimento;
5     las frescas rosas, que ambicioso el viento
con pluma solicita lisonjera,
como quien de una y otra hoja espera
purpúreas alas, si lascivo aliento,
    a vuestro hermoso pie cada cual debe
10 su beldad toda; ¿qué hará la mano,
si tanto puede el pie, que ostenta flores,
    por que vuestro esplendor venza la nieve,
venza su rosicler, y por que en vano,
hablando vos, espiren sus olores?

198

A la puente segoviana, que está sobre el río Manzanares en Madrid §

    Señora doña puente Segoviana,
cuyos ojos están llorando arena,
si es por el río, muy enhorabuena,
aunque estáis para viuda muy galana.
5     De estangurria murió. No hay castellana
lavandera que no llore de pena,
y fulano Sotillo se condena
de olmos negros a loba luterana.
    Bien es verdad que dicen los doctores
10 que no es muerto, sino que del estío
le causan parasismos los calores;
    que a los primeros del diciembre frío,
de sus mulas harán estos señores
que los orines den salud al río.

199 69 §

    De chinches y de mulas voy comido;
las unas, culpa de una cama vieja,
las otras, de un señor que me las deja
veinte días y más, y se ha partido.
5     De vos, madera anciana, me despido,
miembros de algún navío de vendeja,
patria común de la nación bermeja,
que en un mes, sin deudo, de mi sangre ha sido.
    Venid, mulas, con cuyos pies me ha dado
10 tal coz el que quizá tendrá mancilla
de ver que me coméis el otro lado.
    Adiós, corte envainada en una villa,
adiós, toril de los que has sido prado,
que en mi rincón me espera una morcilla.

200 70 §

    ¿Son de Tolú, o son de Puerto Rico
ilustre y hermosísima María,
o son de las montañas de Bugía
la fiera mona y el disforme mico?
5     Gracioso está el balcón, yo os certifico;
desnudadlo de hoy más de celosía,
goce Cuenca una y otra monería,
den a unos de cola, a otros de hocico.
    Un papagayo os dejaré, señora
10 (pues ya tan mal se corresponde a ruegos
y a cartas de señoras principales),
    que os repita parlero cada hora
como es ya mejor Cuenca para ciegos,
habiéndose de ver fierezas tales.

201

De un caballero que llamó soneto a un romance §

    Música le pidió ayer su albedrío
a un descendiente de don Peranzules;
templáronle al momento dos baúles
con más cuerdas que jarcias un navío.
5     Cantáronle de cierto amigo mío
un desafío campal de dos Gazules,
que en ser por unos ojos entre azules,
fue peor que gatesco el desafío.
    Romance fue el cantado, y que no pudo
10 dejarlo de entender, si el muy discreto
no era sordo, o el músico era mudo;
    y de que lo entendió yo os lo prometo,
pues envïó a decir con don Bermudo:
«Que vuelvan a cantar aquel soneto».

202 §

    ¡Mal haya el que en señores idolatra
y en Madrid desperdicia sus dineros,
si ha de hacer, al salir, una mohatra!
    Arroyos de mi huerta lisonjeros
5 (¿lisonjeros? Mal dije, que sois claros):
Dios me saque de aquí y me deje veros.
    Si corréis sordos, no quiero hablaros,
mejor es que corráis murmuradores,
que llevo muchas cosas que contaros.
10     Tenedme, aunque es otoño, ruiseñores,
ya que llevar no puedo ruicrïados,
que entre pámpanos son lo que entre flores.
    Si yo tuviera veinte mil ducados,
tiplones convocara de Castilla,
15 de Portugal bajetes mermelados,
    y a fe que a la pajísima capilla,
tïorbas de cristal vuestras corrientes
prestaran dulces en su verde orilla.
    Pájaros suplan, pues, faltas de gentes,
20 que en voces, si no métricas, süaves,
consonancias desaten diferentes,
    si ya no es que de las simples aves
contiene la república volante
poetas, o burlescos sean o graves,
25     y cualque madrigal sea, elegante,
librándome el lenguaje en el concento,
el que algún culto ruiseñor me cante:
    prodigio dulce que corona el viento,
en unas mismas plumas escondido
30 el músico, la musa, el instrumento.
    Mas ¿dónde ya me había divertido,
risueñas aguas, que de vuestro dueño
os habéis con razón siempre reído?
    Guardad entre esas guijas lo risueño
35 a este dómine bobo, que pensaba
escaparse de tal por lo aguileño,
    celebrando con tinta, y aun con baba,
las fiestas de la corte, poco menos
que hacérselas a Judas con octava.
40     Cantar pensé en sus márgenes amenos
cuantas Dianas Manzanares mira,
a no romadizarme sus Sirenos.
    La lisonja, con todo, y la mentira,
modernas musas del aonio coro,
45 las cuerdas le rozaron a mi lira.
    ¿Valió por dicha al leño mío canoro,
si puede ser canoro leño mío,
clavijas de marfil o trastes de oro?
    Sequedad lo ha tratado como a río;
50 puente de plata fue que hizo alguno
a mi fuga, quizá, de su desvío.
    No más, no, que aun a mí seré importuno,
y no es mi intento a nadie dar enojos,
sino apelar al pájaro de Juno:
55     gastar quiero de hoy más plumas con ojos,
y mirar lo que escribo. El desengaño
preste clavo y pared a mis despojos.
    La adulación se queden, y el engaño,
mintiendo en el teatro, y la esperanza
60 dando su verde un año y otro año,
    que si en el mundo hay bienaventuranza,
a la sombra de aquel árbol me espera,
cuyo verdor no conoció mudanza:
    su flor es pompa de la primavera,
65 su fruto, o sea lo dulce o sea lo acedo,
en oro engasta, que al romperlo es cera.
    Allí el murmurio de las aguas ledo,
ocio sin culpa, sueño sin cuidado
me guardan, si acá en polvos no me quedo
70     molido del dictamen de un letrado
en la tahona de un relator, donde
siempre hallé para mí el rocín cansado.
    Dichoso el que pacífico se esconde
a este civil rüido, y litigante,
75 o se concierta o por poder responde,
    solo por no ser miembro corteggiante
de sierpe prodigiosa, que camina
la cola, como el gámbaro, delante.
    ¡Oh soledad, de la quietud divina
80 dulce prenda, aunque muda, ciudadana
del campo, y de sus Ecos convecina!
    Sabrosas treguas de la vida urbana,
paz del entendimiento, que lambica
tanto en discursos la ambición humana:
85     ¿quién todos sus sentidos no te aplica?
Ponme sobre la mula, y verás cuánto
más que la espuela esta opinión la pica.
    Sea piedras la corona, si oro el manto
del monarca supremo, que el prudente
90 con tanta obligación no aspira a tanto;
    entre pastor de ovejas y de gente
un político medio lo conduce
del pueblo a su heredad, della a su fuente;
    sobre el aljófar que en las hierbas luce,
95 o se reclina, o toma residencia,
a cada vara, de lo que produce;
    tiéndese, y con debida reverencia
responde, alta la gamba, al que le escribe
la expulsión de los moros de Valencia.
100     Tan ceremonïosamente vive,
sin dársele un cuatrín de que en la corte
le den título a aquel, o el otro prive.
    No gasta así papel, no paga porte
de la gaceta que escribió las bodas
105 de doña Calamita con el Norte.
    Del estadista y sus razones todas
se burla, visitando sus frutales,
mientras el ambicioso, sus vaivodas.
    No pisa pretendiente los umbrales
110 del que trae la memoria en la pretina,
pues della penden los memorïales.
    El margen de la fuente cristalina
sobre el verde mantel que da a su mesa,
platos le ofrece de esmeralda fina.
115     Sírvelo el huerto con la pera gruesa,
émula en el sabor, y no comprada
de lo más cordïal de la camuesa.
    A la gula se queden la dorada
rica vajilla, el bacanal estruendo;
120 mas basta, que la mula es ya llegada:
a tus lomos, oh rucia, me encomiendo.

203 §

    ¡Oh montañas de Galicia,
cuya (por decir verdad)
espesura es suciedad,
cuya maleza es malicia!,
5 tal, que ninguno cudicia
besar estrellas, pudiendo,
antes os quedáis haciendo
desiguales horizontes;
al fin, gallegos y montes,
10 nadie dirá que os ofendo.
    Oh Sil, tú, cuyos cristales
desatas ociosamente,
mal coronada tu frente
de castaños y nogales,
15 ¡qué bien de los naturales
vas murmurando, y no paras!
Perdonen tus aguas claras
de Baco el poder injusto,
si ellos te niegan el gusto
20 y ellas te niegan las caras.
    ¡Oh posadas de madera,
arcas de Noé, adonde
si llamo al huésped, responde
un buey y sale una fiera!
25 Entrome (que non debiera)
el cansancio, y al momento
lágrimas de ciento en ciento
a derramallas me obliga,
no sé cuál primero diga,
30 humo o arrepentimiento.
    ¡Oh labrante mujeriego
de tierras, de holandas non,
cuyas aguijadas son
flechas del amor gallego!
35 Vuestra castidad no os niego,
antes digo será eterna,
pues descalza la más tierna,
lleva, la que menos ara,
pierna que guarda su cara,
40 cara que guarda su pierna.
    ¡Oh Narcisos de sayal,
antípodas de la gala,
cuyo pie entra en cualquier sala
sin guante de Fregenal!
45 Puedo decir, y no mal,
de Galicia y sus confines,
sin disculpar escarpines
de los cheiros de la algalia,
que a Génova y aun a Italia
50 se la gana en Juanetines.

204

A nuestra señora de Villaviciosa, por la salud de don fray Diego de Mardones, obispo de Córdoba §

Serrana que en el alcor
de un pastor fuistes servida,
    conservad la vida
    de nuestro pastor.
5 ¿Quién, Señora, su favor
a píos afectos niega?
¡Ay, que os lo pide, mas ay, que os lo ruega
    el balido
de un ganado agradecido!
10     Albergue vuestro el vacío
de un alcornoque fue, rudo,
tanto de un pastor ya pudo
el devoto afecto pío;
por él y por su cabrío
15 renunciastes el poblado;
sin duda que es un cayado
el arco de vuestro amor.
Serrana que en el alcor
de un pastor fuistes servida,
20     conservad la vida
    de nuestro pastor.
    Si lo pastoral ya tanto,
serrana, os llevó gallarda,
guardad hoy al que nos guarda
25 generoso pastor santo;
tiempo le conceded cuanto
le desean sus rebaños,
que a fe que venza los años
del robre más vividor.
30 Serrana que en el alcor
de un pastor fuistes servida,
    conservad la vida
    de nuestro pastor.

205

En la misma ocasión §

Virgen: a quien hoy fïel
tantas arras sabe dar
    a su esposa,
sed propicia, sed piadosa,
5 pues sois Estrella del Mar,
y es un Mar de dones él71.
    Al padre de una piedad
tan generosa y tan ra